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Jesús, tu amigo y Señor

Jesús, tu amigo y Señor
Déjate fascinar por el Dios-hombre que muertra la dulzura de su Padre

CAPÍTULO XXX. HERODES Y JUAN. Del 03 de Agosto al 10 de Agosto de 2009

Dentro de las historias que te he contado, quiero también hablar de figuras que se relacionan con nosotros en el plano político. Aunque forman parte de las estructuras de poder, se hacen inevitables en nuestra conversación porque juegan mucha importancia en todo lo que lees de mi y lo que has de leer.
Por ahora me interesa hablarte de Herodes, el rey. Avanzado ya este momento, mi primo Juan ha estado proclamando la justicia de Yahvé y en mucho, la vida del rey y de su corte se ve comprometida por esta palabra.
Herodes lleva además otro nombre: Antipas. También se le conoce como tetrarca porque gobierna sobre cuatro regiones de nuestra inmensa tierra. Herodes Antipas me lleva casi el doble de la edad. Tiene cincuenta y dos (52) años de edad. Nació en la región de Judea y es hijo de Herodes el Grande y de su madre Malthace quien proviene de la región de Samaria. Herodes tiene un hermano llamado Arquelao y un medio hermano llamado Filipo. Los tres fueron criados en Roma donde recibieron una buena educación pero además, adquirieron la cultura romana y griega imperante hasta ahora. Los extranjeros, especialmente los helenos, han estado ejerciendo influencia en todo, inclusive, nos han intentado imponer el culto pagano y lo que no han logrado, se ha ido “colando” por la adquisición de cultura a través de la imitación, amén de las imposiciones propias de estos reyes e invasores.
Fue precisamente a la muerte de su padre, Herodes el Grande, cuando el emperador César Augusto le otorgó el poder de mando sobre las regiones de Galilea y Perea, la primera en el norte de Israel, frontera con Siria y Fenicia y la segunda, en el centro de nuestro territorio, justo al este de Jerusalén, camino más allá del Jordán
La vida en las cortes reales siempre han sido focos de corrupción moral, política y administrativa. Basta con ver la cantidades de asesinatos y pugnas habidos por ejemplo en Egipto a lo largo de miles de años: hermanos contra hermanos y padres contra hijos; asesinatos, envenenamientos, incendios, etc. Si miras hacia Roma en su historia, verás una inmensa acumulación de asesinatos, intrigas, traiciones que hacen concluir que los reyes, emperadores, etc. no han servido de mucho, ni para crecer como seres humanos, ni para servir al pueblo, aún comprendiendo que son súbditos y ciudadanos y más pongo yo en duda que Dios, mi Padre haya querido una estructura de opresión y crímenes como la monarquía. Allí ciertamente no está su voluntad ni su justicia ni mucho menos el derecho.
Mucho más allá de las necesidades históricas que sufrió nuestro pueblo y más allá de la continua autocrítica de ver cómo el resto de los pueblos poseían rey, e Israel tenía necesidad de uno, es lamentable cómo nuestro pueblo desoyó la voz de mi Padre Yahvé, tal cual como se narra en el libro de Samuel.
En aquel tiempo, todos exigieron a Samuel que les diera un rey, ya que Samuel se hacía viejo y los hijos suyos no tenían un caminar santo. Mi Padre Yahvé ordenó a Samuel elegir y consagrar un hombre de entre el pueblo para rey. Yahvé mismo les habló fuerte al corazón y les expresó lo que sería el “fuero” de un rey cuando éste asumiera el poder.
Es interesante cómo el pueblo, olvidándose de la alianza y de la presencia de Dios en sus vidas, le expresó al mismo Samuel que tendrían un rey como todos los pueblos que los juzgaría, iría al frente de ellos y combatiría contra los enemigos.
De eso hace ya más de mil años y todavía, entre invasiones y deportaciones, hemos tenido un dirigente distinto, algunas veces santos, otras, cobardes; algunas veces débiles, otras veces apóstatas y todo ellos – dice la historia - servidores de Yahvé, mi Padre.
Herodes está felizmente casado pero ya digo, sus debilidades por la carne lo meten en líos por todos lados. En Jerusalén hay muchas molestias por las doncellas del pueblo que han sido llevadas a la fuerza a su palacio, o han sido raptadas para ser llevadas al norte, a sus palacios, para ser vulgarmente violadas por él y por los cortesanos. La gente le tiene desprecio porque sus lujos y gustos, contrastan con la pobreza y las necesidades de muchos, especialmente los pueblos pequeños, que mueren poco a poco de hambre. Lo que no se logra llevar Roma de los impuestos, lo hacen los soldados del rey en su paso arrasador por el territorio que alguna vez fue tierra prometida.
El rey Aretas IV, rey de Nabatea le dio a una de sus hijas para que contrajera matrimonio. La zona de Nabatea se encuentra enclavada al sur del gran y extenso territorio de Edom, a ocho horas del extremo sur del mar muerto y su capital está en la ciudad de Petra ó Selá como se le conocía antiguamente. Fue un arreglo de orden político para mantener la paz en la zona, aunque para este tiempo la paz la mantiene Roma y sus legiones. Pero las cosas no funcionan bien. Ha sido el dolor de cabeza de Jerusalén y motivos de diplomacia entre Roma y ambos reinos. Quiero decir que Herodes está enamorado más bien de Herodías, esposa de su hermanastro Filipo. Estos problemas pasionales han hecho que hace poco Aretas IV le haya declarado la guerra a Herodes, mientras que su hermanastro furioso, rompa vínculos con él y tengan enemistad jurada. Hace tres años el gobernador romano en Siria, Vitelio, evitó que ambos reinos mantuvieran una larga guerra e intervino a favor de Herodes Antipas para mantener la paz. Ahora su propia mujer ha marchado a casa de su padre y se habla mucho de las bajas pasiones de Herodes con Herodías y lo débil de su carácter ante ella, quien poco a poco lo ha dominado hasta convertirlo en un sujeto atado a las pasiones de ella.
Herodes ha contribuido al desarrollo arquitectónico de la ciudad de Jerusalén y sus dominios, a pesar de que con ello, haya cargado más y más de impuestos al pueblo; por ejemplo, está claro que es un amante de la labor constructora de su padre Herodes el Grande. Me refiero al intento de reconstrucción y erección del templo de Yahvé. Pero también ha fortificado la ciudad de Séforis (anteriormente Tzippori), en la Galilea, más al norte de Nazaret. Allí ha construido la capital de su reino y para “romanizarla” le dio el nombre de Autocratis; con ello, demuestra la increíble afinidad que quiere tener con los romanos.
También en la región de Perea se ha "lucido", haciendo alzar la fortaleza de Bet – Haram y a las orillas del lago Genesaret, ha creado la ciudad de Tiberiades, en honor al emperador Tiberio a quien admiraba mucho.
Así delineado, en pocas palabras, este es el retrato de lo que conocemos hasta ahora de Herodes, rey. Es un foco de atención en el discurso de Juan puesto que se le ha oído empezar a golpear en la moral del pueblo. Juan está cerca, en la ciudad de Séforis, aquí en Galilea. Hasta ahora sus discursos los ha hecho de forma general.
Juan ha estado hablando del desajuste social de Israel. Sus discursos recuerdan en mucho a varios profetas de la antigüedad mientras habían reyes que no tenían piedad para con el pueblo y dejaban que los ricos hicieran de la economía, cualquiera mal menor en contra de los extranjeros, pobres y esclavos venidos de otras provincias. Su discurso es fuerte; su verbo es agresivo. Muchas veces pensamos que la voz de mi Padre es suave y ciertamente lo es, pero con la fuerza de una tempestad: golpea allí donde las murallas creen ser fuertes y sopla allí donde todo necesita ser arrasado para ser creadas cosas nuevas.
¡No! La Palabra de Yahvé es lacerante como una flecha. Juan ha levantado el hacha y la espada para repeler las situaciones injustas que se han generado. Es impulsado por la ira de Dios porque las diferencias sociales son muy marcadas. La prosperidad no tiene nada que ver con la injusticia, con la opresión, con la esclavitud. Yahvé clama por la promoción de sus hijos más allá de las estructuras sociales. No es posible mantener la pobreza como plataforma de sostén de los ricos. Es necesario recuperar la ley, su Palabra que clama vida para cada hombre. No hay vida donde el hombre sufre; donde la mujer es vendida como objeto y donde todas las riquezas naturales se tornan más bien contra la misma creatura creada por Dios.
Amós proclamó en su tiempo palabras duras en contra de todo Israel, especialmente sus dirigentes: "Seré inflexible, dice Yahvé...porque venden al justo por dinero, y al pobre por un par de sandalias; pisan contra el polvo de la tierra la cabeza de los débiles y el camino de los humildes tuercen; hijo y padre acuden a la misma moza, para profanar mi santonombre; sobre ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier altar...No es así, hijos de Israel? Por tanto, yo los estrujaré debajo, como estruja el carro que está lleno de haces".
Así que no basta con darse golpes de pechos y hoy día no basta hacer como en tiempos de Jonás: sayal y cenizas. Hace falta un cambio más radical: el que proclama Juan. Su voz se asemeja a la de Miqueas ante la gran ciudad: "¡Escucha, tribu y gran consejo de la ciudad! ¿He de soportar yo una medida falsa y una arroba menguada, abominable? ¿Tendré por justa la balanza infractora y la bolsa de pesas de fraude? ¡sus ricos están llenos de violencia y sus habitantes hablan falsedad: por eso yo también he comenzado a herirte, a devastarte por tus pecados…"
Llega el tiempo en que Yahvé está por recoger la siembra hecha desde antiguo. Quiere corazones nuevos, mundo con termino, recapitulación. Todo ha de terminar y la maldad ha de ceder. Así lo planteará Juan en su quehacer profético.

