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Jesús, tu amigo y Señor

Jesús, tu amigo y Señor
Déjate fascinar por el Dios-hombre que muertra la dulzura de su Padre

CAPÍTULO XXVI. UNA GRAN NOTICIA (II parte) . Del 03 al 10 de Julio de 2009

Un nuevo día, anunciado por el canto de los pájaros y el movimiento de los animales llegaba a mi vida.
Hoy es la boda de Séfora.
Aún no sale el sol y mi primer acto, como fue enseñado por José y mi madre, fue salir al patio interno y bendecir a Yahvé, no sólo por este nuevo día sino por la vida y porque su misericordia es eterna.
Hacia las cinco de la mañana, me dirigí hacía los toneles de agua para prepararme a un baño en medio del calor que ya despuntaba. Mi madre ya estaba dirigiéndose a la cocina para preparar algo de comer. Estaba pendiente de mis ropas y las toallas, así que mientras me aseaba, de seguro me colocaría la ropa de trabajo para el taller y colgaría una túnica perfumada con un paño en los colgadores que tiempo atrás, José había colgado de las paredes del cuarto.
El trabajo comenzó con el cliente más importante que tenía para ese día: Samuel. Miré su caballo de madera y más que reparar los ejes de las ruedas que estaban partidos, me fijé totalmente en él y desechándolo, tomé unos trozos de madera que ya estaban lijados hace unos cuantos días atrás y con unos cuantos listones, emprendí el diseño de un caballo más alto – puesto que Samuel había crecido -, un asiento más fuerte y un refuerzo en los ejes, al igual que unas ruedas más gruesas, para que no hubiera tanto desgaste. Para las nueve de la mañana estaba listo y justo para ser reclamado por su dueño que entró corriendo al taller, contento de poder encontrarme y seguro de que él, antes que nadie, tendría su trabajo hecho.
Samuel se me quedó mirando, preguntando por el caballo. No lograba divisarlo porque lo había puesto en lo alto, en la mesa. Lo tomé en brazos y al colocarlo sobre la mesa, advertí que la madre estaba fuera, viendo el caballo con gran admiración. De igual forma, Samuel hizo un gesto de impresión y un grito de ¡Guao! Que si no se oyó en todo el sector, no se oyó en ningún lado. Me pidió que lo bajara y bajara el caballo y antes de despedirse, me dio un tremendo abrazo, sin importarle que sus pequeños brazos quedaran confundidos con mi cabellera. El abrazo fue largo y terminó con un beso y un: “Gracias Jeshua”. Como pudo, lo arrastró hasta ver a la madre que lo terminó de ayudar para colocarle una pequeña soga y llevarlo luciendo su hermoso caballo por toda la calle.
Proseguí el trabajo. La mayoría de ellos eran reparaciones de piezas que se habían acumulado en el tiempo en que estuve ausente: reponer patas de escaparates; recambio de piezas en mesas; algunas piezas metálicas en sillas y estantes, etc. Así que para las dos de la tarde tenía todo terminado. Mi madre María, a esa hora, entraba para avisarme si ya estaba dispuesto a almorzar. Me preguntó qué tal había ido el día y le pregunté que la mayor cantidad de dinero había sido el abrazo y el beso de Samuel por su caballo. Ella sonrió y dijo solamente: “Ese dinero lo guardas en la hucha de tu corazón”. Inmediatamente tomó la escoba y me ayudó a ordenar todas las cosas, puesto que me advirtió que el trabajo había llegado a su fin por el día de hoy.
El almuerzo fue sencillo. “Jeshua, hoy comeremos ligero, puesto que a la tarde nos iremos a ayudar en la casa de Séfora. Allí terminaremos de comer algo si te apetece”, sin embargo, mi madre había preparado un delicioso pollo en salsa de cebolla y ajos; un delicioso pan y algunas hierbas de ensalada que devoré al instante. No por ser mi madre, ella cocinaba delicioso. Tenía realmente un gusto por guisar las cosas y yo me volvía loco por comer, así como lo hacía mi padre José. Al terminar, sólo me di cuenta que ella comía despacio, así que la esperé mientras ella, bocado y palabras, hacía que rindiera el tiempo.
“Séfora, luego de la luna de miel, volverá para despedirse. Vivirá en Pel – lá, en la zona de Decápolis. Los padres del futuro esposo poseen allá una casa de tipo romana, pero es la zona más tranquila de nuestra tierra. Se irá a vivir más allá del Jordán, pero de seguro su corazón no se apartará de Nazareth”.
Estas y otras cosas hablaba mi madre mientras en mi se enfrentaban pensamientos referidos a los profetas, especialmente el de Isaías: "No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo; si pasa por los ríos, no te anegarán; si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama prenderá en ti. Yo soy Yahvé, tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador". Este tiempo fue interrumpido de nuevo por las palabras de mi madre quien me había dejado solo. Me dijo: “hijo, Jeshua. ¿Estás despierto? Te quedaste absorto en tus pensamientos.” Me pidió que terminara de recoger las cosas para ponernos en camino a casa de Séfora, así que dejamos las cosas arregladas para que los animales la pasaran bien: su comida, el agua, etc. Nada encendido en la cocina ni lámparas en los cuartos.
Fuimos recogiendo cosas que ya mi madre tenía listas y para la hora de vísperas, estábamos saliendo para ayudar a preparar las cosas referentes a la ceremonia y a los alimentos.
Había mucho movimiento en la casa. Gran parte de las mujeres estaban dedicadas a la vestimenta de la novia mientras que otro grupo, además de sirvientes, estaban muy ocupados en las bandejas de alimentos que se servirían posteriormente en la fiesta. Mi madre por supuesto, me apartó del área donde la novia se estaba preparando y me condujo a la cocina y área de servicio para ayudar allí las cosas que habían de prepararse, por tanto, ayudé en el encendido del fuego para el asado de la carne y en momentos, me movía a la parte posterior de la casa, donde se mataban a los animales. Se necesitaba de fuerza para sostener los corderos y reses y otros animales pequeños. El trabajo era intenso en la matanza de animales puesto que se había calculado trescientas cincuenta personas del pueblo y los que venían de afuera. El olor era intenso y contrastaba con otros olores de perfumes y especies que se mezclaban en el aire.
Al volver cerca de la cocina, terminé de colocar la madera y ajustar las barras de hierro a la altura adecuada para cada animal que iba a ser asado en las brasas; también me vi envuelto en la limpieza de las áreas de encuentro común y terminamos por colocar las mesas para los invitados. Extrañamente oía cómo hablaban de “Jeshua ayudando a la limpieza y el servicio de la cocina”. Me reí e inmediatamente traté de desaparecer en la cocina, esperando que mi ayuda sirviera para algo más.
El tiempo se nos fue hasta que, poco a poco los candiles y las antorchas fueron tomando protagonismo. Había una claridad bastante aceptable en cada sector de la casa, especialmente en los patios en donde se llevaría la celebración principal y la celebración de las fiestas. Aunque era avanzado el día, ya el sol se ocultaba y todo estaba preparado para que el anciano rabino de la comunidad Eliahú, presidiera el matrimonio delante del pueblo congregado y presente. Estaba ya Jadash, el novio, presente con sus padres y junto al rabino para recibir a Séfora.
El venerable Eliahú recordó las maravillas de Yahvé y recordó el pasaje del génesis en el que el hombre fue creado junto a la mujer para ser uno. Hizo prédica de la tarea del hombre para reproducir la especie y de la mujer por someterse al hombre y estar a su servicio. Procedió a recordar los votos de fidelidad y entrega de ambos y puso a la comunidad como testigo de esta unión hasta la muerte. Séfora fue entregada como mujer y lote de la heredad de Jadash y él la tomó como mujer de manos del rabino. Terminado el acto de celebración, después de los simbolismos de compartir los bienes y la hermosa oración de bendición sobre ella, aplaudimos y presenciamos cómo el novio mostraba a la comunidad a su novia, descubriéndole el rostro y besándola delante de todos.
Ambos fueron llevados entre los bailes y gritos de alegría, junto con el rabino, hasta la mesa colocada como presidencia. Allí los padres de ambos, familiares cercanos; el rabino y los novios en el centro, brindaron con vino generoso por la felicidad y la descendencia que Yahvé le había de dispensar a ambos.
¿En dónde estaba yo preguntas? Yo estaba con mi madre en una de las mesas cercanas a la presidencial. Era la cuarta mesa, así que tenía posibilidad de apreciar con bastante claridad las escenas importantes de la boda y a la vez, teníamos la posibilidad de estar disponibles, por si nos necesitaban en el servicio a las mesas. Yo ansiaba hacer esto pero mi madre me sugirió estar quietos y dejar que los acontecimientos hablaran por sí mismos.
Séfora nos ubicó dónde estábamos, pero con un gesto dejó en claro que no podía moverse si el novio no la dejaba. Respetamos el protocolo pero sin embargo, mi madre fue llamada, por ser mujer, a la mesa presidencial y saludó con alegría a la pareja. Fue presentada como madre del mejor amigo de Séfora, quien bien pronto le hizo un gesto a Jadash, su marido, para que pudiera yo acercarme y dar las felicitaciones respectivas.
No sé cómo sucedió pero Séfora, sin advertir de los ritos y normas acerca de matrimonios, me tomó de la mano y me abrazó fuerte delante de su esposo y dijo que se sentía feliz de ese momento. Me agradecía mucho por mi amistad e inmediatamente me presentó a Jadash. Él, en tono de broma, me dijo: “¡Vaya! En plena boda vengo a conocer al que me ha disputado a mi mujer” y se rió. Yo también, con vergüenza, me reí, deduciendo claramente que Séfora le había hablado con franqueza de nuestra juventud.
Música de fondo después del brindis; bailes de los que éramos jóvenes. Estábamos casi todos los jóvenes que éramos contemporáneos, a pesar de que unos cuantos ya estaban casados también; además, estaban las parejas de padres, nuestros padres. Total que éramos la atracción hacia el final del día que ya anunciaban las primeras horas del nuevo día. Entre estos cantos y bailes se fueron moviendo los vasos de vino y bebidas para todos, acompañando los platos de aves sazonadas y guisadas; carnes de res y cordero que iban saliendo acompañadas de ensaladas adobadas; abundantes panes y otras tortas hechas de cereales.
Llegaba el amanecer. El sol dio el aviso de su presencia y a lo lejos se veía la primera claridad del día. Los novios se despedían y todo el mundo estaba pendiente de ellos. Nadie se había ido precisamente esperando que ellos partieran primero. Las madres de ambos, los acompañaron hasta los cuartos posteriores de la casa, para que disfrutaran de su primera noche y ya luego de retirados, el final de la fiesta parecía llegar. A pesar de que mi madre aún estaba cargada de energía, preparó unas cuantas cosas y dándome una señal, partimos a la casa, a cuatro calles de allí. Le acompañaba cargando frutos y comida que en la cocina le habían regalado. Día de felicidad.