CAPÍTULO XXIX. REBELIONES EN ISRAEL. Del 27 de Julio al 02 de Agosto de 2009

Quizá ya estés un poco cansado de oir tantas cosas malas de nuestra situación socio política, pero quiero que sepas que lo que vivimos en nuestro tiempo, es quizá lo mismo que la situación socio – política que tú vives.
Para mi es necesario no perder de vista este elemento porque en este capítulo y más adelante en otro capítulo, te hablaré de los elementos que fueron entretejiendo en mi corazón, una verdad tan clara como su mismo origen: la verdad de mi Padre. En castellano quiere decir, que no te creas que lo tenía todo claro. Mi conciencia ha sido golpeada a lo largo de este tiempo y he tenido que redefinir conceptos de humanidad, de amor, de dolor… muchos afectos han tenido que ser reformulados en constante diálogo con mi Padre Yahvé. Por tanto, por favor, presta atención a estos datos que, ciertamente estarás de acuerdo conmigo, golpean duro y exigen de mi una actitud o por lo menos una posición intelectual sin que me quede en la sola letra.
Palestina, es un mar de turbulencias. Ha sido escenario de riñas dinásticas, luchas encarnizadas y de guerra a gran escala. Doscientos años, antes de que yo naciera, se fundó un reino judaico más o menos unificado, que puedes leer en los libros de los Macabeos. Pero hace como ochenta años atrás, Palestina pasó a manos del ejército de Pompeyo y se convirtió en provincia romana.
Ya lo sabes, Roma era un imperio demasiado extenso, cuyos asuntos la absorbían de modo preocupante; no disponiendo de la tranquilidad oportuna para ejercer el gobierno directo y organizar el aparato administrativo necesario, instaló unos “reyes” manejables en la gobernación: los herodianos. Fue Antipater, quien ocupó el trono de Palestina hace sesenta y tres años, y, al morir hace cincuenta y ocho le sucedió su hijo Herodes el Grande, que gobernó hasta hace treinta y un años, bajo el régimen de un gobierno que mantenía el poder sólo por la fuerza militar.
Como judíos, conservamos nuestras propias costumbres y religión, pero la autoridad residía en Roma de acuerdo al derecho imperante; los soldados que velaban por la observancia de las leyes eran romanos y estaban sus legiones por todo el mundo.
Seis años antes de mi nacimiento, los hechos se precipitaron; el territorio se escindió administrativamente en una provincia y dos tetrarquías. Herodes Antipas gobernó una y Galilea y Judea la capital espiritual y secular quedó sometida al gobierno directo de Roma, administrada por un procurador con residencia en Cesarea. El régimen romano era brutal y autocrático; al asumir el mando exclusivo de Judea, más de tres mil rebeldes fueron crucificados sumariamente. El templo fue saqueado y mancillado. Se nos asfixió con enormes impuestos. Se torturaba con frecuencia y gran cantidad de gentes se suicidaron. Y de seguro que el temor no cesará con Poncio Pilato, de quien oi que asumió como procurador de Judea hace poco. Muchos dicen que es un hombre cruel y corrompido, que será igual en los mismos abusos y aún mayores que los de sus antecesores. Eso estará escrito en la historia. Nadie se siente libre y satisfecho.
Cuando yo tenía seis años, Roma asume el control directo de Judea, pero un hombre a quien llaman Judas de Galilea, un rabino fariseo, reunió un grupo revolucionario de fariseos y esenios, movido, parece ser, por su gran fervor fanático. Al grupo que formó se les llamó « zelotes »; más que una secta, era una facción activista de miembros reclutados entre los adeptos de varias sectas. Los zelotes se han destacado ya significativamente en los asuntos palestinos. Su actuación en el trasfondo político resulta de gran importancia en estos días por toda nuestra tierra. La actividad de los zelotes continúa vigente, sin señal de agotamiento y por lo menos eso es lo que veo. Ha sido una constante historia de ataque y repliegue.
Al morir el famoso “Herodes Antipater” le suceden sus tres hijos, que repartieron el territorio según el testamento legado por su progenitor. A Herodes Arquelao le correspondió Gobernar Judea y Samaria. A Herodes Antipas, Galilea y Perea, y a Herodes Filipo la Gaulanitis, Traconítides, Batanea y Panias. Por supuesto con el visto bueno de los Romanos, que tampoco permitió todo. Herodes Arquelao gobernó, durante no mucho tiempo, con mucha crueldad. Ésto disparó las quejas de judíos y Samaritanos, que escuchados por el Emperador Augusto, hizo que lo depusieran y lo desterraran. Desde entonces Judea y Samaria son gobernadas directamente por Roma con sus instituciones políticas y militares: un procurador al frente en Cesarea, junto al Mar Mediterráneo, y unos pocos soldados en Jerusalén. Preferirá apoyarse según conveniencia en el Sanedrín. Por su parte, Herodes Antipas gobierna Galilea y Perea hasta el presente. Es el Herodes que tú y yo conocemos y al cual Juan el Bautista le reclama debido a sus pecados.
El tercer Herodes, Herodes Filipos, parece que fue una excepción. De él sabemos que hizo importantes obras de arquitectura civil, no gobernó especialmente mal.
Judea, ya lo he señalado, es gobernada, primero por un prefecto, y más tarde por un procurador. Las funciones que tenían los procuradores eran triples: mando de las tropas; disponían de potestad judicial, - interviniendo en crímenes de carácter político, para los demás casos la justicia, siempre que no fuera entre ciudadanos romanos, se ejercía por los tribunales judíos-, y finalmente regían la administración financiera y tributaria. Los romanos nos cobraban impuestos por los productos agrícolas y una especie de impuesto personal. Tenían también derechos de aduana, impuestos sobre exportación e importación, cosa que era todo un gran método de ahogo para nuestro pueblo.
Ya sabemos por los capítulos anteriores, que los romanos no recaudaban directamente, sino que se valían de los llamados "publicanos", que fiscalizaban el dinero convenido y lo entregaban a las autoridades romanas. Habitualmente sacaban un dinero extra para su bolsillo, y eran protegidos de los romanos en su trabajo. Eran despreciados por el pueblo por ser amigos de los romanos y traidores a Yahvé. Alguno de ellos ya te lo he nombrado: Leví, a quien delegaron para cobrar impuestos en mi pueblo.
¿Sabes una cosa buena de los romanos? no atacaron nuestro culto judío. En muchos casos, defendieron, sin llegar a comprender, nuestras prácticas judías y el Templo. Los procuradores trataron de no ofendernos ni herir nuestra sensibilidad, aunque no siempre lo consiguieron, por ejemplo, hicieron un censo para poder recaudar impuestos, y gran parte de la población se manifestó descontenta cosa que produjo levantamientos populares. Si quieres más datos, hace cincuenta años antes de nacer yo, surgió una tal Judas Galileo, que levantó al pueblo a la insurrección. Todo ésto hizo que Roma considerara a Palestina, una provincia difícil de gobernar y poco sumisa al poder Romano.

CAPÍTULO XXVIII. 25 AÑOS: JUAN SE VA AL DESIERTO. Del 19 al 26 de Julio de 2009

Hace ya algo más de un año que nos encontramos en las montañas y las casas hermosas que me acogieron para pasar un encuentro conmigo mismo y con él. Fueron días bastante buenos y reconfortantes. Hago memoria de esto porque justo hoy, nos llegan noticias de Ain Karim. Juan desde hace dos semanas no aparece por la casa y lo que se presumía - que se lo llevaran los soldados romanos o las tropas herodianas -, pasó sólo a ser un susto. Más bien lo encontraron, mediante noticias de una caravana, en las faldas desiertas del monte Hebrón.
El monte Hebrón estaba al sur de Ain Karem a más de cuatro horas de camino y perteneciente a la región de Judea. Zona desértica y escabrosa, solo habitada por cabras perdidas en las montañas y muchas alimañas y animales salvajes del desierto. Aún viniendo muy del sur, tenía que ser bordeado para poder llegar a la capital de Judea, de Palestina.
Muchas personas se preguntaban qué se le había perdido a Juan en esa zona deshabitada e inhóspita de la que muchos se alejaban por ser inhabitables y alojamiento de caravanas malintencionadas que robaban a otras provenientes de Egipto. Muchos pensaban que Juan estaba desvariando y en su juventud, había llegado a tal grado de soledad, que se había ido a vivir solo, dependiendo de nadie y al amparo de las bestias y provocando la ira de sus familiares. Otros pensaban que se fue allá, en busca de los escenios, monjes, hombres dedicados a la soledad, a la oración y apartados del mundo pero fuera de la realidad y alejados de las exigencias socio – políticas de Palestina, frente al dominio y poder de las fuerzas circundantes. En total, Juan y ellos eran un auténtico escándalo de cobardía en los actuales momentos.
¿Hombres santos? Para qué hombres santos si ya, a lo largo de la historia de Israel eran suficientes. Muchos opinaban que los santos solo se referían a una porción minúscula de los elegidos de Dios y aunque eran reconocidos por el pueblo, no impulsaban a ningún cambio. Solo pasaban haciendo el bien y ya; lo que Yahvé les diera a hacer, eso bastaba.
Otros seriamente hacían reflexión de los profetas. Verdaderos hombres comprometidos. Muchos, años atrás, fueron arrancados de sus familias y empujados por Dios a denunciar las estructuras sociales dominantes y sobre todo, para poner en su sitio las pretensiones de los reyes, el excesivo abuso del poder y denunciar lo desmedido de su ambición de riquezas, además de las desigualdades sociales que corrompían todo trato, desde los forasteros hasta los nobles de nuestra sociedad.
Son duras sus palabras en el tiempo. Fueron duramente castigados pero el valor de Yahvé y su Palabra transmitida, hizo que este pueblo caminara firme en medio de las tinieblas del error y el pecado.
El profetismo fue una institución en nuestro pueblo. No solo suscitados por Yahvé, sino algunos inclusive, emparentados con el sacerdocio. Elías fue perseguido por la reina y sus falsos profetas, pero el poder de Dios en Elías fue más fuerte e implacable para demostrar quién había hecho la elección del pueblo y cuánto lo quería; otros profetas fueron arrastrados a la muerte, pero no les importó. Estaban convencidos de la fuerza de la Palabra de Yahvé; palabra que retumba hasta nuestros días. Yahvé, mi Padre, no se anda con chiquitas a la hora de reclamar y exigir del pueblo un corazón centrado en su amor y sobre todo exigir la renovación de la alianza que en definitiva era elección y predilección, no por parte del pueblo sino por pura gratuidad, amor derramado, presencia abundante y mano firme en la rectoría del hombre por el tiempo y el espacio.
Y en cuanto a sacerdocio se trata, ya el mismo Juan había dejado en claro que el sacerdocio, a pesar de que formaba parte de su linaje familiar, no tenía que ver nada con su persona y por eso se distanció del servicio al templo, profesando sólo un profundo respeto por la figura de su padre y sus predecesores. Sentía que estar delante de Yahvé en el templo, sin llegar a su presencia, era como visitar a cualquier encarcelado y solo poder hablar con él a través de una cortina que obstaculiza toda capacidad de admiración. Así pues que - en boca de Juan – mientras más rápido se alejara de la vinculación sacerdotal, más ligero podría conseguir servir a Yahvé de forma despreocupada, oyendo su voz en el viento y palpando sus exigencias en los signos que arrojaba la propia vida y la realidad de nuestro pueblo. Sentía que Yahvé estaba allí y que él mismo lo impulsaba a ser como una fiera salvaje, atento a la agresividad del mundo, a las estructuras vencidas, a los modos de opresión, al hombre maleado por la propia religiosidad y poderes socio políticos que lo reducían al polvo; sentía que debía denunciar el status económico que aplastaba las colonias y los reinos dominados por el imperio y en especial, el desorden y la prostitución imperante por el linaje real, que se había heredado junto con la corona en el pueblo escogido por Dios. Allí sí encontró Juan su razón de ser, por tanto y una vez más, imperó en él la huída hacia la nada, al desierto, a la soledad, al silencio, a la reflexión. Después Yahvé diría.
¿Qué digo del desierto? ¡Ya lo sabes! Soledad, ausencia, silencio, sequedad, vacío, esterilidad. Si lo miras así, son elementos que siempre van en contra del propio hombre. Es la lucha contra la nada para volver a construir sobre la inseguridad. Ciertamente es la peor imagen de referencia para la prosperidad y la fertilidad.
Aún así el desierto tiene un atractivo. Precisamente esas características negativas que le achacamos, convierten todo espacio desértico en el lugar más propicio para entrenar el alma. Moisés se encontró consigo mismo y se descubrió delante de Yahvé y ahora Juan intenta hacer lo mismo. Debe encontrar en la soledad, el instrumento más propicio para sentir que hay un hombre dentro de sí que debe ubicarse en su contexto vital. No es mero número o persona sin sentido. Debe ser más bien, el Juan reflejado en su conciencia con un proyecto de vida claro, ajustado a la presencia del que es Yahvé.
La ausencia le dará precisamente ese desapropio de bienes materiales para redescubrir que cuenta con sus manos y su voz. Nada sirve para encontrar la tranquilidad más que la certeza de nuestro yo. La ausencia del propio yo obliga a pensar en otro totalmente distinto que me interpela. Esto deja a la ausencia sin efecto porque hace que un interlocutor, que no es precisamente la conciencia, aparezca en la vida y llene nuestras capacidades y supla lo que nos hace falta interiormente.
El silencio del desierto facilita la agudeza de nuestra audición. El viento sopla fuerte o suave; su presencia está signada por el sonido que rompe las noches y los días pero también sus golpes en el rostro de aquel que se enfrenta a las arenas y quema en los días o acaricia en las noches. Silencio afuera, en el ambiente; ruido, diálogo, preguntas, escenas pasando dentro en nuestro interior. El silencio deja de ser silencio cuando se le experimenta. Bullen nuestros miedos, demonios, recuerdos gratos o tristes. El silencio es el aliado de Yahvé para entrar lentamente desde adentro, buscando nuestros por qués para contestarlos uno a uno, sin que queden respuestas por lograr pero… ¿habrá silencio después? El silencio adquirido para solo “oir” ¿mantendrá su promesa de permanecer así cuando el mundo vuelva a apropiarse de nosotros?
Internado en el desierto, solo se ve florecer pequeña vegetación que pronto es devorada por las arenas en su incontenible caminar, empujadas por el viento libre y galopante. Arenas secas, sequedad. Todo es abrasado por el calor inclemente del sol. La poca lluvia que pueda caer a lo largo del año, inmediatamente es consumida sin remedio por las arenas; se evapora. La sequedad es reflejo de lo que muchas veces sucede en el hombre ante las adversidades de la vida: los problemas van golpeando poco a poco hasta que la vida se seca en un continuo vaciar la alegría, compartir, entregar. Lo consume todo. Sin embargo, la sequedad hará de Juan que sienta la necesidad de Yahvé, Dios que lo inunda todo con su amor, con su fidelidad. Esa sequedad hará que las raíces de la vida, tiendan desesperadamente hacia Dios buscando las fuentes nutrientes y se revitalice cada vez más para, a su vez, dar vida a todo lo que hasta ahora se ha secado por la maldad, la envidia, la lucha, la opresión.
Por último la esterilidad siempre presente en la humanidad. El desierto no se cansa de hacer que las cosas se vuelvan estériles. Sin agua, sin nutrientes, sin nada, toda posibilidad de reproducir se hace nula. Juan asociará la esterilidad con la ancianidad, pero también con la incapacidad de la ausencia de Yahvé en la vida. Yahvé ha de imponerse allí donde se niega la vida; donde nada florece y donde todo parece unicolor. Juan tendrá que clamar que Dios hace nuevas todas las cosas y produce vida donde el hombre se empeña en decir muerte.
Todo esto, unido a lo que el mismo Juan produce a sus veinticinco años es lo que hará de él, el más grande entre los hombres nacido de mujer.

CAPÍTULO XXVII. UN SUSTO INESPERADO . Del 11 al 18 de Julio de 2009

A mediados del mes de Jeshván, todo parecía transcurrir con la más absoluta tranquilidad. Nuestro pueblo de Nazareth era próspero dentro de lo que cabía, pero poco a poco había perdido la belleza que tenía antes. Muchos ancianos habían muerto. Esos ancianos que mantenían el orden moral que se necesitaba. Algunos jóvenes habían desviado el camino y todo producto de aquellas incursiones que hacían los romanos por los pueblos cercanos y el nuestro; ellos se agruparon en el movimiento de sicarios que ya era temido en toda Palestina. Era una situación intensa y molesta.
Una vez más hubo revueltas en la zona norte de la Decápolis, ya que los impuestos se habían hecho un peso grande para la gente, especialmente para los pescadores y los mercaderes. Tanto los recaudadores de impuestos como los oficiales romanos eran despiadados al cobrar un dinero indebido al pueblo y muchos, al no tenerlo, iban a parar a las cárceles de las cuales, algunos cuantos no salían vivos, especialmente aquellos hombres que pasaban de sesenta años de edad.
Al cuarto día después del descanso del shabbat, un centurión y sus hombres, entraron en el pueblo y se ubicaron cerca de la casa de la comunidad. Los ancianos del templo se le enfrentaron y exigieron respetar dicha casa. Dejaron en claro que todo edificio judío no podía ser manchado por las plantas de pies extranjeros; todo estaba dedicado a Yahvé. Después de tanta manifestación, el centurión, comprendiendo bastante bien la realidad judía y después de un discurso sobre la “pax romana”, ordenó a los soldados el levantamiento de un campamento militar justo a la izquierda de la casa, con la finalidad del cobro de impuestos mientras que a la tropa, ordenó salir del pueblo para evitar posibles revueltas y de esta forma, defenderse con mayor ventaja sobre cualquiera que quisiera hacerlo.
A pesar de este inconveniente, todos los hombres del pueblo estaban inquietos. No sabíamos la forma cómo se iba a llevar a cabo la recolección de impuestos y los métodos de que se valdrían para hacer que el dinero llegara a las arcas del imperio. Todas las veces se obraba de este modo en todos nuestros pueblos, así que el miedo y la preocupación no estaba de más; además de ello, es conocido por todos, que un campamento militar en cualquier pueblo, traía los consabidos problemas de rapto y violación de mujeres jóvenes, doncellas y hasta de niños. La depravación moral e inhumana era una de las características de la milicia que imponía su poder por las espadas y las lanzas.
Todo era calma en el día quinto. La gente veía cómo los soldados acompañaban a los recaudadores que ya de por sí, eran rechazados por el pueblo. Esta vez, trajeron del norte a dos recaudadores. Uno parecía joven, bastante joven, llamado Leví. Lo apostaron en la puerta sur del pueblo. El centurión, llamado Lucius, ordenó a un decurión llamado Flavio con sus hombres, a servir de custodia de dicho hombre y los bienes que a él llegaran, mientras que el otro recaudador llamado Ananías, proveniente de Sicar, se quedaría en la tienda cerca de la casa de la comunidad, custodiado igualmente por un decurión llamado Severus con sus diez hombres.
Los hombres, empezando por los mayores, fueron llegando a las tiendas. Previamente estos dos hombres, judíos, sabían de los bienes de cada familia y tenían un censo de la población. Los bienes eran mayormente producción de ganado y de los productos del campo, especialmente olivo y cereales, como trigo. Debíamos pagar impuestos sobre las producciones hechas en el año, aunque insisto, los romanos cobraban lo que les daba las ganas y más, si estaban en tiempo de guerra.
Ciclos, denarios, dracmas, talentos, etc… todo tipo de moneda se movía, cuando de impuestos se trataba, pero también se veían carretas y bestias de carga que llevaban continuamente medios sacos, cuartos de sacos o buenas arrobas de granos o pieles de animales. ¡Todo se lo llevaban! Y lo más deprimente, usurpaban los recaudadores todo lo que sirviera para su beneficio. Como les digo, ya el quinto día y el sexto día, se veían muchas caras largas que iban y venían, señal de la profunda pobreza que se acentuaba cuando este tipo de cosas sucedía.
El susto inesperado llegó el siguiente día del Shabbat. Los soldados llegaron a la tienda y encontraron a los dos centinelas muertos y la tienda destrozada. En las paredes un letrero: “Malditos romanos. La ira de Dios está sobre ustedes. Yahvé es nuestro Dios y nuestro dueño”. Se oyeron gritos y órdenes que a pesar del latin, daban muestra de alarma, miedo y rabia. Los soldados hicieron formación y a paso de marcha, se les veía cómo corrían por las calles y callejones del pueblo, buscando alguna evidencia de los asesinos. Una vez más supusimos que los jóvenes pagarían el castigo, aún no siendo culpables. Gritos de soldados en lengua extranjera; ruidos de las gladdius y lanzas que golpeaban en las puertas; ruidos de maderas rotas, desastre a lo largo de las calles; mujeres gritando y hombres arrastrados, eran las escenas que se empezaban a ver.
Una columna de humo en la zona sur, a la salida del pueblo se hacía notoria. Por la dirección del humo, parecía ser el granero mayor comunitario que habíamos creado hace menos de diez años para ahorrar espacios y mantener ciertos depósitos de cereales para todos. A pesar de ser día de descanso, corrimos muchos hacia esa dirección esperando salvar algo. Hubo, como digo, mucha confusión, porque los soldados pensaban que era una revuelta, pero al ver que su formación de combate quedaba sin contrincantes y al vernos correr en otra dirección, prestaron atención a la alarma reinante en el pueblo y corrieron detrás de nosotros y aunque no ayudaron, estuvieron atentos a controlar el orden y la seguridad, previendo que sucediera una revuelta posterior. Encontramos a Abimael, dueño y encargado de cuidar el granero, tendido en el piso, con la cabeza rota y un gran charco de sangre. Además, tenía heridas en el cuello.
Mientras apagábamos el incendio, oíamos – los que entendíamos el latín – que las órdenes habían cambiado y que el centurión ordenaba a veinte de sus soldados ir en dirección a Naím, a apresar a cuatro hombres que habían huído en caballos y eran los causantes de esta nueva incursión de sicarios. El incendio sirvió para lamentarnos y clamar a Yahvé por el descanso de nuestro hermano Abimael y gritar, reclamando una vez más, por la invasión sobre nuestro pueblo. Los más ancianos en su clamor presagiaban la venganza de los romanos por la muerte de los dos soldados y cobrarían mucho más, ya no con bienes materiales, sino con vidas, los daños hechos al imperio.
Mientras nos asegurábamos de que no quedaran rastros del incendio y evaluábamos el daño a la estructura del granero – en realidad no fue mucho, salvo unos cuantos metros de pared y techo – nos dimos cuenta cómo de nuevo los soldados cerraban formación para volverse al campamento y recomenzar la tarea del cobro de impuestos. El centurión, intentando hacer la proclama en hebreo, nos ordenó volver a las casas para rendir cuentas ante el imperio. En su avance, mostrando el poderío de sus armas, nos empujaron a los laterales, dejando en nosotros un odio cada vez más creciente hacia el extranjero dominante. Alguno de nosotros gritó las palabras que se habían escrito en las paredes de la tienda y el centurión, desde su caballo volteó de forma intempestiva para lograr descubrir al culpable, pero ya era tarde: a pesar de que tenían espadas, escudos y lanzas, se dieron cuenta de que su número era menor delante de la cantidad de hombres que estábamos para ese momento. Dan otro fuerte grito, prosiguió la marcha en retirada.
Ese día, que se hizo más bien tarde, no se cumplió la palabra del centurión de seguir cobrando los impuestos. Y más aún, la decisión del impuesto se pospuso en virtud de que hacia las vísperas de ese día, fueron atrapados los cuatro hombres que, tampoco eran de aquí del pueblo. Tres horas después de su arresto, a la luz de las antorchas y en descampado para evitar una revuelta, fueron torturados y procesados, mientras que algunos cuantos jóvenes de Nazareth fueron obligados a levantar cuatro estacas en las afueras del pueblo para dar muerte por empalamiento a los asesinos. Los que fuimos testigos, oimos el proceso y juicio que según la justicia romana les fue hecho para luego dictarles condena de muerte.
La escena cruda de ver cómo alzaban a los hombres, uno por uno, para enterrarlos en cada estaca y los gritos que cortaban la oscuridad que ya iba cayendo, además de los gritos del centurión lanzando maldiciones contra nosotros los judíos y advirtiéndonos que le diéramos gracias a nuestro Dios porque eran forasteros esos hombres; aclaró que nos salvamos de la matanza de veinte de nosotros por los soldados que perdieron la vida. Yo recordé la cara de esos soldados. En realidad eran jóvenes; nos más allá de mi edad – veinticinco años -. Nos miramos todos a la cara y una vez más, con la rabia contenida, nos fuimos a nuestras casas. Allí nos esperaban las mujeres y nuestras madres, quienes tampoco ocultaban la angustia y el miedo del día. Hacia las primeras horas de la mañana, los soldados marchaban en sus caballos mientras la infantería hacía sentir su paso en la marcha.