CAPÍTULO XXV. UNA GRAN NOTICIA (I parte). Del 26 de Junio al 02 de Julio de 2009

Vuelto a la Nazareth de mi infancia, fui recibido como si fuera alguien importante. Todos, desde la calle principal del pueblo, se lanzaron a saludarme. Me sentía alguien grande y no dudé en decir que sí, que era importante. No se necesita tener títulos o grandes puestos para sentirse importante entre los propios: me amaban y eso lo mostraban con sus besos y abrazos. Hasta el pequeño Samuel de seis años, que casi era atropellado por los adultos, salió a recibirme, pero su preocupación era su caballo de madera: estaba roto. Me lo mostró con toda la ternura, que logró congelar la escena de la bienvenida. Todos al principio se rieron, pero comprendieron la necesidad que tenía Samuel de Jeshua, el carpintero. Solo yo podía solucionar sus problemas para devolverle la alegría que tenía cuando se montaba en su corcel. Tomándolo con mis brazos, me lo cargué en el hombro mientras su madre tomaba el juguete y me seguía. Este grupo de gente sirvió como un río para llegar ante la presencia de mi madre, María. Bajé a Samuel de mis hombros y le otorgué un gran y fuerte abrazo a la mujer que me ha dispensado el amor y la ternura, que me ha hecho ser el hombre que soy.
Tomándome una vez más de un brazo, María me condujo dentro a la casa. Me sentí feliz de estar en el dulce hogar bendito que Yahvé me había dispensado. Algunos niños me dejaron las cosas que traía, así que en un instinto por evitar el silencio del encuentro, saqué unos dulces y panes que mandaban las primas; algunas frutas secas en pequeñas bandejas y con mucho cuidado, desembolsé un hermoso tapiz de múltiples colores y con trazos de aves volando y posando en un lago. Además de ello, le entregué otro paquete que también desenvolvió con sumo cuidado: había telas suaves y delicadas y algunas piezas tejidas para adornar los estantes de la casa. Se quedó extasiada de tantos regalos recibidos y su rostro pasó una vez más de la absoluta alegría, a una sonrisa entretejida en tristeza. Al momento no comprendí, pero sus palabras fueron: “las piezas que pertenecían a la abuela ahora vuelven a mi”. Callé y me retiré para poder darme un baño afuera, en el patio de la casa.
Quince minutos después, con túnica limpia y mi cabello y barba aún húmedos, mi madre me tenía una deliciosa merienda: de todo un poco. Se sentó a mi lado y me preguntó muchas cosas de los primos. Le hablé de la cantidad de niños que habían nacido en este tiempo. Eran unos cuantos los que habían hecho crecer a la familia. Todos estaban felices y tenían prosperidad económica y los productos que han logrado como economía, los venden a clientes seguros en Jerusalén y otros pueblos de alrededor.
María se quedó muy contenta con las noticias que había recibido, pero yo me quedé en silencio esperando que preguntara por Juan. En menos de dos minutos hizo la pregunta y empecé a contarle lo que habíamos hablado y vivido. Le conté que me sentí como si hubiera estado con mi gemelo. “Realmente, me dijo, no se llevan sino solo meses”. Lo se madre, e inmediatamente le plantee las inquietudes de Juan y su necesidad de responder a Yahvé. Me escuchó en silencio y no planteó ninguna otra pregunta. Tan sólo expresó al final: “Es la voluntad de Yahvé. Su vida está marcada por él y de seguro lo usará como instrumento”.
Mi madre se levantó de mi lado y desde el fogón, como intentando hacer algo en el fogón, me miró tiernamente y me preguntó sin previo aviso: “Jeshua, hijo de mi corazón, tú ¿qué piensas hacer con tu vida? Tienes casi 24 años y debes definir también las inquietudes de tu vocación.
Te tengo una noticia que no se si será buena o mala para ti, pero ha vuelto Séfora”. El corazón me empezó a palpitar fuerte. Sin querer, me puse en pie como esperando esta noticia, pero me contuve. María siguió: “vino con un grupo de familiares y además, ha venido la familia de un joven apuesto con el que se ha prometido en matrimonio”. Mi rostro pasaba de la sonrisa a la tristeza, a la desilusión, a los recuerdos… mi madre se acercó y me tomó de las manos. Sintió mis nervios y se llevó sus manos con las mías a su pecho. Me dijo: “Somos invitados de honor Jesh… Se escapó antier de su casa para venir especialmente a decirme que te convenciera de que debías estar allá. La unión será mañana y me dijo que por nada en el mundo dejaras de ir conmigo. Me dijo además que aunque te sintieras triste, ella tenía la convicción de que compartirías su pleno gozo de entregarse a ese joven en matrimonio. Ella sabe que la amabas, pero también aseguró que la relación entre ustedes era tan madura, que la apoyarías en todo momento.
Mis recuerdos se comprimieron en mi mente. Séfora, mi chica especial con la cual se me erizaba la piel cada vez que me visitaba en el taller y se hacía pasar como aquella que me admiraba en el trabajo mientras en realidad, escudriñaba mi musculatura y mi cuerpo; aquella que se adelantaba para intentar arreglar el taller y colocar flores de nardos que perfumaban el ambiente y me recordaban mucho a ella; aquella que algunas veces, con anuencia de mi madre, me ofrecía lavarme los brazos y el pecho, aunque dos veces me echó el agua encima para ver mis reacciones, pero yo la sujetaba y sacudía mi cabellera como hacen los perros para también mojarla toda a ella; aquella que se dejaba entrenar por mi madre, en las delicadezas de la atención…Todo esto se aglomeraba en mi, mientras su cara se dibujaba clara y nítida en mis ojos.
Me solté suavemente de mi madre y dando una pequeña vuelta, ciertamente mis latidos se tornaron de alegría. Séfora me había dispensado mucha alegría, pero me había hecho comprender el lado maduro del amor que se dona al otro. Eso fue traducido para mi, en una pequeña libertad de sentimientos en los que solo interpretaba una respuesta a lo que había pedido a Yahvé en las montañas. Allí debía encontrar la clave. Reencontrar otra experiencia con otra amiga y mujer, me tomaría un buen tiempo y ahora estaba sólo dispuesto a ahondar en lo que me había propuesto, mientras estuve con mi primo Juan.
Esa noche la pasé intranquilo, más bien incómodo. La razón no la encontraba; de seguro, no era tanto el matrimonio de Séfora sino algo más. Algo que se iba afianzando en mi con seguridad. Algo me estaba indicando que debía partir, iniciar otros rumbos. Algo reclamaba en mi una exigencia mayor. Estaba claro ya que esa etapa de opción por el matrimonio había acabado en este momento.
No negaré que estoy abierto al encuentro amoroso “carnal”, pero ¿hay un amor más allá de los recintos de un hogar, de una mujer y de unos hijos? Es una tarea a descubrir. ¡Ninguna estabilidad emocional como la compañía de una mujer!
Pero, Yahvé, Padre mío, el amor que me has dispensado a lo largo de este casi cuarto de siglo, rebasa todo amor limitado, al igual que el amor mezclado de la fuerte dosis de gratuidad que has dispensado en todo lo que es obra de tus manos. Entonces, ¿a qué atender? Me suena Padre tu entrega, absoluta, constante y fiel… ¿es en eso a lo que me llamas a ahondar? ¿Es allí mi campo de batalla?
Con estos pensamientos, mis ojos se cerraron para abrirlos a un nuevo día, anunciado por el canto de los pájaros y el movimiento de los animales.

CAPÍTULO XXIV. DESCANSO EN EL HOGAR BENDITO POR DIOS . Del 18 al 25 de Junio de 2009

Amaneció aquel día. Era jueves de un mes de Julio. Día claro y con aves “mañaneras” por todos lados. Colgaban de los árboles, de las macetas; volaban a través de los cuartos, buscando pequeños animales para comer. Era notorio que no hacía falta ninguna persona para despertar. La ley de la naturaleza imponía el ejercicio del tiempo y de la actividad.
Las mujeres, como siempre, ya estaban despiertas desde temprano, preparando el alimento e infusiones para beber. Cuando me levanté, observé que ellas habían preparado en los cuartos, los aguamaniles para el aseo de la mañana. Junto a ellos también, estaban perfumes agradables para unirlos al agua.
Después de asearme, salí hacia la zona más sur de las casas. Allí, una hondonada dirigía hacia un pequeño arroyo y por supuesto, dicho arroyo era acompañado por una vegetación que se espesaba en dirección al este, hasta hacerse fuerte en dirección a las colinas de las cuales hablaba Juan anoche. El paraje era bello. La brisa de la mañana traía el aroma de las flores y permitía que los insectos abundaran, para lograr el más bello trabajo de polinización con sus patas. Estuve paseando un rato por la hondonada, hasta que los niños de los sirvientes gritaban y jugaban al son de mantener el equilibrio con el peso de pequeñas ánforas que, llenas de agua, parece que podían más que ellos… Unos cuantos metros detrás venían varias mujeres y hombres con envases más grandes.
Por instinto, salí corriendo hacia ellos. Recuerdos bastante fuertes se produjeron en mi corazón; recuerdos de la infancia; tanto en nuestro “exilio” en Egipto como en mi Nazaret nativa… ¡ja, ja, ja! ¡Yo también corría con cántaros llenos de agua delante de mi madre!, super contento de colaborar en las cosas de adultos para el hogar. Parece que la historia se repitiera. ¡Qué bella la infancia! pero me llevé tremenda sorpresa cuando, intentando ayudar, los niños se sorprendieron y se quedaron inmóviles porque un “intruso” les estaba “robando” esa ilusión del momento. Yo también me quedé inmóvil. Me preguntaba qué mal había hecho, y miré para todos lados, pero caí en la cuenta de que ellos querían que me apartara del camino. ¡Lo hice! E inmediatamente siguió el grito alegre en dirección a la casa. Para cuando salí de la sorpresa, estaba siguiendo a los adultos que ya se habían adelantado también. ¡Es raro pero me sentí un viejo! Mientras los adultos se sonreían por lo que había sucedido.
Estando ya en casa, encontré a Juan y mis primas que iban en dirección a la cocina para desayunar: mermeladas, frutos secos, pan suave del horno, cuajadas y quesos, etc. ¡No estaba mal para comenzar el día!
¡Jeshua! ¡Ven, acércate que vamos a desayunar!.
Una vez más alabamos a Yahvé por sus beneficios para dar cuenta de ese desayuno preparado con cariño por los sirvientes. Hablamos de todo y de nada pero fue un momento especial. Todo sabía a hogar y los panes acompañaban las mermeladas que tenían una agradable base de miel, obtenida por estos parajes cercanos; los tarros de cuajadas y leches; los quesos, a pesar de un toque de acidez, acompañaban muy bien el sabor agri-dulce de la velada y sobre todo, eran la delicia de unos cuantos niños que estaban en una mesa contigua. Yo observaba todo, porque simplemente en Nazareth éramos dos, pero esta tropa de gente hacía que hubiera más ruido, más diálogo, más atención para prestar.
Salí en dirección a los cerros cercanos a la casa. Avisé a Juan que quería un día de encuentro conmigo mismo. Quería también encontrarme con Abbá. Lo necesitaba y urgía ese encuentro. El motivo de mi venida era precisamente ese y no quería perderlo. Al igual que Juan, el tiempo se pasaba y parece que no encontraba cabida sino solamente en el taller de carpintería o en mi hogar. Algo reclamaba mayor libertad.
El sol como siempre, hacía su trabajo. La brisa también estaba presente y se notaba su presencia, porque movía la hierba del paraje y al mirar al cielo, las aves planeaban por toda el área, como entrenando sus alas y haciendo juegos en el aire. Al terminar de subir, busqué un sitio cómodo desde donde poder dominar con mi vista todo lo que me rodeaba. Era un paraje hermoso y al igual que los paisajes de Israel, los tonos verdes eran manchas entre los tonos marrones intensos y suaves de las montañas que daban razón de la sequedad, salvo esas hondonadas a lo lejos, en las que se aprecia que corren riachuelos y bañan de frescor la tierra que está sedienta y preocupada de producir la vida necesaria en la vegetación.
Esta es la casa bendita de Dios, hermosa tienda, tienda de la creación que Yahvé creó para el hombre. Es la tierra, extensión de tierras fértiles o no, para ser habitadas por animales, vegetaciones y plantas. Respiro el fresco aire que produce la naturaleza y empieza mi encuentro con Abbá mi Padre.
“Te doy gracias Señor del cielo y de la tierra, una vez más, por todas las cosas que regalas al hombre. Por cada ave que adorna los vientos y por cada pez que está en los mares, ríos y océanos. Por cada animal rastrero o no, que está poblando las selvas, las llanuras y la tierra toda. Gracias Yahvé por tu obra inmensa creadora, especialmente por nosotros los hombres. Grande y generoso eres en tu creación. No hay animal que sea igual a otro. Todas las especies a tus ojos son hermosas.” Esas fueron mis primeras alabanzas a Yahvé. Entré en conversación con él desde las cosas creadas para entrar en mi interior y poder palpar su corazón.
“Padre…te amo. Esta vida mía es tuya. Tómala. Clamo a ti por mi en este momento de mi juventud. Me ofrezco a ti, como desde mi niñez lo he hecho. Habla Padre, que tu siervo escucha. Quiero escucharte hablar a mi corazón, para que me muestres el camino que he de seguir. Mírame Padre. Sabes que comparto la soledad con mi madre y que mi vida se debate en el servicio a ella, pero también me reclamas a servirte a ti. Lo siento fuertemente en el corazón.
Padre, es duro y da miedo abandonarse a ti, a tu obra, a tu Palabra, a tu Reino. Tiemblo ante la partida de la casa materna no solo por ella, sino por la seguridad; miedo al dejar a los míos, mis amigos, las relaciones humanas alcanzadas; de esa estabilidad afectiva, mis fiestas, el compartir pero a la vez me pregunto ¿Qué quieres de mi? ¿Qué me deparas? ¿Cómo superar este miedo al abandono a ti?”
Estos pensamientos me embargaban mientras el tiempo transcurría de forma rápida. Ante mi se pasaban escenas de personas ancianas, familias, gente necesitada, algunas de ellas clamando ayuda, abriendo los brazos, cargando sus penas, gritando una y otra vez para ser ayudados y felices.
Intento espabilarme y tomar conciencia de que estoy solo, pero las escenas parecen vivas. Miseria, dolor, necesidad veo en mis ojos mientras que en mi corazón gritas: Dignidad, amor, solidaridad, sanación, compasión. ¡Demasiadas emociones encontradas! ¿Qué en concreto quieres de mi? Habla, que tu siervo escucha. Mi corazón te grita: aquí estoy Padre, para hacer tu voluntad; te entrego mi vida y te la doy con todo el amor de que soy capaz. Deseo darme Padre, me pongo en tus brazos sin medida…tu poder y tu amor me guiarán. Mira lo joven que soy, lo sabes. Tu mano es fuerte y siento su fortaleza. No me abandones, no me sueltes; anima todo mi ser con tu espíritu para impulsarme allí donde creas que yo haga falta y manifieste tu presencia y tu deseo de restaurar corazones heridos por la misma maldad humana y la falta de amor.
Algo en el estómago – el hambre – hizo que volviera en mi a las cinco y media de la tarde, mientras observaba una vez más cómo las aves danzaban con los rayos del sol que aún permanecían fuertes alumbrando con señorío toda la región. Me levanté y me sacudí la túnica mientras empezaba mi lento caminar hacia la casa de mis primos. Una caminata de media hora me pondría en dirección a las bellas casas que me han acogido a lo largo de estos días.

CAPÍTULO XXIII. ENCUENTRO CON JUAN (parte II). Del 10 al 17 de Junio de 2009

Cuando salimos al patio interior, los sirvientes y las mujeres se retiraron del lugar, comprendiendo tal vez, que queríamos estar solos. El silencio a esas horas de la tarde, vísperas, hacía que hasta los animales se fueran recogiendo a sus lugares. Juan tomó la delantera en la palabra y me dijo que tenía algo serio que decir. ¿Serio? Debía ser algo crucial, ya que teníamos una edad en la que debíamos asumir una responsabilidad en la vida. No sabía nada de él hasta ahora y lo único que me quedaba por hacer, era adentrarme en su vida y a la vez, abrir la mía a mi primo, puesto que yo tenía también cosas por hablar. Nuestra inexperiencia hacía que nos desahogáramos y en eso, quizá podríamos conseguir cierta salida a lo que sentíamos.
“Jeshua”, me dijo, “después que nos encontramos la última vez, mi vida ha ido tomando un rumbo totalmente alejado del mundo. Algo he sentido en mi, que me ha hecho apartar de la vida normal; no sé explicártelo pero está ahí dentro de mi corazón. Para colmo, en varias oportunidades, mi madre me repitió lo sucedido hace ya 23 años antes de nacer. En vez de alegría, he sentido un miedo y un estremecimiento que no es normal.
Para empezar, todo ese lío de ser hijo de unos ancianos. De pequeño parecía una persona especial, pero pronto pasé a ser como una cosa rara, un extraño, por ese magnífico hecho de ser hijo de la vejez. Todos me trataban como enfermizo pero ¡mírame! Estoy demasiado bien. He crecido al cuidado de tías y tíos, sin contar con los delicados cuidados de mis padres, pero aún así, tienen para mi un trato como si fuera un santo entre ellos. A veces ni me dejan tocar el suelo.
Otros todavía, después de haber crecido, se extrañan de mi nombre: Juan. ¿Te imaginas Jeshua, que mi padre Zacarías rompe toda la tradición para darme ese nombre? Cierto que la que empezó fue mi madre, pero él cerró toda la discusión escribiendo en la tablilla que ese sería mi nombre, pero ¿por qué todos se extrañan? Están algunos intentando buscar significado hasta en los astros pero ¡bueh! Lo que sí se, es que siento algo distinto en mi que me impulsa a separarme de este mundo y dedicarme solamente a Dios”. Le interrumpí y le pregunté: ¿qué quieres hacer Juan? ¿A dónde crees que te llama Yahvé?. Contestó:
“¡No sé Jeshua! Durante estos tres últimos años, mi vida se ha estado debatiendo entre quedarme al servicio del templo como mi padre, pero algo más dentro me dice que me vaya a la soledad, al encuentro de la oración… allá en las montañas… debes conocer de esos monjes que están allá en la soledad… ¿conoces? ¿los escenios? Yahvé reclama de mi no sé qué, por eso he pensado ir a vivir en el desierto Jeshua. No me produce mucho ánimo pero quiero encontrarme conmigo mismo para no dudar de lo que él quiere de mi. A ti, por casualidad, no te ha sucedido lo mismo?”
Esta pregunta me dejó también un poco confuso. Las cosas de Yahvé son difíciles y hay que entrarle en serio porque si no, estaríamos buscando hasta la muerte su significado y el llamado se haría insoportable y pesado. Le contesté simplemente y para salir del despiste: Juan, ¡parecemos morochos! ¡Claro Que sí me ha pasado eso que dices! No sé cómo explicarlo. ¿Te suena bien la palabra arrobamiento? ¿Crees que Yahvé nuestro padre, nos ha robado el corazón y ahora tuerce nuestra vida para que le sigamos más de cerca?. Él me contesto riéndose: “Ja, ja, ja Jeshua, hermano mío. Tienes idea del lío que formarían los rabinos si le hablas de que Dios intenta arrebatarnos la libertad y no poder decidir por nosotros mismos? ¡Eso me da miedo! Quizá no estemos leyendo bien su voluntad, pero sí creo que pesa sobre nosotros una definición de vida. Cierto que nos está llamando pero, Jeshua, creo que debemos responder nosotros y si lo hacemos, de seguro que seremos felices y consecuentes con lo que quiere su corazón para el nuestro”.
En este punto, aunque me dio risa, le dije seriamente que si así hablaba, debía estar en el templo enseñando la Torah e interpretando con los rabinos, las enseñanzas del Talmud, pero no me hizo caso. Volvió a la carga con esto.
“Jeshua, escucha esto. En las noches, pasada las diez, me retiro a aquellas lomas que ves allá. Algunas veces de niño fuimos allá con los otros primos ¿te acuerdas? Subo; no me dan miedo las serpientes, arañas o alacranes ni los animales que andan por ahí alrededor. Siento tanta seguridad en ellos que parece que me siguieran cuando empiezo a subir y ubicarme en el sitio que he escogido. Allí me siento y aunque algunas veces el cielo está cerrado, que no se ve ninguna estrella, mi pensamiento penetra esta bóveda y vuelo hasta allá lejos, al encuentro de Yahvé. ¡Claro que no me parezco a Moisés en su intimidad con él! Pero siento su presencia tan fuerte, tan cercana…es como si rozara mi piel en esos momentos”. Me estremecí antes sus palabras e intentaba decirle que era todo un poeta, pero oyendo el calibre de su acento, no dije nada. Solo escuchaba.
“Jeshua, ¡su voz es clara!...siento el susurro del viento que dice claramente: ¡Juan! ¡Juan! Y entre la brisa, la baja temperatura, la luz que se filtra hasta mis ojos, parece que me dijera…"profetiza. !mira cuán desierto está el mundo!. !cuánta necesidad hay de riego y de mi Palabra!" al principio me asusté al oír todo eso. Buscaba por todos lados pero estaba solo…en días siguientes he oído esa voz más intensa: "¡Juan! ¿a dónde irás? ¿a dónde quieres ir? Muchas personas se sienten áridas, secas. Ya no sienten mi presencia en el mundo. La gente está dividida, el corazón del hombre está entregado a otras cosas; los valores del mundo están invertidos" Grité muy fuerte: ¿y qué voy a hacer? ¿Acaso que si no te oyen a ti que les hablas, me oirán a mi? Es imposible que no sientan tu presencia y que pretendas que cambien solo porque yo les digo palabras tuyas…La voz calló por un rato, pero luego vino a mi como una caballería: "No te preocupes por el efecto. Lo importante es el golpe que des a la conciencia del hombre. Ocúpate de gritar, de predicar. Es necesario hacerlo; urge hacerlo. Cada quien verá cómo responde y reconocerá cuál palabra es humana y cuál es divina. No te canses. Habla al corazón del hombre. Grita que mi amor vence, que mi alianza sigue viva y permanente para todos aquellos que creen en un mundo distinto, de vida, de auténtica humanidad".

Y Jeshua, así como llegó esa voz, así se fue. Me sentía vacío, con algo que no terminaba de aceptar pero que sí estaba evidente que había que hacer.”
Yo me quedé sin voz. No podía decir nada, primero porque sabía de la intensidad de esa voz, pero también porque era experiencia suya. Cuando nos dimos cuenta de la hora, entre los silencios, las reflexiones y el diálogo, las mujeres habían salido a nuestro encuentro, preocupadas porque no habíamos entrado a la casa a descansar.

CAPÍTULO XXII. ENCUENTRO CON JUAN (parte I) . Del 02 al 09 de Junio de 2009

Sin miedo a decirlo, necesito de la soledad en este período de mi vida. Muchas cosas se han aglomerado a mis 23 años que necesito ponerlas en orden.
Como es costumbre, he trabajado duro durante estos años y creo haber ahorrado un poco de dinero para mantener a mi madre. No estamos viviendo en el lujo, pero sí en el desahogo económico, y más si nos ayudamos de los animales de cría que tenemos en el establo y las maravillosas manos de mi Madre María, en sus conservas de carnes y otros frutos secos. La tierra ha sido también generosa y a pesar del poco riego, ha producido los frutos necesarios para nuestro sustento.
Hay otra cosa que es simpática y que la he contado a lo largo de todos estos capítulos: la inmensa generosidad de las mujeres para compartir lo que van produciendo a lo largo del año. Esto sí se llama trueque. No se venden nada; se ayudan en todo; se regalan todo y los envases y cestas, corren de aquí para allá sin riesgo de que vuelvan a su sitio de origen. ¡Es formidable el intercambio de bienes entre todos y la gran solidaridad para con los que tienen menos. Esto me alivia tanto, que sé que a mi madre no le faltará nada, así que he pensado seriamente hablar con ella e irme a las montañas a los parientes cercanos de mis primos Zacarías e Isabel a quienes Yahvé tenga en su seno. Allí me darán no solo posada, sino que permitirán conseguir la soledad que tanto necesito para reflexionar sobre mi vida y lo que he de hacer de ahora en adelante. Además de ello, espero ver a mi primo Juan cuyo recuerdo ya se me borra de la mente.
A la hora de tercia, del segundo día de la semana, me encamino con una caravana que sigue la misma ruta. Son distintas familias que siempre se unen para marchar de viaje. Algunos van de compras, otros de viaje estrictamente y otros harán visitas a parientes lejanos para volverse en el menor tiempo posible. La ruta es de horas pero mientras se comparte, las cosas se hacen más llevaderas, así que solo tener paciencia es el mejor método para llegar a donde se quiere.
A lo lejos divisé el conjunto de casas cercana a la Isabel y Zacarías. Son cuatro casas que forman una especie de caserón, compartiendo un gran patio interior con mucha vegetación y plantas que desde años atrás, han sido la predilección de estos dos venerables ancianos y cuidadas con un apreciable amor por los parientes…sólo faltan doscientos metros para llegar y varias mujeres me reconocen…se oyen voces tenues producto de la distancia, pero se aprecia perfectamente el alboroto que debe formar mi presencia en esas tierras. Ladridos de perros, mujeres corriendo a mi encuentro…¡estoy como en casa! Inmediatamente las mujeres más ancianas, Ana, Séfora, Zahira y una cuyo rostro parece griego, llamada Elena, me llevan a una antesala de la casa para ofrecerme agua para los pies y lavar mi cuerpo. Se empeñan en hacerlo ellas como es costumbre en nuestra tierra pero comprenden con una mirada que yo lo quiero hacer y se retiran generosas, dejando algunos frascos de perfume sobre una mesa cerca de la puerta.
Contento me recogí la túnica pero la mirada se me perdió en el recuerdo. Se había quedado fija en esa mesa: era fuerte, de buena madera, con unos relieves tallados que sólo y sólo José sabía hacer…me sonreí y solté una risa porque esa mesa fue hecha aquí mismo pero en las afueras. Al traerla a la casa, recuerdo que eran cuatro hombres, entre ellos José, pero saben qué? Para variar, yo, queriendo ayudar a trasladarla me coloqué debajo de ella mientras estaba flotaba en el aire, sostenida por las manos de esos hombres. Me parecía un gigante soportando tanto peso, pero en realidad no la llegué a tocar nunca, salvo cuando llegó a su sitio, en el que el anciano Zacarías, en muestra de triunfo por el trabajo hecho, nos subió a Juan y a mi sobre la mesa…nos quedamos callados los dos y los adultos nos miraban como si fuéramos trofeos puestos sobre ella.
Al terminar de limpiarme el cuerpo, dejé las toallas y el aguamanil en su sitio. Inmediatamente desparecieron del sitio y me dirigí a la sala principal de la primera casa, donde se recibían las visitas. Limpia, grande, con pocos muebles, mantenía una buena temperatura y el frescor de las plantas que hacían de adorno.
Volvieron a entrar las ancianas y Zahira me tomó de la mano, me besó y me llevo por el corredor, hacia unas sillas. Allí estaban otras jóvenes y entre ellas, estaba también Juan. Zahira si mal no recuerdo, era una de las hermanas menores de Isabel. Tenía 32 años cuando yo nací pero permanecía tan bien conservada a pesar de que estaba casada y tenía siete hijos de Elí.
Mi primo, al igual que yo, nos encontramos con la mirada y salimos corriendo el uno hacia el otro de tal forma que por si no nos abrazamos de forma contraria, nos hubiéramos dado golpes en la cabeza.
Juan era robusto. 23 años nos hacía no sólo fuertes sino guapos. Tenía una barba corta y su musculatura sobresalía porque empezaba a vestir fuera de lo común. Alguien en el abrazo, le reclamó que no se vestía como hijo de un sacerdote, pero sin prestar atención, nos reímos y alegramos mucho por el reencuentro. ¿Cuándo fue la última vez? ¡Ambos lo sabemos! A los trece años; un año después de haber hecho nuestra iniciación en el templo. Justo aquí en esta casa, mis padres me trajeron para ver por última vez a Isabel y Zacarías… ¡Hace diez años! ¡Diez años que no nos veíamos! y sin embargo, para nuestros padres no cambiábamos. Nosotros sí sabíamos que algo interior había dado un giro. No lo supimos explicar en ese momento, pero de seguro, hablaríamos en los días siguientes de eso…
Allí quedamos compartiendo un buen rato, dándonos a conocer las noticias de Nazaret y de esta región. De cada uno de los familiares. Muchos preguntaron por mi madre María y por los hijos de José que quedaron en el pueblo. De los otros sabían que se habían dispersado. Fue una conversación interesante y larga, cosa que dio tiempo a esperar la comida – que ya pasaba de la hora -. ¡Es grato recordar lo que somos y nuestras vivencias!
Esa tarde era fresca. La brisa, a pesar de ser caliente, se filtraba a través de la vegetación y llegaba a nosotros suave, reconfortante. ¡Por supuesto que me hizo olvidar el olor de las mulas y camellos que venían en nuestro andar!. Allí gozamos de la hermandad y de los cuentos de familia que tanto nos hacían reir, en especial los de los primos. Una vez más, salió a relucir las “patadas” que daba Juan a Isabel cuando estaba aún dentro de ella; y las calenturas que pasaba Zacarías en los nueve meses que se quedó mudo…decía que por más que se esforzaba en hablar, no salía nada de sus labios…inmediatamente alguna de las mujeres dijo que era preferible verlo mudo que hablar de las cosas de su hijo…parecía que no se sabía otro tema; todo el mundo se le había olvidado…la hora de comer se hizo pronto.
Pasamos a la casa posterior, la que da más al sur, igualmente bella como las otras. A través del pasillo donde estábamos, nos fuimos del lado derecho hacia una de las entradas internas de la casa. Nos recibe una gran sala con divanes y mesas de madera con incrustaciones de hierro. A una altura de casi dos metros, equidistantes, se encuentran algunas lámparas de aceite, adaptadas a la pared. La comida estaba allí servida: carne de cordero, ensaladas amargas, pan ázimo, algunas salsas con base de aceite de oliva y ajo; otras carnes y frutos secos. Además de ello, teníamos jarras llenas de vino y agua. En total nos reunimos cerca de 12 personas. Juan me invitó a hacer la bendición de la mesa. Agradecimos a Yahvé por sus beneficios para con nosotros.
Después de la comida, las mujeres que no habían dejado de moverse de aquí para allá, terminaron de retirar las cosas y procedieron por último, a servirnos envases de agua para la limpieza y posteriormente nos retiramos. Juan me tomó del brazo y me llevó hacia el patio interior para hablar.