CAPÍTULO XXVI. UNA GRAN NOTICIA (II parte) . Del 03 al 10 de Julio de 2009

Un nuevo día, anunciado por el canto de los pájaros y el movimiento de los animales llegaba a mi vida.
Hoy es la boda de Séfora.
Aún no sale el sol y mi primer acto, como fue enseñado por José y mi madre, fue salir al patio interno y bendecir a Yahvé, no sólo por este nuevo día sino por la vida y porque su misericordia es eterna.
Hacia las cinco de la mañana, me dirigí hacía los toneles de agua para prepararme a un baño en medio del calor que ya despuntaba. Mi madre ya estaba dirigiéndose a la cocina para preparar algo de comer. Estaba pendiente de mis ropas y las toallas, así que mientras me aseaba, de seguro me colocaría la ropa de trabajo para el taller y colgaría una túnica perfumada con un paño en los colgadores que tiempo atrás, José había colgado de las paredes del cuarto.
El trabajo comenzó con el cliente más importante que tenía para ese día: Samuel. Miré su caballo de madera y más que reparar los ejes de las ruedas que estaban partidos, me fijé totalmente en él y desechándolo, tomé unos trozos de madera que ya estaban lijados hace unos cuantos días atrás y con unos cuantos listones, emprendí el diseño de un caballo más alto – puesto que Samuel había crecido -, un asiento más fuerte y un refuerzo en los ejes, al igual que unas ruedas más gruesas, para que no hubiera tanto desgaste. Para las nueve de la mañana estaba listo y justo para ser reclamado por su dueño que entró corriendo al taller, contento de poder encontrarme y seguro de que él, antes que nadie, tendría su trabajo hecho.
Samuel se me quedó mirando, preguntando por el caballo. No lograba divisarlo porque lo había puesto en lo alto, en la mesa. Lo tomé en brazos y al colocarlo sobre la mesa, advertí que la madre estaba fuera, viendo el caballo con gran admiración. De igual forma, Samuel hizo un gesto de impresión y un grito de ¡Guao! Que si no se oyó en todo el sector, no se oyó en ningún lado. Me pidió que lo bajara y bajara el caballo y antes de despedirse, me dio un tremendo abrazo, sin importarle que sus pequeños brazos quedaran confundidos con mi cabellera. El abrazo fue largo y terminó con un beso y un: “Gracias Jeshua”. Como pudo, lo arrastró hasta ver a la madre que lo terminó de ayudar para colocarle una pequeña soga y llevarlo luciendo su hermoso caballo por toda la calle.
Proseguí el trabajo. La mayoría de ellos eran reparaciones de piezas que se habían acumulado en el tiempo en que estuve ausente: reponer patas de escaparates; recambio de piezas en mesas; algunas piezas metálicas en sillas y estantes, etc. Así que para las dos de la tarde tenía todo terminado. Mi madre María, a esa hora, entraba para avisarme si ya estaba dispuesto a almorzar. Me preguntó qué tal había ido el día y le pregunté que la mayor cantidad de dinero había sido el abrazo y el beso de Samuel por su caballo. Ella sonrió y dijo solamente: “Ese dinero lo guardas en la hucha de tu corazón”. Inmediatamente tomó la escoba y me ayudó a ordenar todas las cosas, puesto que me advirtió que el trabajo había llegado a su fin por el día de hoy.
El almuerzo fue sencillo. “Jeshua, hoy comeremos ligero, puesto que a la tarde nos iremos a ayudar en la casa de Séfora. Allí terminaremos de comer algo si te apetece”, sin embargo, mi madre había preparado un delicioso pollo en salsa de cebolla y ajos; un delicioso pan y algunas hierbas de ensalada que devoré al instante. No por ser mi madre, ella cocinaba delicioso. Tenía realmente un gusto por guisar las cosas y yo me volvía loco por comer, así como lo hacía mi padre José. Al terminar, sólo me di cuenta que ella comía despacio, así que la esperé mientras ella, bocado y palabras, hacía que rindiera el tiempo.
“Séfora, luego de la luna de miel, volverá para despedirse. Vivirá en Pel – lá, en la zona de Decápolis. Los padres del futuro esposo poseen allá una casa de tipo romana, pero es la zona más tranquila de nuestra tierra. Se irá a vivir más allá del Jordán, pero de seguro su corazón no se apartará de Nazareth”.
Estas y otras cosas hablaba mi madre mientras en mi se enfrentaban pensamientos referidos a los profetas, especialmente el de Isaías: "No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo; si pasa por los ríos, no te anegarán; si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama prenderá en ti. Yo soy Yahvé, tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador". Este tiempo fue interrumpido de nuevo por las palabras de mi madre quien me había dejado solo. Me dijo: “hijo, Jeshua. ¿Estás despierto? Te quedaste absorto en tus pensamientos.” Me pidió que terminara de recoger las cosas para ponernos en camino a casa de Séfora, así que dejamos las cosas arregladas para que los animales la pasaran bien: su comida, el agua, etc. Nada encendido en la cocina ni lámparas en los cuartos.
Fuimos recogiendo cosas que ya mi madre tenía listas y para la hora de vísperas, estábamos saliendo para ayudar a preparar las cosas referentes a la ceremonia y a los alimentos.
Había mucho movimiento en la casa. Gran parte de las mujeres estaban dedicadas a la vestimenta de la novia mientras que otro grupo, además de sirvientes, estaban muy ocupados en las bandejas de alimentos que se servirían posteriormente en la fiesta. Mi madre por supuesto, me apartó del área donde la novia se estaba preparando y me condujo a la cocina y área de servicio para ayudar allí las cosas que habían de prepararse, por tanto, ayudé en el encendido del fuego para el asado de la carne y en momentos, me movía a la parte posterior de la casa, donde se mataban a los animales. Se necesitaba de fuerza para sostener los corderos y reses y otros animales pequeños. El trabajo era intenso en la matanza de animales puesto que se había calculado trescientas cincuenta personas del pueblo y los que venían de afuera. El olor era intenso y contrastaba con otros olores de perfumes y especies que se mezclaban en el aire.
Al volver cerca de la cocina, terminé de colocar la madera y ajustar las barras de hierro a la altura adecuada para cada animal que iba a ser asado en las brasas; también me vi envuelto en la limpieza de las áreas de encuentro común y terminamos por colocar las mesas para los invitados. Extrañamente oía cómo hablaban de “Jeshua ayudando a la limpieza y el servicio de la cocina”. Me reí e inmediatamente traté de desaparecer en la cocina, esperando que mi ayuda sirviera para algo más.
El tiempo se nos fue hasta que, poco a poco los candiles y las antorchas fueron tomando protagonismo. Había una claridad bastante aceptable en cada sector de la casa, especialmente en los patios en donde se llevaría la celebración principal y la celebración de las fiestas. Aunque era avanzado el día, ya el sol se ocultaba y todo estaba preparado para que el anciano rabino de la comunidad Eliahú, presidiera el matrimonio delante del pueblo congregado y presente. Estaba ya Jadash, el novio, presente con sus padres y junto al rabino para recibir a Séfora.
El venerable Eliahú recordó las maravillas de Yahvé y recordó el pasaje del génesis en el que el hombre fue creado junto a la mujer para ser uno. Hizo prédica de la tarea del hombre para reproducir la especie y de la mujer por someterse al hombre y estar a su servicio. Procedió a recordar los votos de fidelidad y entrega de ambos y puso a la comunidad como testigo de esta unión hasta la muerte. Séfora fue entregada como mujer y lote de la heredad de Jadash y él la tomó como mujer de manos del rabino. Terminado el acto de celebración, después de los simbolismos de compartir los bienes y la hermosa oración de bendición sobre ella, aplaudimos y presenciamos cómo el novio mostraba a la comunidad a su novia, descubriéndole el rostro y besándola delante de todos.
Ambos fueron llevados entre los bailes y gritos de alegría, junto con el rabino, hasta la mesa colocada como presidencia. Allí los padres de ambos, familiares cercanos; el rabino y los novios en el centro, brindaron con vino generoso por la felicidad y la descendencia que Yahvé le había de dispensar a ambos.
¿En dónde estaba yo preguntas? Yo estaba con mi madre en una de las mesas cercanas a la presidencial. Era la cuarta mesa, así que tenía posibilidad de apreciar con bastante claridad las escenas importantes de la boda y a la vez, teníamos la posibilidad de estar disponibles, por si nos necesitaban en el servicio a las mesas. Yo ansiaba hacer esto pero mi madre me sugirió estar quietos y dejar que los acontecimientos hablaran por sí mismos.
Séfora nos ubicó dónde estábamos, pero con un gesto dejó en claro que no podía moverse si el novio no la dejaba. Respetamos el protocolo pero sin embargo, mi madre fue llamada, por ser mujer, a la mesa presidencial y saludó con alegría a la pareja. Fue presentada como madre del mejor amigo de Séfora, quien bien pronto le hizo un gesto a Jadash, su marido, para que pudiera yo acercarme y dar las felicitaciones respectivas.
No sé cómo sucedió pero Séfora, sin advertir de los ritos y normas acerca de matrimonios, me tomó de la mano y me abrazó fuerte delante de su esposo y dijo que se sentía feliz de ese momento. Me agradecía mucho por mi amistad e inmediatamente me presentó a Jadash. Él, en tono de broma, me dijo: “¡Vaya! En plena boda vengo a conocer al que me ha disputado a mi mujer” y se rió. Yo también, con vergüenza, me reí, deduciendo claramente que Séfora le había hablado con franqueza de nuestra juventud.
Música de fondo después del brindis; bailes de los que éramos jóvenes. Estábamos casi todos los jóvenes que éramos contemporáneos, a pesar de que unos cuantos ya estaban casados también; además, estaban las parejas de padres, nuestros padres. Total que éramos la atracción hacia el final del día que ya anunciaban las primeras horas del nuevo día. Entre estos cantos y bailes se fueron moviendo los vasos de vino y bebidas para todos, acompañando los platos de aves sazonadas y guisadas; carnes de res y cordero que iban saliendo acompañadas de ensaladas adobadas; abundantes panes y otras tortas hechas de cereales.
Llegaba el amanecer. El sol dio el aviso de su presencia y a lo lejos se veía la primera claridad del día. Los novios se despedían y todo el mundo estaba pendiente de ellos. Nadie se había ido precisamente esperando que ellos partieran primero. Las madres de ambos, los acompañaron hasta los cuartos posteriores de la casa, para que disfrutaran de su primera noche y ya luego de retirados, el final de la fiesta parecía llegar. A pesar de que mi madre aún estaba cargada de energía, preparó unas cuantas cosas y dándome una señal, partimos a la casa, a cuatro calles de allí. Le acompañaba cargando frutos y comida que en la cocina le habían regalado. Día de felicidad.