CAPÍTULO XXI. CREADORES CON EL CREADOR. Del 26 de Mayo al 01 de Junio de 2009

¡Hola! Una vez más contigo.
¿Te han dicho que eres creativo? ¿Creas cosas con las manos y pareces a Dios creador? ¡Claro! es un decir para mucho, pero, muchos tenemos de Abbá, mi Padre. ¡Por supuesto que somos creadores! Él nos ha dado facultades, especialmente la más bella, la de la paternidad, maternidad, pero además, tenemos infinidad de capacidades y habilidades dadas por él, para ser creadores con nuestras manos, con nuestros pensamientos y proyectos...así que les voy a contar algo especial para mi, que aún me siguen sucediendo.
Me cuenta mi madre que cuando yo estaba pequeño – entre dos y cuatro años – era el centro de atracción allá en Egipto, en el pueblo a donde fuimos a vivir por miedo a Herodes…¿centro de atracción? ¡Sí! Muchos creían que yo era un pequeño mago que hacía cosas extraordinarias, pero yo le atribuyo esas cosas a las creencias de la gente y sobre todo, en ese pueblo, al mundo mágico y mítico de la esotería que reinaba en Egipto. No es fácil ser mago y menos a esa edad que yo tenía. Lo cierto es que mi madre era fastidiada por muchas personas que le decían asombradas cómo yo hacía cosas nuevas de la nada y ella se reía mucho, aunque de vez en cuando se ponía a pensar en cosas relacionadas con lo que había oído del Salvador y Mesías, pero eso era un cuento del pueblo Hebreo y para nada tenía que ver con los egipcios.
Sigo. Mi madre decía que a las afueras del pueblo, había un oasis. Era un hermoso paisaje de descanso antes de entrar en el mundanal ruido del pueblo. Nadie iba a agarrar allí agua. Solo servía para descanso, por la cantidad de dátiles y palmeras que había y porque allá soplaba una suave brisa que refrescaba en tiempos duros. Pues bien, allí mi madre se acercaba conmigo y sin muchos problemas, me hacía compartir con el resto de los niños de mi edad, los juegos que eran normales en niños de esa época…saltar, correr entre la arena, de nuevo las espadas, el elefante, etc…pero en ocasiones, nos escapábamos en silencio hacia el oasis para jugar con la arena húmeda. Una especie de pozo pequeño nos albergaba
Inventábamos cosas. Aún pequeños, intentábamos recrear casas y personas y carretas y armas, etc pero lo que más nos gustaba era hacer animales. Encima de los dátiles habían unas pequeñas aves, marrones, pico corto y cola negruzca…en los primeros momentos me deleitaba corretear a esos pájaros cuando bajaban al piso a comer las semillas. No lograba atrapar ninguna, pero en otros momentos me quedé viéndolas fijamente para poder reproducirlas en arena húmeda…muchas salían con sus formas. ¡Era todo un artista! ¡Allí es donde estaba la confusión! La gente se quedaba admirada conmigo porque hacía esas aves y muchas se acercaban a mi y se confundían entre mis manos y al salir volando, yo alzaba las manos como echándolas a volar y decían que yo las había creado con mis manos…que era un creador…mi madre se reía pero callaba porque era una cosa sin valor…
Otro lío fue el de los dátiles y palmeras…otras veces, haciendo viento más fuerte de lo debido, la gente decía que esos árboles se doblaban ante mi. La razón era que soplaba un viento fuerte que hacía que doblaran de alguna forma mientras yo estaba cerca, casi las ramas bajaban a poca altura, pero yo me deleitaba con eso y alzaba mis brazos para recibir la brisa. ¡Era una delicia!
Pero más allá de esos recuerdos de la infancia, sí reconozco a mi Padre como creador de todas las cosas. Él nos ha entregado todo lo que nos rodea para nuestro servicio y para nuestro disfrute pero desde siempre hemos hecho mal, aún así, reconozco que hay una fuerza creadora en mi que logra que mis amigos y amigas, y todos los que formamos parte de este pueblo de Nazaret, vivamos no sólo en armonía sino en absoluta hermandad. Yo creo que eso es un elemento creador.
Mis amigos – que ya he dicho que me ayudaban en las labores – hacíamos cosas buenas para los demás. Como José, mi padre, repetíamos la elaboración de juguetes, bancos, y otros utensilios de maderas para atender a los niños y los pobres. Algunos de ellos incursionaron en el trabajo de la madera de tal forma que salieron muletas, bastones, caballos y hasta andaderas para adultos. Algunos rehusaban usarlos pero ya pronto entendieron que se podían valer por sí mismos y los usaban con gran gusto.
Algo interesante en toda esta obra creadora era internarnos en el trabajo de “terapistas”. Dos amigos míos, Abraham y Ben Otoniel, durante un buen tiempo visitamos al anciano Judas. Él, durante su juventud, estuvo en Grecia y allí aprendió la técnica del masaje o terapias para volver tendones y músculos a su sitio. Lo interesante de todo eso es que tuvimos la oportunidad, mientras él lo hacía, que nos mostraba con sus dedos, cómo estaban enlazados los tendones y músculos de cualquier parte del cuerpo. Nos impresionábamos cómo el dolor cedía ante el correcto masaje de las partes lesionadas. Luego de varias sesiones de observación, mis amigos y yo, incursionamos en la práctica de ayudarlo y ayudar a esas personas que necesitaban de ayuda…algunos ya eran cojos de meses atrás y otros tenían problemas en los brazos y las manos. Otros cuantos en la espalda. Total que toda esta experiencia fue una aventura interesante porque junto con nuestras manos, descubríamos también el dolor presente en las personas.
El anciano Judas nos enseñó la misericordia, la caridad y la sanación de los dolores internos más que los corporales. Decía que mientras aplicaba los masajes necesarios, era importante conocer a fondo los dolores que torcían el alma y amargaban la vida…repito, ¡era una buena lección! Allí descubrí que más que milagros sorprendentes, Dios obraba con dulzura a través de palabras oportunas y desahogos por parte de la persona a las cuales nos acercábamos.
Así que si tienes oportunidad, no llenes tus pensamientos de palabras o prohibas hablar a las personas; dale más bien la oportunidad de hablar y expresar lo que encadena su corazón y verás que poco a poco las dolencias salir de ellas y recuperarlas de forma total…

CAPÍTULO XX. RECORDANDO A MIS ABUELOS MATERNOS. DEL 18 AL 25 DE MAYO DE 2009.