CAPÍTULO XXV. UNA GRAN NOTICIA (I parte). Del 26 de Junio al 02 de Julio de 2009

Vuelto a la Nazareth de mi infancia, fui recibido como si fuera alguien importante. Todos, desde la calle principal del pueblo, se lanzaron a saludarme. Me sentía alguien grande y no dudé en decir que sí, que era importante. No se necesita tener títulos o grandes puestos para sentirse importante entre los propios: me amaban y eso lo mostraban con sus besos y abrazos. Hasta el pequeño Samuel de seis años, que casi era atropellado por los adultos, salió a recibirme, pero su preocupación era su caballo de madera: estaba roto. Me lo mostró con toda la ternura, que logró congelar la escena de la bienvenida. Todos al principio se rieron, pero comprendieron la necesidad que tenía Samuel de Jeshua, el carpintero. Solo yo podía solucionar sus problemas para devolverle la alegría que tenía cuando se montaba en su corcel. Tomándolo con mis brazos, me lo cargué en el hombro mientras su madre tomaba el juguete y me seguía. Este grupo de gente sirvió como un río para llegar ante la presencia de mi madre, María. Bajé a Samuel de mis hombros y le otorgué un gran y fuerte abrazo a la mujer que me ha dispensado el amor y la ternura, que me ha hecho ser el hombre que soy.
Tomándome una vez más de un brazo, María me condujo dentro a la casa. Me sentí feliz de estar en el dulce hogar bendito que Yahvé me había dispensado. Algunos niños me dejaron las cosas que traía, así que en un instinto por evitar el silencio del encuentro, saqué unos dulces y panes que mandaban las primas; algunas frutas secas en pequeñas bandejas y con mucho cuidado, desembolsé un hermoso tapiz de múltiples colores y con trazos de aves volando y posando en un lago. Además de ello, le entregué otro paquete que también desenvolvió con sumo cuidado: había telas suaves y delicadas y algunas piezas tejidas para adornar los estantes de la casa. Se quedó extasiada de tantos regalos recibidos y su rostro pasó una vez más de la absoluta alegría, a una sonrisa entretejida en tristeza. Al momento no comprendí, pero sus palabras fueron: “las piezas que pertenecían a la abuela ahora vuelven a mi”. Callé y me retiré para poder darme un baño afuera, en el patio de la casa.
Quince minutos después, con túnica limpia y mi cabello y barba aún húmedos, mi madre me tenía una deliciosa merienda: de todo un poco. Se sentó a mi lado y me preguntó muchas cosas de los primos. Le hablé de la cantidad de niños que habían nacido en este tiempo. Eran unos cuantos los que habían hecho crecer a la familia. Todos estaban felices y tenían prosperidad económica y los productos que han logrado como economía, los venden a clientes seguros en Jerusalén y otros pueblos de alrededor.
María se quedó muy contenta con las noticias que había recibido, pero yo me quedé en silencio esperando que preguntara por Juan. En menos de dos minutos hizo la pregunta y empecé a contarle lo que habíamos hablado y vivido. Le conté que me sentí como si hubiera estado con mi gemelo. “Realmente, me dijo, no se llevan sino solo meses”. Lo se madre, e inmediatamente le plantee las inquietudes de Juan y su necesidad de responder a Yahvé. Me escuchó en silencio y no planteó ninguna otra pregunta. Tan sólo expresó al final: “Es la voluntad de Yahvé. Su vida está marcada por él y de seguro lo usará como instrumento”.
Mi madre se levantó de mi lado y desde el fogón, como intentando hacer algo en el fogón, me miró tiernamente y me preguntó sin previo aviso: “Jeshua, hijo de mi corazón, tú ¿qué piensas hacer con tu vida? Tienes casi 24 años y debes definir también las inquietudes de tu vocación.
Te tengo una noticia que no se si será buena o mala para ti, pero ha vuelto Séfora”. El corazón me empezó a palpitar fuerte. Sin querer, me puse en pie como esperando esta noticia, pero me contuve. María siguió: “vino con un grupo de familiares y además, ha venido la familia de un joven apuesto con el que se ha prometido en matrimonio”. Mi rostro pasaba de la sonrisa a la tristeza, a la desilusión, a los recuerdos… mi madre se acercó y me tomó de las manos. Sintió mis nervios y se llevó sus manos con las mías a su pecho. Me dijo: “Somos invitados de honor Jesh… Se escapó antier de su casa para venir especialmente a decirme que te convenciera de que debías estar allá. La unión será mañana y me dijo que por nada en el mundo dejaras de ir conmigo. Me dijo además que aunque te sintieras triste, ella tenía la convicción de que compartirías su pleno gozo de entregarse a ese joven en matrimonio. Ella sabe que la amabas, pero también aseguró que la relación entre ustedes era tan madura, que la apoyarías en todo momento.
Mis recuerdos se comprimieron en mi mente. Séfora, mi chica especial con la cual se me erizaba la piel cada vez que me visitaba en el taller y se hacía pasar como aquella que me admiraba en el trabajo mientras en realidad, escudriñaba mi musculatura y mi cuerpo; aquella que se adelantaba para intentar arreglar el taller y colocar flores de nardos que perfumaban el ambiente y me recordaban mucho a ella; aquella que algunas veces, con anuencia de mi madre, me ofrecía lavarme los brazos y el pecho, aunque dos veces me echó el agua encima para ver mis reacciones, pero yo la sujetaba y sacudía mi cabellera como hacen los perros para también mojarla toda a ella; aquella que se dejaba entrenar por mi madre, en las delicadezas de la atención…Todo esto se aglomeraba en mi, mientras su cara se dibujaba clara y nítida en mis ojos.
Me solté suavemente de mi madre y dando una pequeña vuelta, ciertamente mis latidos se tornaron de alegría. Séfora me había dispensado mucha alegría, pero me había hecho comprender el lado maduro del amor que se dona al otro. Eso fue traducido para mi, en una pequeña libertad de sentimientos en los que solo interpretaba una respuesta a lo que había pedido a Yahvé en las montañas. Allí debía encontrar la clave. Reencontrar otra experiencia con otra amiga y mujer, me tomaría un buen tiempo y ahora estaba sólo dispuesto a ahondar en lo que me había propuesto, mientras estuve con mi primo Juan.
Esa noche la pasé intranquilo, más bien incómodo. La razón no la encontraba; de seguro, no era tanto el matrimonio de Séfora sino algo más. Algo que se iba afianzando en mi con seguridad. Algo me estaba indicando que debía partir, iniciar otros rumbos. Algo reclamaba en mi una exigencia mayor. Estaba claro ya que esa etapa de opción por el matrimonio había acabado en este momento.
No negaré que estoy abierto al encuentro amoroso “carnal”, pero ¿hay un amor más allá de los recintos de un hogar, de una mujer y de unos hijos? Es una tarea a descubrir. ¡Ninguna estabilidad emocional como la compañía de una mujer!
Pero, Yahvé, Padre mío, el amor que me has dispensado a lo largo de este casi cuarto de siglo, rebasa todo amor limitado, al igual que el amor mezclado de la fuerte dosis de gratuidad que has dispensado en todo lo que es obra de tus manos. Entonces, ¿a qué atender? Me suena Padre tu entrega, absoluta, constante y fiel… ¿es en eso a lo que me llamas a ahondar? ¿Es allí mi campo de batalla?
Con estos pensamientos, mis ojos se cerraron para abrirlos a un nuevo día, anunciado por el canto de los pájaros y el movimiento de los animales.