Exactamente hoy pero hace quince años, se fueron mis abuelos Joaquín y Ana. Por supuesto que se fueron con meses de diferencias pero mi madre y yo, los recordamos en el día en el abuelo Joaquín partió al seno de Abraham, a la tierra de los justos.
Me gustaría presentarlos puesto que ambos, no solo influyeron en la familia y en el pueblo, sino que influyeron en mucho, a acercarme a Yahvé, mi Padre y en esto, ambos eran muy especiales. Para empezar quisiera hablar de Ana, mi madre-abuela.
Para cuando murió tenía 78 años y yo sólo 7 años. Para cuando dio a luz a mi madre María, ella estaba rondando los sesenta casi. Como unas cuantas mujeres en Israel, se quejaba de que Dios le hubiera secado su vientre pues hasta esa edad no pudo tener hijos. Mi madre fue fruto de una promesa de Yahvé para ella; al igual que esas mujeres, mi abuela Ana lloró y oró al Señor para tener descendencia. Le preocupaba mucho, sobre todo por mi abuelo, el no haberle dado hijos, pero él la consolaba muchas veces diciendo que Yahvé lo había querido así.
Mi madre me cuenta – oido a su vez de mi abuela – que ella era una experta compañera de partos y se preocupaba del cuidado de los hijos de Israel en el vecindario de Aimn – Karem y muchas la admiraban por su voz, al arrullar a los bebés para que las madres pudieran hacer el trabajo del día. Gustaba de los niños y se desvivía por cuidar a los niños de las familias, lo cual agradecían mucho.
¿Qué hay de interesante en ello? En primer lugar, que en medio de esa atención pedía a Yahvé por su paz espiritual pero a la vez, el don de la maternidad; de hecho, Dios la premió aunque tarde, pero lo otro interesante es que sus cantos eran religiosos, dirigidos a Dios, con una melodía celestial. Los niños pequeños, como dije, quedaban arrullados por ella, pero los que tenían cuatro o cinco quedaban tan fascinados con las canciones que casi como magia, adoptaban la posición que ella tomaba y que exactamente era la que yo siempre he descrito de mi madre: bajar hasta posición de cuclillas y apoyar las rodillas en el piso y, vestido recogido, posar sus manos en el regazo para orar…varones y niñas caían hipnotizados por mi abuela para emprender un momento de silencio y de oración, hasta que los niños, apoyándose en la pared o el piso, caían posteriormente rendidos del sueño. ¡Je! ¡Qué arte más fino para entretener! Para cuando los niños se levantan, queriendo jugar, tenían encima a sus padres que poco a poco se los iban llevando hasta quedar – a su tiempo – solamente aquél que les cuenta estas historias.
Otro detalle más de mi abuela era la cocina y el hogar.
Mi abuela era una perfecta ama de casa. Se distinguía por el orden, la limpieza y el servicio, sin contar con la hospitalidad que reinaba en la casa. Sin duda alguna, son dones que le transmitió a mi madre y que ella los vivió como un tesoro mientras vivía con mi padre José y más allá de él, conmigo a su lado.
Nunca una mala palabra salió de su boca, antes bien, todo era alabanza para Yahvé. Cada tejido era “hilado” con un canto de alabanza a Dios. El tema que más resaltaba en las letras era las alabanzas que hizo Miriam, la hermana de Moisés, ante las grandes hazañas del Señor en la liberación del país de Egipto, pero además había otra letra que oía con atención: exaltaba la grandeza, la gratuidad, el amor y la justicia de Dios a través de los siglos; presencia duradera y reconfortante, palpable en la creación…Se que estas palabras les sonarán muy comunes pero desde pequeño, la respuesta en mi pequeña cabeza era: “Nos hiciste Yahvé para ti y nuestro ser entero brota de tu amor infinito”.
¡Ja! Pero si eso era en cada momento en que ella retomaba la costura, también lo hacía con los guisos en la cocina, o dirigiendo los animales por el patio o a través del campo, cuando yo la acompañaba y en el fondo era para que yo aprendiera…¡Ja, ja ja! Recuerdo que me seguían a mi, pero ella cantaba.
En resumen era un templo de dedicación para Yahvé y más cuando hace tiempo atrás se preparó para ser madre. Casi cronometrado, mi abuela y mi abuelo Joaquín oyeron la promesa del Señor y, poniendo de su parte, esperaron que la promesa fuera real, así que un día y a pesar de estar entrada en años, todos se admiraron cuando encontraron a mi abuela Ana con síntomas de embarazo…entre risas y miedo, varias mujeres se acercaron a auxiliarla y constataron que estaba embarazada…¡Ja, ja, ja! No se necesitaba de más noticia que vinieran de Jerusalén ni de otro sitio, en menos que canta un gallo, se ocurrió la noticia por todo el llano y montañas: “Ana estaba embarazada”.
Nueve meses transcurrieron y las mujeres del pueblo, contentas con ella y mi abuelo, no dejaron que él se acercara…”Joaquín, tú perteneces al templo; ni se te ocurra acercarte a tu mujer. Sabemos que esta es tu casa pero en cuestiones de mujeres, mandamos nosotras” y él, sumiso – pero en el fondo, muy nervioso – se abandonó en confianza a las mujeres vecinas que ayudaron a que el parto llegara a feliz término con igual resultado: una niña para el Señor.
Mi abuelo no quedó muy conforme pero, una vez regresado del templo, acordó con mi abuela Ana que ese fruto quedaría especialmente dedicado al templo del Señor porque de Yahvé habían recibido esa gracia y a él la devolvían.
¿Qué decirte de mi abuelo? Ya todos saben su nombre: Joaquín. Desde joven fue preparado para ser servidor del templo. Es algo tan hereditario que es ineludible no estar en el altar de Yahvé.
Me cuenta mi abuela que aunque de joven respetaba mucho a sus padres, de vez en cuando quería “zafarse” de los “esquemas y normas”, hoy en día se conserva el término de “status quo” que se escapaba a fiestas de bodas y compromisos de amigos y volvía a los días para recibir una reprimenda. El tema que tenía metido en la cabeza era el castigo de Yahvé al faltar en sus deberes. Como todo joven cedió a la vida “desajustada” pero pronto cogió los carriles.
Conoció a mi abuela Ana desde joven – como a los 15 – porque mi abuela era hija de una reconocida familia. Sus padres se oponían a esos encuentros, primero por ser jóvenes y segundo, porque mis bisabuelos querían que Ana se dedicara al matrimonio con uno de los primos del Rey Herodes, cosa que a la final no prosperó debido a que el acceso a los nobles, que en principio parecía fácil, se tornó un poco difícil debido al nerviosismo contra los sacerdotes del templo y el fuerte rumor de la presencia del Mesías entre el pueblo.
Ambos se comprometieron a los 16 años de edad. Ambas familias estuvieron de acuerdo en presentarlos a la comunidad y lograr así la aprobación. Cumplidos los 18 años, se procedió a la unión. No hacía falta tanta preparación porque mis bisabuelos, padres de Joaquín, habían preparado todo y se llevó a cabo la unión religiosa en la presencia de Yahvé. Vivieron hasta la muerte, aquí en nuestra casa y vivieron en santa paz, siendo de mucho, ejemplo para nosotros.
Algo importante en la vida de mi abuelo Joaquín fue siempre la inquietud de asegurarse que la profecía del Mesías ya estaba dada en el pueblo. Su obsesión venía porque el templo era asediado por la actuación del rey Herodes y también por parte del imperio romano. En mucho, estaba cansado de tanta opresión y quería que la llegada del Mesías se realizara pronto, pero a pesar de las opresiones su vida nunca fue reaccionario sino que mantuvo bien abierta su mente, para conseguir la presencia de Yahvé en cada acontecimiento que vivía el pueblo de Israel.
En resumen, esos fueron mis abuelos a quienes debo mucho.

CAPÍTULO XIX. EN SINTONÍA CON LA CREACIÓN. Del 10 al 17 de Mayo de 2009

Hoy es shabbat, sábado. Mi madre, y también el resto de las mujeres del pueblo, están descansando porque cumplen con la Torah. Los hombres también cumplen fielmente la Torah para no faltar a Yahvé en su descanso. Yo he decidido dar un paso hacia las lomas que tenemos en el pueblo.
Esas lomas se encuentran en la entrada. Sirven de protección y puerta desde la cual el pueblo puede sentir la presencia de las tropas romanas o la entrada de carretas y bestias que entren en Nazaret. Pero más allá, se extienden, a través de una llanura, hacia otras lomas que tienen cuevas. Sólo me toma un kilómetro y medio. Es el lugar preferido de la juventud de mi pueblo. Muchas veces nos hemos ido allá a pasar el día.
Nos llevamos la comida que ya, como es costumbre, nos preparan las madres y algunas de las chicas del pueblo, se unen a nosotros a pesar de que los mayores se ponen molestos. A la final dicen resignados: "Confiamos en ustedes, pero sobre todo en ti, Jeshua".
Cuando llegamos allá, mi "pandilla", el grupo de amigos que tengo, hacemos juegos que en principio son de chiquillos, pero que nos hacen pasar un buen rato: jugamos a correr cien metros planos; saltos de rana; nos damos golpes sin caer en un pelea; nos tiramos rodando por el pequeño pasto de una de las laderas y si alguno se descuida, lo agarramos y le llenamos de tierra las cabelleras, así que se tiene que ir sucio a la casa cuando termina el día. Lamento decir todo ésto, pero cuando me recuerdo, he de decir que yo soy quien empieza todo ésto.
Hoy espero no conseguirme con ellos pues espero encontrarme en la soledad de este paraje.
Aquí hay grupos de arbustos de mediana estatura. Están muy juntos y hacen buena sombra, en todo caso, también están las cuevas que en realidad son cuevas abiertas como pórticos y dan buena sombra. He decidido estar entre las sombras de los árboles...desde aquí diviso casi todo o una buena parte del paisaje y mi alma se va elevando poco a poco a Yahvé, mi Padre.
¡Cuántas son tus obras Señor! ¡Qué contrastes de marrones has hecho en estas tierras; algunas secas y desérticas, otras abrazadas por el sol inclemente con tenues pastos para el ganado.
Alabado seas Padre por las alturas y ondulaciones de estas lomas, pero de las montañas de esta tierra. Las modelaste según tu corazón y a cada una le has dado belleza. Ninguna se repite en belleza. Cada una tiene tu huella Padre.
Me deleito en los ganados de ovejas, cabras, cabritos, corderos que le has dado a la gente de nuestro pueblo. De ellos y de las reses, sacamos alimentos para compartir aún con los más pobres y ancianos. En este caso, una vez más, por las amigas de mi madre María que a cada cierto tiempo hacen mantequilla y cuajada para algunos ancianos que ya no se valen por sí mismos. ¡Qué delicia verlas trabajando juntas como hermanas! haciendo conservas y embotando ajos, cebollas, aceitunas, etc son unas expertas en la preservación de alimentos.
¡Y qué decir de los pequeños animales que están en estas lomas! esos pequeños lagartos que a veces cambian de colores; esas serpientes que se arrastran y dejan a su paso su piel cuando se desarrollan y crecen. ¡Las aves Padre! auténticas planeadoras de este cielo azul que nos has regalado. Interesante cómo se tiran en picada las águilas para atrapar a sus piezas. Todo lo creas en perfecta armonía y aunque es parte del ciclo que unas especies se alimenten de otras, siempre cuidas de que haya un equilibrio en las cosas.
estas cosas que alcanzan a ver los ojos, son motivos para alabar a mi Padre, pero hay muchas cosas que me hacen entrar en la naturaleza humana: el propio hombre es motivo de reflexión para mi hoy.
Resuena en mi corazón el salmo 8: Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Qué el ser humano para darle poder? lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste a sus pies; rebaños de ovejas y toros y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar, que trazan sendas por el mar.
He revisado la humanidad que me has dado. Ha sido una experiencia magnífica palpar las debilidades del hombre. Ahora hablo, Padre, y me siento distanciado del propio hombre aún siendo hombre. Esto me angustia porque a veces no es mucho lo que puedo hacer por cada uno de los que me rodean. Palpo cómo la propia vida nos lleva a empujones y nos hace asumir compromisos; pero la intensidad de vivir, el saborear las experiencias de la bondad, de la dulzura; de la cercanía, del trabajo solidario, etc. parece que se difuminan en el ajetreo. Ahora que me siento joven aún, experimento cómo esa libertad e inocencia se fugan de mis manos para encontrarme con las exigencias del trabajo, de las relaciones, del cansancio... !Oh Señor, Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Y...Qué hay de mi, Padre? hoy te vuelvo a preguntar, porque estoy a solas contigo; la intimidad de este día que he querido para ti y para mi, me lleva a pensar en lo que quieres de mi? !No lo tengo del todo claro!. Se que buscas mi entrega firme por los hombres. Se que me exiges ser tu imagen cada día y aunque es duro, reflejo lo mejor en ti. Muchas veces me pregunto si necesito de milagros, de cosas "fuera de lo normal", para "captar la atención" de los hombres. A muchos sles basta ese masaje en las piernas y unas manos fuertes para caminar; recuperar sus fuerzas.
A otros les falta solamente frotar los ojos con agua limpia para comprender que deben ver mas allá de las impurezas que empañan nuestra vista. A otros les falta no solo palabras de aliento, sino sabias palabras, fuertes, templadas que abran el corazón y deslastren heridas de años para empezar a resucitar. !Qué difícil es la interioridad del hombre!
Al atardecer, con estos pensamientos clavados en mi corazón, vuelvo con paso apresurado a la casa, pensando que mi madre se ha preocupado. Se resiste a pensar que su Hijo ha crecido y que tiene otra forma distinta de pensar.

CAPÍTULO XVIII. UNA MALA EXPERIENCIA. DEL 02 AL 09 DE MAYO DE 2009

Hoy quiero contarte una mala experiencia que he tenido en el taller. No me había tocado tan de cerca como ahora.
Anteriormente mi padre José había recibido trabajos urgentes y denigrantes de parte de los romanos. Irrumpían en el taller como si fueran los dueños del pueblo y de las casas. Es una lástima mirar la historia y nuestra historia en Israel y ver que está marcada por violencia tras violencia. Las imposiciones de la ley por las armas han sido más desvastadoras que los avances en el desarrollo, siembra para alimentos y ganadería para los pueblos vencidos. Es una historia de nunca acabar porque el deseo de imposición y dominio está en el corazón del hombre. El servicio queda anulado cuando sea trata de reconocernos iguales.
A José lo mandaban a hacer cepos de madera para presos en las cárceles o para atarlos y colocarlos en público por haber sido malhechores y bandidos, pero más desagradable era cuando traían troncos de árboles para que los redujera hasta formar leños que servirían de mástiles en los cerros de alrededor y en ellos colocar a nuestros hermanos.
Ellos sabían que yo era el hijo de José. Anteriormente dije que ellos respetaban mucho a José, hombre santo y justo, pero además sabían que nuestra casa era santa por lo tanto, sentían un respeto hacia todo lo que pertenecía a José y más a mi madre.
Ese día llegaron en lugar de uno, tres carruajes. Venían cinco juegos de troncos. El decurión, llamado Italicus, me dirigió las siguientes palabras: "Jeshua, tienes afuera diez troncos...te salvas que es una madera de mala calidad. Tienes una semana para hacer todo este trabajo. A la hora nona del Jueves serán colgados cinco de los tuyos. Tres son ladrones, pillos que solo saben robar a los más prósperos y dos más son sublevados contra la noble Roma y nuestra César a quienes los dioses den larga vida. ¡Ya estoy cansado de tantos sicarios de tu pueblo que nos sorprenden en cada esquina y por las noches! Los castigos ejemplares son un buen método en las provincias sometidas al poder de Roma.
Italicus era un decurión con mucho tiempo de servicio en Judea. al principio, como todo soldado, empezó a ser déspota pero con el paso del tiempo, su actitud fue cambiando. a pesar de la dureza de la milicia, Italicus se tornó más cercano al pueblo, aunque no podía perder la imagen y menos ahora, que le habían dado un cargo de responsabilidad. Calculaba que tenía treinta y siete años - quince años más que yo -.
Debido a sus constantes venidas a la casa, no solo me dió la oportunidad para conocerlo, sino para que permitiera él cierta confianza, así que le pregunté: Crees que la violencia lo alcanza todo? Guardó silencio pero contestó: "No, sin embargo, las provincias sometidas, no ob servan la paz que le ofrece la Augusta Roma. cuesta mucho mantener el orden en el orbe que los dioses han regaado a nuestro imperio".
Le contesté con una pregunta:"si Roma no hubiera invadido otros pueblos, Crees que tuviera que hacer tanto gasto desplazando soldados, magistrados e imponiendo duras penas, manteniendo la paz? Contestó: "ciertamente no Jeshua, pero no eres soldado y yo sí. Sabrías muy bien que los pueblos crecen en su soberbia y, en su afán de crecimiento, intentan dominar a otros.
Roma ha crecido de forma culta y civilizada. Se ha puesto a la par de los grandes pensamientos de Atenas y de todo el mundo helénico, pero como puedes entender fácilmente, muchos bárbaros rodean a la gran Roma y no se puede permitir las invasiones a nuestros ciudadanos. Cada quien debe desarrollar un sistema de defensa y luchar por lo que ha logrado".
No está mal esta respuesta, pero ciertamente estamos seguros que la civilidad está reñida con la barbarie. Parece que el hombre prefiere la barbarie dentro de la civilidad que la civilidad en sí misma. No es posible avanzar hacia una humanidad igualitaria; es imposible pensar en eso. El esquema de la igualdad hecha desde nuestro Dios Yahvé, no entra ni en la forma de pensar romana ni en la nuestra.
Italicus me miró y me dijo: "Me encanta tu filosofía Jeshua, pero como ves, no tengo tiempo para perder en palabras".
Después que se marcharon los soldados, llegaron los más jóvenes y nuestros padres más jóvenes para saber de las malas noticias. Yo servía de portador de las malas noticias.
Expliqué que a la siguiente semana habría ejecución de cinco de los nuestros; tres ladrones y dos sicarios a los que se les había aplicado una trampa. Preguntaron por personas pero el decurión guardó silencio. Solo dijo que la sentencia sería eficaz para todos aquellos que estaban en contra de la augusta madre Roma.
Algunos cuantos de mis amigos, por miedo, me ayudaron. Con mucha rabia en su corazón pero pendientes de mi y mis fuerzas, se turnaron para reducir el tamaño de los troncos a maderos más manejables cuyas puntas terminaban en forma de cuña. Los otros eran más cortos y de un grosor menor, pero aún así pesados. Debían calzar muy bien en la parte superior cuando lo elevaran y emparejaran con el vertical. Todo ésto iba además acompañado de un juego de 4 largos clavos de por lo menos 20 y 30 centímetros de largo. Para el martes en la tarde, ya cansados, terminamos la dura tarea. Mis amigos, antes de despedirse, rezaron conmigo salmos de David y, con un abrazo y un Shalom que sonaba hueco para estos momentos, marcharon a sus casas.

CAPÍTULO XVII. RECREACIÓN DE LAS COSAS. Del 25 al 01 de Mayo de 2009.

¡Es Marzo! Otra vez, un cumpleaños está cerca para mi. Mi madre como loca, una vez más con las muchachas del pueblo, confabulan para hacerme fiesta. No se quedan quietas por nada del mundo, pero aún así faltan días para eso.
Lo cierto es que las celebraciones de cumpleaños, especialmente de nosotros los jóvenes, es todo un acontecimiento en el pueblo. Nazareth parece como una ciudad despampanante. Creo que los jóvenes hemos aprendido de los mayores a celebrar la vida... ¡Sí, la vida!
Ya había dejado atrás la adolescencia. La etapa de los 20 años se presentaba hermosa. Veía a mi madre envejecer pero aún lucía muy bien; risueña y contenta, enamorada de las cosas de la vida. Parece haber dejado atrás el amargo sabor de la muerte en José y se lanzaba a llevar adelante las cosas de la casa y preocuparse de atender a mucha gente necesitada. Las ocupaciones de la casa las tenía cubiertas y de vez en cuando se repartía la labor entre las mujeres recién paridas; las ancianas sobrevivientes de mi abuela Ana; de muchas mujeres que sufrían por las malas situaciones económicas, etc... Realmente me emocionaba su actitud porque el corazón de mi madre era inmaculado, entregado, generoso. ¡Mejor ejemplo no podía tener en casa!
En la mañana de este día y una vez más, después de asearme; muy de madrugada, se presentó mi madre y me tomó de la mano...no necesitaba palabras para saber qué quería hacer...me llevó afuera, al patio...era extraño, pero sentía esta vez como una vergüenza de saber que éramos el centro del mundo...la luz de nuestra casa parecía como un faro en el silencio...sólo el canto de los gallos y el las ovejas despertándose nos acompañaban.
Esa mañana en el patio, ella tomó la posición habitual de cuclillas. Sin soltarme de la mano me fue llevando a hacer lo mismo. Caí de rodillas a pesar de lo blando de la tierra, y fui doblando mis piernas hasta conseguir la posición más cómoda. Estar de rodillas era lo habitual en mi. Puso delicadamente mis manos y me reí intensamente dentro de mi corazón al recordar que eso, ¡eso! lo hacía cuando era pequeño con ella. ¡Tantas veces que lo hacíamos! las primeras veces, me colocaba frente a frente y me unía las manos para posarlas entre mis pequeñas piernas; ya luego lo hacía de forma habitual. Aprendí por imitación....total que una vez que posó mis manos entre mis piernas, me sentí tan relajado...me dejé llevar como tantas veces lo hizo y cerró los ojos. De igual forma, yo lo hice. El reflejo de las velas hacían juego en mis párpados; por un momento abrí los ojos y vi a mi hermosa madre envuelta en un halo extremadamente blanco...volví a sonreir y pensé: "Abbá, Padre, ¡qué grande eres al haberte fijado en esta hermosa criatura!. La has hecho para ti, mi recinto sagrado, el mejor regazo y vientre repleto de ternura y amor. Haces bellas todas las cosas; todo te lo reservas para ti, gracias Padre"...mis pensamientos convertidos en oración fueron inmediatamente seguidos por las palabras de mi madre...
"Yahvé, mi Dios. aquí estamos tus siervos. el fruto de mi vientre, pero el fruto de tu amor por mi. Cómo puedo expresar lo que has hecho por mi? Cómo darte gracias si no es desde la nada de mi corazón? Tómanos una vez más. Estamos en tu presencia".
Estas últimas palabras sonaron con dulzura y se mezclaron con el chispear de las velas que quemaba sus impurezas. "Ve la alegría de mi corazón; ve cómo a tus ojos ha pasado el tiempo. Mira a tu Hijo, nuestro Hijo. Ha pasado a ser joven, maduro y ahora, delante de ti, te damos gracias por su vida".
Estas palabras impactaron mi corazón de tal forma que abrí los ojos como un rayo que cruza el firmamento. Por segundos las palabras "nuestro Hijo" retumbaban en mi mente una y otra vez como un eco...se estremeció mi piel y desde las piernas hasta la nuca, sentí la presencia del buen Dios, mi Padre...me hallaba en el punto inicial en el que Abbá y Mariam se habían unido en la intimidad de su corazón. Es extraño pero ésto lo habíamos hecho tantas veces pero hoy, al cumplir los 22 años, sentía con más fuerza esas palabras...algo me hizo unir en intimidad con ambos, Madre y Padre, que no quedaba duda que ese poder misterioso de su presencia me embargaba...cuando me di cuenta de las palabras de mi madre, siguió diciendo...
"...Sí, mi amor, mi todo, mi Señor. Tu esclava está a tus pies y a los pies de mi Señor, mi hijo, tu hijo".
Otro estremecimiento recorrió mi ser. ¿Yo, señor de mi madre? mi ser de hijo se negó a ser superior a la mujer que me amamantó y cuidó...intenté ponerme de pie, pero sus palabras hacían que me anclaran en esta posición; la fuerza de su alabanza era poderosa arma...
"Como en otros tiempos Yahvé, renuevo delante de ti, mi entrega que solo tú has hecho generosa. Esa entrega en la humildad que has puesto en mi corazón. Soy bienaventurada y lo sabes porque has puesto en mi más alegría, que muchas monedas del oro más fino. Has puesto dentro de mi a este Hijo que plena mi vida toda". Una tercera sensación que me hizo subir la temperatura, invadía mi ser.
¿Permanecer por los siglos junto a Yahvé y yo aquí en la tierra al lado de esta criatura que ha dado lo más mínimo por mi? Sentí además que algo debía indagar delante de él, al salir de este encuentro.
"...cumple tu voluntad en nosotros...sea tu voluntad en la tierra como en el cielo. Aquí estamos a tu disposición para que lleves en Israel tu obra...no apartes tu mano de nosotros Yahvé".
Estas y muchas palabras iban calando en mi y a la vez, invitándome a un diálogo más profundo con Abbá. Mi madre había estado en diálogo con él y era la fuente de donde había brotado la apertura de mi corazón...ella era el pequeño hilo a través del cual yo de seguro, me internaría en la inmensidad de esa fuente. Al final, dos horas, fueron buenas para comenzar nuestra jornada que ya tenía clientes.

CAPITULO XVI. Una inquietud. Del 18 al 24 de Abril de 2009

¿Mesías? ¿Enviado? ¿Signo de contradicción? Desde aquella mañana en que el anciano Otoniel "metió la pata" en la madera, mi corazón se quedó inquieto. Aquella voz que oía en la adolescencia llamándome y "algo" que reclamaba en mi la atención, fueron ceciendo cada vez más. ¡Ahora el anciano despertaba inquietudes!
El Mesías era un hueso duro de roer en nuetro pueblo. Muchos pensaban en él como un guerrero, pero en el fondo, él era el restaurador de la gracia frente al pecado hecho por el pueblo y su monarca David muchos años atrás. Durante muchos siglos, el actuar de nuestro pueblo ha sido de continua aversión al amor de Dios y la elección que él hizo sobre Israel. En estos siglos, el pueblo se ha querido alejar siempre del corazón de Yahvé pero Abbá ha sido Padre y Madre aún en los peores momentos. Nunca ha quebrado su fidelidad y su amor para con nosotros...
Los Nebiim y Ketubiim nos hablan abundantemente de esta restauración del amor de Dios para con nosotros...¡Qué difícil es amar a Dios! pero no porque él no se deje amar, sino porque la condición humana está fracturada; muchos sentimientos están dañados cuando sacamos a flote los vicios, nuestros odios...no miramos la bondad, ni lo bello que hay en nosotros. Tu verdad ¡Oh Padre! es única, insondable. Mientras más ahondamos en tu razón, tu amor brota por todos lados...

"Mira allí a tu pueblo Yahvé,
mira cuánto ha sufrido a manos de tantos pueblos fuertes;
sirios, tirios, filisteos, babilonios, asirios, egipcios
griegos, romanos. Hemos sufrido mucho en sus manos; sus armas
nos han puesto contra el piso; nuestra mujeres gritan por sus hijos...
muchos claman por Dios; otros dicen que es un castigo...
pero el peor castigo es la maldad humana que carcome el alma.
Nos hiciste buenos, a tu imagen. Pusiste en nuestros corazones
lo mejor de ti y previendo nuestra debilidad, dispusiste que
tu Ruah permaneciera en nosotros para salir al paso de tanta
mezquindad.
Mesías Abbá!...volver los pasos a ti, buscar tu rostro siempre Yahvé...
sentir que somos más tuyos que nuestros; sentir que somos liberadores
desde dentro si sacamos nuestras miserias...
Encontrar tu raíz porque tú eres nuestra raíz de dentro;
sentirnos libres ante la maldad; que ninguna mano nos sujete;
que ningún bozal nos calle y ninguna moneda compre nuestra alma."

Esta oración brota de mis labios, mientras pienso en esta inquietud que embarga mi alma. Vrias personas han hablado de mi y me han dicho expresamente que algo distinto respiro yo. Que si bien es cierto que soy joven como los otros, la forma de actuar, de pensar y de hablar, no es la misma que otros. Mi forma de ser, se distancia cada vez más de los otros, pero "Eres tú, Yahvé, quien guía mis pasos".
tengo que retomar las antiguas promesas de Yahvé y mirar atrás en los profetas. "Tu Palabra, Abbá, está regada a lo largo de nuestra historia".
Me sonrío porque tu elección está sobre nosotros.
Mesías, unigdo, enviado. aunque son palabras profundas, sabes Padre que soy tu siervo. Y "aquí vengo para hacer tu voluntad".