CAPÍTULO XXIV. DESCANSO EN EL HOGAR BENDITO POR DIOS . Del 18 al 25 de Junio de 2009

Amaneció aquel día. Era jueves de un mes de Julio. Día claro y con aves “mañaneras” por todos lados. Colgaban de los árboles, de las macetas; volaban a través de los cuartos, buscando pequeños animales para comer. Era notorio que no hacía falta ninguna persona para despertar. La ley de la naturaleza imponía el ejercicio del tiempo y de la actividad.
Las mujeres, como siempre, ya estaban despiertas desde temprano, preparando el alimento e infusiones para beber. Cuando me levanté, observé que ellas habían preparado en los cuartos, los aguamaniles para el aseo de la mañana. Junto a ellos también, estaban perfumes agradables para unirlos al agua.
Después de asearme, salí hacia la zona más sur de las casas. Allí, una hondonada dirigía hacia un pequeño arroyo y por supuesto, dicho arroyo era acompañado por una vegetación que se espesaba en dirección al este, hasta hacerse fuerte en dirección a las colinas de las cuales hablaba Juan anoche. El paraje era bello. La brisa de la mañana traía el aroma de las flores y permitía que los insectos abundaran, para lograr el más bello trabajo de polinización con sus patas. Estuve paseando un rato por la hondonada, hasta que los niños de los sirvientes gritaban y jugaban al son de mantener el equilibrio con el peso de pequeñas ánforas que, llenas de agua, parece que podían más que ellos… Unos cuantos metros detrás venían varias mujeres y hombres con envases más grandes.
Por instinto, salí corriendo hacia ellos. Recuerdos bastante fuertes se produjeron en mi corazón; recuerdos de la infancia; tanto en nuestro “exilio” en Egipto como en mi Nazaret nativa… ¡ja, ja, ja! ¡Yo también corría con cántaros llenos de agua delante de mi madre!, super contento de colaborar en las cosas de adultos para el hogar. Parece que la historia se repitiera. ¡Qué bella la infancia! pero me llevé tremenda sorpresa cuando, intentando ayudar, los niños se sorprendieron y se quedaron inmóviles porque un “intruso” les estaba “robando” esa ilusión del momento. Yo también me quedé inmóvil. Me preguntaba qué mal había hecho, y miré para todos lados, pero caí en la cuenta de que ellos querían que me apartara del camino. ¡Lo hice! E inmediatamente siguió el grito alegre en dirección a la casa. Para cuando salí de la sorpresa, estaba siguiendo a los adultos que ya se habían adelantado también. ¡Es raro pero me sentí un viejo! Mientras los adultos se sonreían por lo que había sucedido.
Estando ya en casa, encontré a Juan y mis primas que iban en dirección a la cocina para desayunar: mermeladas, frutos secos, pan suave del horno, cuajadas y quesos, etc. ¡No estaba mal para comenzar el día!
¡Jeshua! ¡Ven, acércate que vamos a desayunar!.
Una vez más alabamos a Yahvé por sus beneficios para dar cuenta de ese desayuno preparado con cariño por los sirvientes. Hablamos de todo y de nada pero fue un momento especial. Todo sabía a hogar y los panes acompañaban las mermeladas que tenían una agradable base de miel, obtenida por estos parajes cercanos; los tarros de cuajadas y leches; los quesos, a pesar de un toque de acidez, acompañaban muy bien el sabor agri-dulce de la velada y sobre todo, eran la delicia de unos cuantos niños que estaban en una mesa contigua. Yo observaba todo, porque simplemente en Nazareth éramos dos, pero esta tropa de gente hacía que hubiera más ruido, más diálogo, más atención para prestar.
Salí en dirección a los cerros cercanos a la casa. Avisé a Juan que quería un día de encuentro conmigo mismo. Quería también encontrarme con Abbá. Lo necesitaba y urgía ese encuentro. El motivo de mi venida era precisamente ese y no quería perderlo. Al igual que Juan, el tiempo se pasaba y parece que no encontraba cabida sino solamente en el taller de carpintería o en mi hogar. Algo reclamaba mayor libertad.
El sol como siempre, hacía su trabajo. La brisa también estaba presente y se notaba su presencia, porque movía la hierba del paraje y al mirar al cielo, las aves planeaban por toda el área, como entrenando sus alas y haciendo juegos en el aire. Al terminar de subir, busqué un sitio cómodo desde donde poder dominar con mi vista todo lo que me rodeaba. Era un paraje hermoso y al igual que los paisajes de Israel, los tonos verdes eran manchas entre los tonos marrones intensos y suaves de las montañas que daban razón de la sequedad, salvo esas hondonadas a lo lejos, en las que se aprecia que corren riachuelos y bañan de frescor la tierra que está sedienta y preocupada de producir la vida necesaria en la vegetación.
Esta es la casa bendita de Dios, hermosa tienda, tienda de la creación que Yahvé creó para el hombre. Es la tierra, extensión de tierras fértiles o no, para ser habitadas por animales, vegetaciones y plantas. Respiro el fresco aire que produce la naturaleza y empieza mi encuentro con Abbá mi Padre.
“Te doy gracias Señor del cielo y de la tierra, una vez más, por todas las cosas que regalas al hombre. Por cada ave que adorna los vientos y por cada pez que está en los mares, ríos y océanos. Por cada animal rastrero o no, que está poblando las selvas, las llanuras y la tierra toda. Gracias Yahvé por tu obra inmensa creadora, especialmente por nosotros los hombres. Grande y generoso eres en tu creación. No hay animal que sea igual a otro. Todas las especies a tus ojos son hermosas.” Esas fueron mis primeras alabanzas a Yahvé. Entré en conversación con él desde las cosas creadas para entrar en mi interior y poder palpar su corazón.
“Padre…te amo. Esta vida mía es tuya. Tómala. Clamo a ti por mi en este momento de mi juventud. Me ofrezco a ti, como desde mi niñez lo he hecho. Habla Padre, que tu siervo escucha. Quiero escucharte hablar a mi corazón, para que me muestres el camino que he de seguir. Mírame Padre. Sabes que comparto la soledad con mi madre y que mi vida se debate en el servicio a ella, pero también me reclamas a servirte a ti. Lo siento fuertemente en el corazón.
Padre, es duro y da miedo abandonarse a ti, a tu obra, a tu Palabra, a tu Reino. Tiemblo ante la partida de la casa materna no solo por ella, sino por la seguridad; miedo al dejar a los míos, mis amigos, las relaciones humanas alcanzadas; de esa estabilidad afectiva, mis fiestas, el compartir pero a la vez me pregunto ¿Qué quieres de mi? ¿Qué me deparas? ¿Cómo superar este miedo al abandono a ti?”
Estos pensamientos me embargaban mientras el tiempo transcurría de forma rápida. Ante mi se pasaban escenas de personas ancianas, familias, gente necesitada, algunas de ellas clamando ayuda, abriendo los brazos, cargando sus penas, gritando una y otra vez para ser ayudados y felices.
Intento espabilarme y tomar conciencia de que estoy solo, pero las escenas parecen vivas. Miseria, dolor, necesidad veo en mis ojos mientras que en mi corazón gritas: Dignidad, amor, solidaridad, sanación, compasión. ¡Demasiadas emociones encontradas! ¿Qué en concreto quieres de mi? Habla, que tu siervo escucha. Mi corazón te grita: aquí estoy Padre, para hacer tu voluntad; te entrego mi vida y te la doy con todo el amor de que soy capaz. Deseo darme Padre, me pongo en tus brazos sin medida…tu poder y tu amor me guiarán. Mira lo joven que soy, lo sabes. Tu mano es fuerte y siento su fortaleza. No me abandones, no me sueltes; anima todo mi ser con tu espíritu para impulsarme allí donde creas que yo haga falta y manifieste tu presencia y tu deseo de restaurar corazones heridos por la misma maldad humana y la falta de amor.
Algo en el estómago – el hambre – hizo que volviera en mi a las cinco y media de la tarde, mientras observaba una vez más cómo las aves danzaban con los rayos del sol que aún permanecían fuertes alumbrando con señorío toda la región. Me levanté y me sacudí la túnica mientras empezaba mi lento caminar hacia la casa de mis primos. Una caminata de media hora me pondría en dirección a las bellas casas que me han acogido a lo largo de estos días.

CAPÍTULO XXIII. ENCUENTRO CON JUAN (parte II). Del 10 al 17 de Junio de 2009

Cuando salimos al patio interior, los sirvientes y las mujeres se retiraron del lugar, comprendiendo tal vez, que queríamos estar solos. El silencio a esas horas de la tarde, vísperas, hacía que hasta los animales se fueran recogiendo a sus lugares. Juan tomó la delantera en la palabra y me dijo que tenía algo serio que decir. ¿Serio? Debía ser algo crucial, ya que teníamos una edad en la que debíamos asumir una responsabilidad en la vida. No sabía nada de él hasta ahora y lo único que me quedaba por hacer, era adentrarme en su vida y a la vez, abrir la mía a mi primo, puesto que yo tenía también cosas por hablar. Nuestra inexperiencia hacía que nos desahogáramos y en eso, quizá podríamos conseguir cierta salida a lo que sentíamos.
“Jeshua”, me dijo, “después que nos encontramos la última vez, mi vida ha ido tomando un rumbo totalmente alejado del mundo. Algo he sentido en mi, que me ha hecho apartar de la vida normal; no sé explicártelo pero está ahí dentro de mi corazón. Para colmo, en varias oportunidades, mi madre me repitió lo sucedido hace ya 23 años antes de nacer. En vez de alegría, he sentido un miedo y un estremecimiento que no es normal.
Para empezar, todo ese lío de ser hijo de unos ancianos. De pequeño parecía una persona especial, pero pronto pasé a ser como una cosa rara, un extraño, por ese magnífico hecho de ser hijo de la vejez. Todos me trataban como enfermizo pero ¡mírame! Estoy demasiado bien. He crecido al cuidado de tías y tíos, sin contar con los delicados cuidados de mis padres, pero aún así, tienen para mi un trato como si fuera un santo entre ellos. A veces ni me dejan tocar el suelo.
Otros todavía, después de haber crecido, se extrañan de mi nombre: Juan. ¿Te imaginas Jeshua, que mi padre Zacarías rompe toda la tradición para darme ese nombre? Cierto que la que empezó fue mi madre, pero él cerró toda la discusión escribiendo en la tablilla que ese sería mi nombre, pero ¿por qué todos se extrañan? Están algunos intentando buscar significado hasta en los astros pero ¡bueh! Lo que sí se, es que siento algo distinto en mi que me impulsa a separarme de este mundo y dedicarme solamente a Dios”. Le interrumpí y le pregunté: ¿qué quieres hacer Juan? ¿A dónde crees que te llama Yahvé?. Contestó:
“¡No sé Jeshua! Durante estos tres últimos años, mi vida se ha estado debatiendo entre quedarme al servicio del templo como mi padre, pero algo más dentro me dice que me vaya a la soledad, al encuentro de la oración… allá en las montañas… debes conocer de esos monjes que están allá en la soledad… ¿conoces? ¿los escenios? Yahvé reclama de mi no sé qué, por eso he pensado ir a vivir en el desierto Jeshua. No me produce mucho ánimo pero quiero encontrarme conmigo mismo para no dudar de lo que él quiere de mi. A ti, por casualidad, no te ha sucedido lo mismo?”
Esta pregunta me dejó también un poco confuso. Las cosas de Yahvé son difíciles y hay que entrarle en serio porque si no, estaríamos buscando hasta la muerte su significado y el llamado se haría insoportable y pesado. Le contesté simplemente y para salir del despiste: Juan, ¡parecemos morochos! ¡Claro Que sí me ha pasado eso que dices! No sé cómo explicarlo. ¿Te suena bien la palabra arrobamiento? ¿Crees que Yahvé nuestro padre, nos ha robado el corazón y ahora tuerce nuestra vida para que le sigamos más de cerca?. Él me contesto riéndose: “Ja, ja, ja Jeshua, hermano mío. Tienes idea del lío que formarían los rabinos si le hablas de que Dios intenta arrebatarnos la libertad y no poder decidir por nosotros mismos? ¡Eso me da miedo! Quizá no estemos leyendo bien su voluntad, pero sí creo que pesa sobre nosotros una definición de vida. Cierto que nos está llamando pero, Jeshua, creo que debemos responder nosotros y si lo hacemos, de seguro que seremos felices y consecuentes con lo que quiere su corazón para el nuestro”.
En este punto, aunque me dio risa, le dije seriamente que si así hablaba, debía estar en el templo enseñando la Torah e interpretando con los rabinos, las enseñanzas del Talmud, pero no me hizo caso. Volvió a la carga con esto.
“Jeshua, escucha esto. En las noches, pasada las diez, me retiro a aquellas lomas que ves allá. Algunas veces de niño fuimos allá con los otros primos ¿te acuerdas? Subo; no me dan miedo las serpientes, arañas o alacranes ni los animales que andan por ahí alrededor. Siento tanta seguridad en ellos que parece que me siguieran cuando empiezo a subir y ubicarme en el sitio que he escogido. Allí me siento y aunque algunas veces el cielo está cerrado, que no se ve ninguna estrella, mi pensamiento penetra esta bóveda y vuelo hasta allá lejos, al encuentro de Yahvé. ¡Claro que no me parezco a Moisés en su intimidad con él! Pero siento su presencia tan fuerte, tan cercana…es como si rozara mi piel en esos momentos”. Me estremecí antes sus palabras e intentaba decirle que era todo un poeta, pero oyendo el calibre de su acento, no dije nada. Solo escuchaba.
“Jeshua, ¡su voz es clara!...siento el susurro del viento que dice claramente: ¡Juan! ¡Juan! Y entre la brisa, la baja temperatura, la luz que se filtra hasta mis ojos, parece que me dijera…"profetiza. !mira cuán desierto está el mundo!. !cuánta necesidad hay de riego y de mi Palabra!" al principio me asusté al oír todo eso. Buscaba por todos lados pero estaba solo…en días siguientes he oído esa voz más intensa: "¡Juan! ¿a dónde irás? ¿a dónde quieres ir? Muchas personas se sienten áridas, secas. Ya no sienten mi presencia en el mundo. La gente está dividida, el corazón del hombre está entregado a otras cosas; los valores del mundo están invertidos" Grité muy fuerte: ¿y qué voy a hacer? ¿Acaso que si no te oyen a ti que les hablas, me oirán a mi? Es imposible que no sientan tu presencia y que pretendas que cambien solo porque yo les digo palabras tuyas…La voz calló por un rato, pero luego vino a mi como una caballería: "No te preocupes por el efecto. Lo importante es el golpe que des a la conciencia del hombre. Ocúpate de gritar, de predicar. Es necesario hacerlo; urge hacerlo. Cada quien verá cómo responde y reconocerá cuál palabra es humana y cuál es divina. No te canses. Habla al corazón del hombre. Grita que mi amor vence, que mi alianza sigue viva y permanente para todos aquellos que creen en un mundo distinto, de vida, de auténtica humanidad".

Y Jeshua, así como llegó esa voz, así se fue. Me sentía vacío, con algo que no terminaba de aceptar pero que sí estaba evidente que había que hacer.”
Yo me quedé sin voz. No podía decir nada, primero porque sabía de la intensidad de esa voz, pero también porque era experiencia suya. Cuando nos dimos cuenta de la hora, entre los silencios, las reflexiones y el diálogo, las mujeres habían salido a nuestro encuentro, preocupadas porque no habíamos entrado a la casa a descansar.