CAPÍTULO XV. Facetas de la vida II. Del 11 de Abril al 17 de Abril de 2009

Al día siguiente, me levanté temprano como a las cinco de la mañana.
Adelantarse al sol es un buen reto para hacer tareas y llenar nuestros corazones con cada relación humana que tengamos. Pensaba que mi madre aún dormía, pero vi la luz del candil en la cocina. Estaba allí arreglando las cosas. Esto era una excusa para ella, puesto que mi padre José y ella, compartían una de sus cualidades que era el orden y la limpieza. Repasaba una y otra vez el orden de los pucheros, de los utensilios de la cocina...espantaba los animales que de noche se alojaban en la casa...revisaba el almacén de alimentos; los frascos, los envases, las carnes de cordero, etc. la ocupación de la limpieza y orden corría ya desde temprano desde su cuarto, a la cocina, al bano, a los otros cuartos, a los pasillos, al patio...en cuanto al mío, esperaba que yo estuviera en el taller para asear todo.
alguna que otra vez se quejaba de mi orden y limpieza, pero le decía dulcemente que eran ella y José quienes me habían enseñado. Poco a poco fui dejando cosas desordenadas para que ella sintiera el orgullo de ordenar el cuarto de su hijo amado. "Madre hermosa, madre servicial; madre que se pelea por ser la esclava...Padre mío, realmente te has enamorado de la más dulce criatura que ha salido de tus manos".
A esa hora me dirigí afuera. Agarré el aguamanil y me aseé la cara, la boca, mojé mi cabellera y barba, en fin, me refresqué. Dejé bien ordenado todo para no provocar más trabajo a mi madre y tomé la calle en dirección a aquella loma que era, muchas veces, confidente de mi encuentro con el Padre. Ofrecí alabanza a él con salmos y dándole gracias por nuestro pueblo, me dirigí al taller para comenzar la faena.
Extraño fue el primer trabajo que tuve que resolver desde temprano: entre médico y carpintero, recibí al abuelo Otoniel que vivía a 200 metros al sur de nuestra casa. Atendía a los animales, dándole comida y al pisar una caja de madera, estaba tan podrida que su pie traspasó una pieza y se quedó atascada en su tobillo...llegó como pudo al taller para que lo ayudara...
Otoniel era muy amigo de mi abuelo Joaquín...ambos habían servido en el templo y mchas veces había venido a casa para pasar el día con nosotros...decía que la pasaba muy bien como en su casa. Lo mandé a sentar, miré la pieza y muchas astillas aprisionaban su tobillo. Lo primero que hice fue alejar esas astillas y luego proceder a quebrar la pieza evitando el menor daño para el anciano. Después de verse libre, me agarró la cabeza con sus manos temblorosas y llevó mi frente a su boca para darme un beso..."Yahvé te bendiga siempre. Jeshua". Prosiguió sus palabras y me dijo: "Sabes Jesh? decimos que Dios no tiene rostro y mucho menos un rostro humano, pero las veces que te miro a la cara y más, cuando eras adolescente, algo me palpita en el corazón diciéndome lo especial que eres. ¿Te sabes la historia del anciano Simeón cuando te recibió en el templo?"
Inmediatamente recordé el cuento que mi madre me hacía cuando tuve diez u once años. Aún así, para oir de su boca una vez más la versión, le dije "No, venerable Otoniel", porque le veía el deseo de querer contarme algo...lo dejé hablar.
"Tu madre, María, te llevaba en brazos. Se veía ¡bueno pues!, super feliz contigo. Al momento de entrar, fue José quien te agarró y te pasó a los brazos de Simeón. Te descubrió la cabeza y se impresionó de lo blanco que estabas...pero no era un blanco de piel, ¡no, no, no, no! era un resplandor que había en ti. Era algo distinto. Hasta llegó a oirse el comentario de que sólo dos hombres tenían ese resplandor: Moisés y Elías. Ambos habían sido transformados por Yahvé... pero tú, Jeshua, tú estabas alumbrado por su presencia; hasta alargaste las manos en señal de súplica para unirte a la plegaria de Simeón...¡oh sí! lo recuerdo bien...Hace unos cuantos años y si mal no recuerdo, tienes veintiún años. ¡Hace veintiún años!..."
Mientras él hablaba, algo distinto se operaba en mi interior. Un suspiro profundo que llenaba mis pulmones queriendo absorber toda esa experiencia. ¡Qué distinto es sentir ser Hijo de Abbá a oir el cuento de boca de tantos ancianos y ancianas que esperaban la Gloria de mi Padre en estos tiempos!.
Seguí prestando atención a Otoniel...
"Simeón, elevó una súplica al buen Dios...Ahora Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz...Sí, Jeshua. Simeón era un siervo fiel, ¡un santo! y él fue guiado hacia ti....!suena raro!, Jeshua pero entre tantos ninos que fueron presentados, sólo y sólo a ti fue a buscar...¡fue como un autómata en dirección a ti!...
Luego Simeón prosiguió: "Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a tu pueblo y gloria de tu pueblo Israel".
¿Sabes Jeshua? Simeón tan viejo, se estremeció. Se puso a llorar porque llegaba la liberación de nuestro pueblo. Muchos se le quedaron mirando porque sabían que él y Ana, e igual que Zacarías, eran visitados por Yahvé. ¡Eran privilegiados, si Señor! José y tu madre se miraron a los ojos y se quedaron mudos. No comprendían nada - lo dice en voz baja - pero nosotros tampoco comprendemos mucho de las cosas de Dios...
dime Jeshua...¿Eres tú el elegido por Dios?
Me levanté bruscamente y me quedé mirando el amanecer puesto que ya salía el sol...fue un silencio largo...detrás de mi oí los pasos lentos de Otoniel, al salir del taller...

CAPÍTULO XIV. LAS FACETAS DE LA VIDA. (04 de Abril 10 de Abril de 2009)

Y después de muerto José se preguntarán qué he hecho yo en la vida?
Para empezar, te diré que los hijos de José: Santiago, Judas, etc ya con familias, partieron de casa de mi madre...nos quedamos solos...José era el vínculo de unión entre nosotros y aunque a María le llamaban MADRE, ellos lo hacían por deferencia con José...
Yo, con cierta tristeza, empecé a organizar el taller. Tampoco estaba tan desarreglado; como dije antes, José era muy cuidadoso hasta el final de su vida en la clasificación de la madera y de las herramientas. Ésto me provocaba un gran reto porque tenía que probar a mis veintiún años, sólo, sin José, que mis trabajos eran de la misma calidad que los que hacía José en su tiempo. Al respecto, aunque todos me conocían como Jeshua, o Jesh, siempre habían visto que mi padre me mandaba era a la entrega de las piezas...yo las cargaba, las montaba en un carro que pedíamos prestado al que siempre llamé tío Jacob e iba a las distintas casas; pocos me habían visto trabajar la madera salvo las amigas mías que se acercaban mucho por el taller. Yo había hecho piezas de menor tamaño pero las obras de arte y piezas de estilo, corrían a cargo de José, mi Padre.
Entonces mi problema era recuperar los clientes de mi padre y para eso reuní un día, en la tarde, al caer del sol, a mi madre..."Madre, aunque tenemos un poco de dinero que dejó José, es necesario que confíes en mi y en el trabajo, pero necesito que me hagas cierta propaganda para mantener a los cientes y buscar otros...". Tú conoces a la gente y aunque muchos comprenden nuestra situación, saben que nos estás sola pues me tienes a mi, pero precisamos ganarnos el pan con el trabajo. Ella, con sus ojos tristes, pero cara sonriente, dejó ver la certeza de mis palabras y me respondió: "Sí hijo, entiendo. Ahora eres mi hombre; siempre lo has sido. He sentido tu brazo fuerte como el de José. Nunca he dudado de tí. ¡Ánimo! organiza todo y yo me encargo del resto.
Con un beso que le di en la frente y ella, correspondiéndome, me besó las manos, se levantó para aclarar su voz y cambiando el tema, me ofreció una manzanilla que había preparado para estas horas. Era relajante tomar con ella una deliciosa manzanilla. Más que la bebida, su paz y tranquilidad hacían que me sintiera tan bien, como cuando era niño y me agarraba entre sus brazos y me soplaba los cabellos, además de las tantas cosquillas que me hizo...recorría mis brazos con sus manos y mi cuerpo, intentando reconocer cada parte de mi, recordando aquella promesa de ser madre del hijo de Dios...poco a poco lo sentía con más fuerzas en mi vida...
Una vez más, contemplábamos la noche en su silencio, y ese silencio embriagador de nosotros dos, criaturas, formando una familia, una especial familia.
Ya para las diez, María, cansada, prendió otro candil del que estaba en la mesa y se dirigió a su cuarto, dejando en el aire un suspiro de soledad...sólo brotó de mis labios un..."Abbá te bendiga, Madre". Ella, gentilmente me respondió: "Dios me ha bendecido en tí, Jeshua"; yo, viendo que era ´temprano aún, salí al patio cuya vista daba a una loma del pueblo y allí me quedé en paz con mi Padre orando, escuchando su voz, dejando que él me abrazara...
Después de unos cuantos minutos en silencio, las palabras fluyeron de mi: "Abbá, Padre mío. Gracias por estar en mi...gracias porque me amas desde antes de la creación. Esta vida humana te la ofrezco por todo el mundo entero. Es difícil para muchos ser humanos; somos razas con tendencia a la división, al odio...es una locura Padre, ver, cómo muchos anteponen sus intereses al hermano; cómo muchos buscan satisfacer tantos deseos sin mirarte a ti como la fuente de donde salen todos los beneficios..." tantas palabras, amigo, que salen de mis labios...tantas cosas por decir pero tantas para hacer y cumplir tu voluntad...todo está por comenzar...cada día es un reto para el cumplimiento de tu voluntad...
Guía mis pasos, Padre. Camino a la luz de tu presencia pues me has dado a participar de esta experiencia de vida".

CAPITULO XIII. UN ALTO EN LA VIDA (Del 28 de Marzo al 03 de Abril de 2009)

...Después que el carpintero del pueblo - así lo llamaban - se fue, mi madre asumió una actitud de mayor introversión...los animales que estaban en la parte de atrás de la casa le sirvieron para "digerir" su soledad y su silencio...mientras los atendía en la limpieza y la alimentación, se sumía en sus pensamientos y supongo, los recuerdos intensos vividos años atrás con ese gran hombre.
¿Qué si hablaba sola? ¡No, ciertamente no! pero su mirada y su rostro reflejaban tristeza... compartir la vida con otros y más cuando se es apoyo, es una experiencia maravillosa pero muy triste cuando hay que hacer la partida de alguno de ellos...
Una tarde la vi llorando mientras preparaba el guiso del mediodía...en algún momento la vi haciendo una caricia al aire...por el gesto comprendi que recordaba a José puesto que el gesto era como de acariciar su barba...yo sentí tristeza porque también presencié bastantes veces esas caricias, ese cariño, ese amor que crecía con el tiempo...José, ya lo dije, era un puntal de fortaleza para nosotros pero ahora no estaba y era preciso seguir adelante...
De la misma forma como mi madre era débil, también era fuerte para animar a otras amigas vecinas que se habían quedado viudas...
Lea, que había quedado viuda a los siete años de estar casada; planearon su descendencia pero su marido, Ben Zacharías, enfermó de algo que dijeron era una peste de animales que él intentó curar en casa de sus tíos. Fue una enfermedad dolorosa. Lea no quiso saber más nada del mundo y mi Madre la alentó con sus palabras además de que mucho tiempo la ha alimentado.
Zilpa, quedó viuda cuando tenía sesenta años. Zilpá sabía tejer muy bien hermosa mantelería. Muchos la apreciamos; hace bellezas con sus manos. Mi madre la acompaña en las tardes para hacer las alabanzas a Abbá, mi Padre.
Bilaa, es otra viuda bella en nuestro pueblo. Algunos cuñados suyos la quisieron reclamar según la ley de levirato pero ella se ha opuesto. Aunque debe acatar la ley, los cuñados han respetado su voluntad porque es muy querida. La mantienen muy bien y forma parte de la familia. Bilaa se acerca en las mañanas a nuestra casa y conversa con mi madre de cosas pasadas y se enfrascan recordando a sus maridos y resaltando sus grandezas como hombres y esposos.
Osnat, es la viuda más desdichada del pueblo. Una noche fue avisada de que su esposo Joel, había sido encontrado muerto en el portal del pueblo. Salió presurosa y nosotros con ella después de los gritos agudos de dolor que se oyeron aquella noche y al llegar allá Joel estaba boca abajo: sangraba por los oídos y la boca; tenía la lengua aprisionada entre los dientes y parecía hinchado...algunos hombres vieron que otros dos se habían acercado a él para golpearlo pero se revisó en casa su cuerpo y no se encontraron restos de violencia. Tenían catorce años de casados. Osnat parecía fuerte al principio, pero después de ocho meses empezó a enfermar y mi madre avisó a sus parientes.
Yael, al contrario no le afectó mucho quedarse viuda, quiero decir a nivel espiritual. Concordaba mucho con María mi madre, en esto de tener confianza y fortaleza en Yahvé. También su historia es triste y como decimos, parece obra del demonio. Yael se quejaba porque su marido no era prudente al limpiar la maleza de los patios que tenían en su casa...una noche ella gritó muy fuerte y todos nos espantamos. Como siempre, ya que el pueblo era relativamente pequeño, nos dirijimos hacia su casa...se nos tiró en los brazos y nos contó que mientras dormían, Ezequiel su marido, había sido mordido por una serpiente roja, negra y blanca...solo le dio tiempo para agarrarla y estrellarla contra la pared...al punto, se desmayó y ya no volvió más en sí.
Como puedes ver, cada vez que hay una desgracia, se recuerdan todas de un solo tirón hasta que la vida va haciendo acomodo en el día a día de lo cotidiano. Lo bueno de todo es que los sentimientos sirven para hacer de soporte unos a otros en esta faceta que llamamos muerte y que no sabemos asumir del todo. Aun así, queda Abbá mi Padre, sabio en sus decisiones y presto a hacernos volver a su presencia; lo demás, es como dicen, un mero ejercicio de emociones en las que se entrelazan, afectos, odios, luchas, sentimientos y salimos airosos cuando comprendemos que en Abbá está la fuente viva y su luz nos hace ver la luz.

Capítulo XII. Una vida que mengua (2da parte). del 20 de Marzo al 27 de Marzo de 2009.

Te sigo contando lo de mi padre José...
¡Cuántas veces no me robó el tiempo para mostrarme el camino a mi Padre! "Jeshua", me decía, "te enseñaré un camino de luces y de paz que te conduce a Dios tu Padre". Continuó una historia que yo me presuponía, pero de la cual aún no estaba seguro hasta ahora. Sus palabras, como ahora - de eso hace ya 11 años, cuando yo tenía diez - sonaron como un canto en un pozo profundo. Me dijo lo siguiente: "Jesús, hijo, te contaré una historia de la cual te vas a extrañar mucho pero es la verdad de mi corazón"...en un gesto como de adulto, me monté a una silla y luego encima del mesón que allí había y le extendí los brazos como queriéndole agarrar la barba para hacerle caricias...él, por su parte, agarró una silla y la invirtió para sentarse encima del espaldar y quedar a la misma altura que yo...
"Jesús, antes de que nacieras, yo era un hombre mayor, con los hijos a quienes tú llamas hermanos. Ellos son hijos de otra mujer porque antes de tu madre, hubo otra mujer que ya murió..." Yo lo miraba sin entender pero él me dijo: "Te lo voy a explicar mejor".
"Yo tenía mi casa con mis hijos y mi esposa había muerto años atrás. Un día los sacerdotes del templo me llamaron por medio de los herodianos; además, convocaron a los jóvenes de la ciudad y también a aquellos que aún teniendo su famlia, habían perdido como yo a su mujer. Yo me presenté al templo. Joachim, sacerdote amigo del templo me explicó qué pasaba. Tu madre María tenía 13 años y debido a esa edad - la edad en la que le vino las reglas - debía ser entregada a un hombre para formar un hogar. Se formó un revuelo porque ella apeló ante el sumo sacerdote su voto de virginidad. Ellos le explicaron que no podía permanecer en el templo por más tiempo así que debía ser entregada en compromiso a un hombre justo de Israel.
Pues bien, aquel día nos presentamos muchos y la exigencia era entregar nuestros cayados. Yo lo entregué pero en medio de esa especie de ceremonia, me sentí mal interiormente y sin que nadie notara, me fui casi avergonzado por tener que "competir" por una doncella.
En la tarde me enteré que los sacerdotes esperaban una señal de parte de Yahvé pero nunca llegó. Se enteraron que yo me había ido porque mi cayado aún permanecía en el templo. Al día siguiente me mandaron a llamar y cuando me entregaron mi cayado, resulta que una paloma empezó a revolotear por el atrio del templo y algo verde empezó a brotar de la parte superior de mi cayado. Como hipnotizado, vi que de eso verde a su vez se desarrollaba un color blancuzco que no lograba entender. Mientras me fijaba en eso, Joachim y otros sacerdotes más, me dijeron que yo era el elegido por Dios. Me negué alegando mi edad y mi familia. Joachim me recordó no rechazar la voluntad de Dios.
Pedí tiempo para construir una pequeña casa para ella, alejada de la mía y así poder ella cumplir con su promesa a Dios mientras que yo la atendía. Los sacerdotes accedieron...". Ese cayado lo tengo en el taller y es el que has visto muchas veces con tres lirios en su punta.
Yo, sin decir nada -, ¡Cómo iba a decir algo a los 10 años!, lo oí atentamente y sólo se me ocurrió preguntarle simplemente: "Papá, ¿qué es la voluntad de Yahvé?. Lo dejé aún más pensativo porque pensaba que le iba a hacer más preguntas acerca de lo que pasó pero no. Se quedó pensativo y me respondió:
"¿Qué es la voluntad de Dios? Josh...si logras entender esta otra historia, entenderás qué y cuál es su voluntad...
Habían pasado dos años desde aquello. Tu madre tenía ya quince años. quizá dieciseis. Ese día regresaba del campo. Estaba acompañando a mis amigos y algunos que hoy llamas tíos. Tu madre y yo, según la ley, estábamos comprometidos, pero ese día, al entrar a casa de tu Madre María, había un silencio como un sepulcro. La piel se me erizó toda. Mis pies se hicieron pesados y logré llegar a donde estaba tu madre. Ella, sentada en el piso de su cuarto, recogidas sus piernas hacia atrás y con las manos entre sus vestidos. Tenía una cara como de haber visto algo fuera de este mundo..." ; Yo lo interumpí preguntándole ¿cómo qué José dime? Él siguió: "No sé Hijo. Era diferente: iluminado su rostro pero triste, sombría. Me contó lo sucedido y como cualquier hombre herido, salí corriendo de allí, furioso, confundido..."
Yo no le entendí nada pero busqué su cara, intentando hacerme uno con él. José no lo había notado pero asumió aquellos sentimientos de hace muchos años...le pregunté con mi fina voz: "¿Qué pasó José? ¿qué te pasó?
"Recuerdo que corrí hasta el campo descubierto y la rabia hizo que me sentara debajo de un olivo, aguantando las ganas de llorar".
Aunque mi edad no me permitía razonar mucho, le dije... "José, mira. Las cosas de Abbá las conozco muy bien. Él se fija en todos los corazones y elige de entre ellos a los que pueden resistir una carga y un misterio que ha de perdurar en la eternidad". Se me quedó mirando en aquella oportunidad y sonriendo me dijo: "¿Eres tú Jesús mío? ¿Sabes lo que dices?. Le respondí "Sí. Mi Padre Dios te eligió para ser mi padre aquí en la tierra y aunque tú sentías que todo estaba perdido, él te habló al corazón para mostrarte lo oculto a muchas mujeres y hombres que deseaban ver ésto por lo que tú pasaste"... Se arrimó al mesón donde estaba sentado y me agarró entre sus fuertes brazos y en el silencio, me besó quedándose callado por un momento.

En ese momento, hubo un gritó en la casa...Los Sacerdotes que habían venido a la casa, dieron un grito de dolor y fue cuando el ensimismamiento que tenía llegó a su fin. Supe que José entraba en agonía; me acerqué. Su pecho ya no se expandía y su rostro era pálido. Mi Madre me miró de reojo, llorosa. Hizo un camino para acercarme a la cabecera. Recuerdo que mis lágrimas rodaron por mi cara de forma copiosa, pero mi pecho respiraba tranquilo. Eran sentimientos encontrados como hace rato: tranquilidad y paz, pero dolor de verlo irse...me arrodillé y lo besé en la cara y en la frente...aspiré profundo hasta donde lo permitían mis pulmones y me estremecí como un niño. A la par, José expiraba, ladeando un poco la cabeza hacia mi y dejándonos para irse al lado de mi Padre Yahvé.
Mi último gesto como hijo agradecido fue besarlo una vez más y quedar mi cabeza recostada en su pecho, dándole gracias por todo lo recibido de él. En la casa se sintió una brisa fresca y agradable, signo del paso por la vida.

Capítulo XI. Una vida que mengua. (1ra parte) Del 12 de Marzo al 19 de Marzo de 2009.

Hola..estoy de nuevo contigo...gracias por dejarme entrar en tu vida.
En el capítulo anterior te he contado cosas de mi vida. ¡Por supuesto que hay muchas más! pero supongo que para no aburrirte dejo tantas escenas que llevo aquí guardadas en el corazón y te permito que tú también puedas contarme cosas que de seguro querrás compartir conmigo...
¿Sabes? Cercano a ese cumpleaños que te conté; a mis 21 años, José, mi padre y el mayor de los carpinteros, se sintió mal una mañana del mes de Marzo. La posición en la cama le había hecho enfermar más de los pulmones, amén de que el serrin, como te digo, ya había hecho daño. Se fueron consumiendo sus carnes pero mi madre, que por cierto aún era una hermosa joven de 36 años, lo atendía con desconsuelo y preocupación. Los hijos de José, que eran de la casa, corrían buscando cosas y nos ayudaban en la atención de este hombre que lo había dado todo...recuerdo que ese día había tanto barullo en la casa que yo me quedé absorto, arrinconado. Ustedes en el presente usan una expresión que puede definir lo que me sucedió: "Se me fueron los tiempos"...sin quererlo, se me quedó fija la mirada, justo desde donde yo estaba.
En una sala que el mismo José había construido para estar juntos, distinta del resto de las salas y quizá aislada de la casa, los hechos pasaban por mi mente a pesar de que veía el corre corre por la atención hacia José...
Explicarte qué me sucedió, quizá no pueda, pero me entró una depresión saber que no podía hacer nada por él...que algo me decía que ya era su hora; que no me preocupara por él, puesto que Dios Padre lo reclamaba y otros sentimientos, chocaban fuerte en mi cabeza y en mi corazón, acompañados de fuertes latidos de corazón.
Además de ello, se me amontonaron recuerdos, viviencias...por ejemplo, cuando tenía cuatro años, logró hacer rampas para que yo no tuviera problemas al entrar en algunos lugares de la casa que, tenían desniveles muy alto para mi edad; en esta edad, también gozaba hacer de "caballo humano" paseándome por la casa y durante un buen rato jugaba conmigo...eso me llenaba el corazón de alegría...sin contar las veces que solté risas por sus tantas "morisquetas".
Otro recuerdo bello para mi es ver cómo él, en cierto modo, se peleaba con mi madre, para darme la comida...yo, por supuesto inocente, me identificaba con él porque, mientras mi madre me sentaba en una silla que él mismo José había hecho para mi, él me sentaba a la mesa, del lado izquierdo suyo, y repartía una cucharada para él y otra para mi...¡Claro!, María servía un plato generoso y casi "rabiosa" se daba por vencida e iba a comer en la cocina...
Una vez me llevó casi corriendo a la cocina mientras mi madre estaba asustada. Resulta que en uno de los descuidos de José, yo volteé el plato de comida sobre mi túnica y me ensucié todo...¡menos mal que José enfriaba la comida antes de dármela! pero fui un completo desastre...el almuerzo terminó en limpieza...
José era un buen Padre...al estilo de Dios mi Padre...era hacendoso...nunca faltó a sus compromisos; siempre se levantaba temprano, casi compitiendo con mi madre por ver quién alababa a Abbá ya desde el alba. Nunca vi en el taller desorden de las piezas de madera o de las herramientas, especialmente las que implicaban un peligro para mi; José tenía una voz fuerte pero en la familia, su voz nunca fue la de un hombre altanero...competía también con mi madre en dulzura...aún de manos fuertes, sus caricias eran dulces como las de mi Padre Dios y lo que más me encantaba era cuando me alzaba con una mano que ponía sobre el pecho para hacerme sentir que volaba. ¡Tantas veces que oía los gritos de mi madre!: "José, estás loco? Mira que se te puede caer el muchacho. Bájalo ya de donde lo tienes, no vaya a ser que suceda algo inesperado"; "María por favor"- decía él con toda tranquilidad -, "mientras yo lo sostenga, no pasará nada". Ella volteaba angustiada pero a la final, sonreía porque en el fondo reconocía que su vida se había sentido fuerte en él.
La cantidad de veces que vi a José, porque lo acompañaba, ir a donde las viudas para reparar sus cosas. Cumplía con fidelidad la Torah; Yahvé mi Padre lo escogió entre todos por virtuoso y justo. En él, la fidelidad ha sido una pieza fundamental. Pero no sólo era con las viudas sino con todos...inclusive en dos ocasiones José puso sus anchas espaldas para proteger a un joven que desde el caballo iba a ser azotado por un soldado romano. José tenía un corazón grande, amaba y lo amaban...