CAPÍTULO XXII. ENCUENTRO CON JUAN (parte I) . Del 02 al 09 de Junio de 2009

Sin miedo a decirlo, necesito de la soledad en este período de mi vida. Muchas cosas se han aglomerado a mis 23 años que necesito ponerlas en orden.
Como es costumbre, he trabajado duro durante estos años y creo haber ahorrado un poco de dinero para mantener a mi madre. No estamos viviendo en el lujo, pero sí en el desahogo económico, y más si nos ayudamos de los animales de cría que tenemos en el establo y las maravillosas manos de mi Madre María, en sus conservas de carnes y otros frutos secos. La tierra ha sido también generosa y a pesar del poco riego, ha producido los frutos necesarios para nuestro sustento.
Hay otra cosa que es simpática y que la he contado a lo largo de todos estos capítulos: la inmensa generosidad de las mujeres para compartir lo que van produciendo a lo largo del año. Esto sí se llama trueque. No se venden nada; se ayudan en todo; se regalan todo y los envases y cestas, corren de aquí para allá sin riesgo de que vuelvan a su sitio de origen. ¡Es formidable el intercambio de bienes entre todos y la gran solidaridad para con los que tienen menos. Esto me alivia tanto, que sé que a mi madre no le faltará nada, así que he pensado seriamente hablar con ella e irme a las montañas a los parientes cercanos de mis primos Zacarías e Isabel a quienes Yahvé tenga en su seno. Allí me darán no solo posada, sino que permitirán conseguir la soledad que tanto necesito para reflexionar sobre mi vida y lo que he de hacer de ahora en adelante. Además de ello, espero ver a mi primo Juan cuyo recuerdo ya se me borra de la mente.
A la hora de tercia, del segundo día de la semana, me encamino con una caravana que sigue la misma ruta. Son distintas familias que siempre se unen para marchar de viaje. Algunos van de compras, otros de viaje estrictamente y otros harán visitas a parientes lejanos para volverse en el menor tiempo posible. La ruta es de horas pero mientras se comparte, las cosas se hacen más llevaderas, así que solo tener paciencia es el mejor método para llegar a donde se quiere.
A lo lejos divisé el conjunto de casas cercana a la Isabel y Zacarías. Son cuatro casas que forman una especie de caserón, compartiendo un gran patio interior con mucha vegetación y plantas que desde años atrás, han sido la predilección de estos dos venerables ancianos y cuidadas con un apreciable amor por los parientes…sólo faltan doscientos metros para llegar y varias mujeres me reconocen…se oyen voces tenues producto de la distancia, pero se aprecia perfectamente el alboroto que debe formar mi presencia en esas tierras. Ladridos de perros, mujeres corriendo a mi encuentro…¡estoy como en casa! Inmediatamente las mujeres más ancianas, Ana, Séfora, Zahira y una cuyo rostro parece griego, llamada Elena, me llevan a una antesala de la casa para ofrecerme agua para los pies y lavar mi cuerpo. Se empeñan en hacerlo ellas como es costumbre en nuestra tierra pero comprenden con una mirada que yo lo quiero hacer y se retiran generosas, dejando algunos frascos de perfume sobre una mesa cerca de la puerta.
Contento me recogí la túnica pero la mirada se me perdió en el recuerdo. Se había quedado fija en esa mesa: era fuerte, de buena madera, con unos relieves tallados que sólo y sólo José sabía hacer…me sonreí y solté una risa porque esa mesa fue hecha aquí mismo pero en las afueras. Al traerla a la casa, recuerdo que eran cuatro hombres, entre ellos José, pero saben qué? Para variar, yo, queriendo ayudar a trasladarla me coloqué debajo de ella mientras estaba flotaba en el aire, sostenida por las manos de esos hombres. Me parecía un gigante soportando tanto peso, pero en realidad no la llegué a tocar nunca, salvo cuando llegó a su sitio, en el que el anciano Zacarías, en muestra de triunfo por el trabajo hecho, nos subió a Juan y a mi sobre la mesa…nos quedamos callados los dos y los adultos nos miraban como si fuéramos trofeos puestos sobre ella.
Al terminar de limpiarme el cuerpo, dejé las toallas y el aguamanil en su sitio. Inmediatamente desparecieron del sitio y me dirigí a la sala principal de la primera casa, donde se recibían las visitas. Limpia, grande, con pocos muebles, mantenía una buena temperatura y el frescor de las plantas que hacían de adorno.
Volvieron a entrar las ancianas y Zahira me tomó de la mano, me besó y me llevo por el corredor, hacia unas sillas. Allí estaban otras jóvenes y entre ellas, estaba también Juan. Zahira si mal no recuerdo, era una de las hermanas menores de Isabel. Tenía 32 años cuando yo nací pero permanecía tan bien conservada a pesar de que estaba casada y tenía siete hijos de Elí.
Mi primo, al igual que yo, nos encontramos con la mirada y salimos corriendo el uno hacia el otro de tal forma que por si no nos abrazamos de forma contraria, nos hubiéramos dado golpes en la cabeza.
Juan era robusto. 23 años nos hacía no sólo fuertes sino guapos. Tenía una barba corta y su musculatura sobresalía porque empezaba a vestir fuera de lo común. Alguien en el abrazo, le reclamó que no se vestía como hijo de un sacerdote, pero sin prestar atención, nos reímos y alegramos mucho por el reencuentro. ¿Cuándo fue la última vez? ¡Ambos lo sabemos! A los trece años; un año después de haber hecho nuestra iniciación en el templo. Justo aquí en esta casa, mis padres me trajeron para ver por última vez a Isabel y Zacarías… ¡Hace diez años! ¡Diez años que no nos veíamos! y sin embargo, para nuestros padres no cambiábamos. Nosotros sí sabíamos que algo interior había dado un giro. No lo supimos explicar en ese momento, pero de seguro, hablaríamos en los días siguientes de eso…
Allí quedamos compartiendo un buen rato, dándonos a conocer las noticias de Nazaret y de esta región. De cada uno de los familiares. Muchos preguntaron por mi madre María y por los hijos de José que quedaron en el pueblo. De los otros sabían que se habían dispersado. Fue una conversación interesante y larga, cosa que dio tiempo a esperar la comida – que ya pasaba de la hora -. ¡Es grato recordar lo que somos y nuestras vivencias!
Esa tarde era fresca. La brisa, a pesar de ser caliente, se filtraba a través de la vegetación y llegaba a nosotros suave, reconfortante. ¡Por supuesto que me hizo olvidar el olor de las mulas y camellos que venían en nuestro andar!. Allí gozamos de la hermandad y de los cuentos de familia que tanto nos hacían reir, en especial los de los primos. Una vez más, salió a relucir las “patadas” que daba Juan a Isabel cuando estaba aún dentro de ella; y las calenturas que pasaba Zacarías en los nueve meses que se quedó mudo…decía que por más que se esforzaba en hablar, no salía nada de sus labios…inmediatamente alguna de las mujeres dijo que era preferible verlo mudo que hablar de las cosas de su hijo…parecía que no se sabía otro tema; todo el mundo se le había olvidado…la hora de comer se hizo pronto.
Pasamos a la casa posterior, la que da más al sur, igualmente bella como las otras. A través del pasillo donde estábamos, nos fuimos del lado derecho hacia una de las entradas internas de la casa. Nos recibe una gran sala con divanes y mesas de madera con incrustaciones de hierro. A una altura de casi dos metros, equidistantes, se encuentran algunas lámparas de aceite, adaptadas a la pared. La comida estaba allí servida: carne de cordero, ensaladas amargas, pan ázimo, algunas salsas con base de aceite de oliva y ajo; otras carnes y frutos secos. Además de ello, teníamos jarras llenas de vino y agua. En total nos reunimos cerca de 12 personas. Juan me invitó a hacer la bendición de la mesa. Agradecimos a Yahvé por sus beneficios para con nosotros.
Después de la comida, las mujeres que no habían dejado de moverse de aquí para allá, terminaron de retirar las cosas y procedieron por último, a servirnos envases de agua para la limpieza y posteriormente nos retiramos. Juan me tomó del brazo y me llevó hacia el patio interior para hablar.

CAPÍTULO XXI. CREADORES CON EL CREADOR. Del 26 de Mayo al 01 de Junio de 2009

¡Hola! Una vez más contigo.
¿Te han dicho que eres creativo? ¿Creas cosas con las manos y pareces a Dios creador? ¡Claro! es un decir para mucho, pero, muchos tenemos de Abbá, mi Padre. ¡Por supuesto que somos creadores! Él nos ha dado facultades, especialmente la más bella, la de la paternidad, maternidad, pero además, tenemos infinidad de capacidades y habilidades dadas por él, para ser creadores con nuestras manos, con nuestros pensamientos y proyectos...así que les voy a contar algo especial para mi, que aún me siguen sucediendo.
Me cuenta mi madre que cuando yo estaba pequeño – entre dos y cuatro años – era el centro de atracción allá en Egipto, en el pueblo a donde fuimos a vivir por miedo a Herodes…¿centro de atracción? ¡Sí! Muchos creían que yo era un pequeño mago que hacía cosas extraordinarias, pero yo le atribuyo esas cosas a las creencias de la gente y sobre todo, en ese pueblo, al mundo mágico y mítico de la esotería que reinaba en Egipto. No es fácil ser mago y menos a esa edad que yo tenía. Lo cierto es que mi madre era fastidiada por muchas personas que le decían asombradas cómo yo hacía cosas nuevas de la nada y ella se reía mucho, aunque de vez en cuando se ponía a pensar en cosas relacionadas con lo que había oído del Salvador y Mesías, pero eso era un cuento del pueblo Hebreo y para nada tenía que ver con los egipcios.
Sigo. Mi madre decía que a las afueras del pueblo, había un oasis. Era un hermoso paisaje de descanso antes de entrar en el mundanal ruido del pueblo. Nadie iba a agarrar allí agua. Solo servía para descanso, por la cantidad de dátiles y palmeras que había y porque allá soplaba una suave brisa que refrescaba en tiempos duros. Pues bien, allí mi madre se acercaba conmigo y sin muchos problemas, me hacía compartir con el resto de los niños de mi edad, los juegos que eran normales en niños de esa época…saltar, correr entre la arena, de nuevo las espadas, el elefante, etc…pero en ocasiones, nos escapábamos en silencio hacia el oasis para jugar con la arena húmeda. Una especie de pozo pequeño nos albergaba
Inventábamos cosas. Aún pequeños, intentábamos recrear casas y personas y carretas y armas, etc pero lo que más nos gustaba era hacer animales. Encima de los dátiles habían unas pequeñas aves, marrones, pico corto y cola negruzca…en los primeros momentos me deleitaba corretear a esos pájaros cuando bajaban al piso a comer las semillas. No lograba atrapar ninguna, pero en otros momentos me quedé viéndolas fijamente para poder reproducirlas en arena húmeda…muchas salían con sus formas. ¡Era todo un artista! ¡Allí es donde estaba la confusión! La gente se quedaba admirada conmigo porque hacía esas aves y muchas se acercaban a mi y se confundían entre mis manos y al salir volando, yo alzaba las manos como echándolas a volar y decían que yo las había creado con mis manos…que era un creador…mi madre se reía pero callaba porque era una cosa sin valor…
Otro lío fue el de los dátiles y palmeras…otras veces, haciendo viento más fuerte de lo debido, la gente decía que esos árboles se doblaban ante mi. La razón era que soplaba un viento fuerte que hacía que doblaran de alguna forma mientras yo estaba cerca, casi las ramas bajaban a poca altura, pero yo me deleitaba con eso y alzaba mis brazos para recibir la brisa. ¡Era una delicia!
Pero más allá de esos recuerdos de la infancia, sí reconozco a mi Padre como creador de todas las cosas. Él nos ha entregado todo lo que nos rodea para nuestro servicio y para nuestro disfrute pero desde siempre hemos hecho mal, aún así, reconozco que hay una fuerza creadora en mi que logra que mis amigos y amigas, y todos los que formamos parte de este pueblo de Nazaret, vivamos no sólo en armonía sino en absoluta hermandad. Yo creo que eso es un elemento creador.
Mis amigos – que ya he dicho que me ayudaban en las labores – hacíamos cosas buenas para los demás. Como José, mi padre, repetíamos la elaboración de juguetes, bancos, y otros utensilios de maderas para atender a los niños y los pobres. Algunos de ellos incursionaron en el trabajo de la madera de tal forma que salieron muletas, bastones, caballos y hasta andaderas para adultos. Algunos rehusaban usarlos pero ya pronto entendieron que se podían valer por sí mismos y los usaban con gran gusto.
Algo interesante en toda esta obra creadora era internarnos en el trabajo de “terapistas”. Dos amigos míos, Abraham y Ben Otoniel, durante un buen tiempo visitamos al anciano Judas. Él, durante su juventud, estuvo en Grecia y allí aprendió la técnica del masaje o terapias para volver tendones y músculos a su sitio. Lo interesante de todo eso es que tuvimos la oportunidad, mientras él lo hacía, que nos mostraba con sus dedos, cómo estaban enlazados los tendones y músculos de cualquier parte del cuerpo. Nos impresionábamos cómo el dolor cedía ante el correcto masaje de las partes lesionadas. Luego de varias sesiones de observación, mis amigos y yo, incursionamos en la práctica de ayudarlo y ayudar a esas personas que necesitaban de ayuda…algunos ya eran cojos de meses atrás y otros tenían problemas en los brazos y las manos. Otros cuantos en la espalda. Total que toda esta experiencia fue una aventura interesante porque junto con nuestras manos, descubríamos también el dolor presente en las personas.
El anciano Judas nos enseñó la misericordia, la caridad y la sanación de los dolores internos más que los corporales. Decía que mientras aplicaba los masajes necesarios, era importante conocer a fondo los dolores que torcían el alma y amargaban la vida…repito, ¡era una buena lección! Allí descubrí que más que milagros sorprendentes, Dios obraba con dulzura a través de palabras oportunas y desahogos por parte de la persona a las cuales nos acercábamos.
Así que si tienes oportunidad, no llenes tus pensamientos de palabras o prohibas hablar a las personas; dale más bien la oportunidad de hablar y expresar lo que encadena su corazón y verás que poco a poco las dolencias salir de ellas y recuperarlas de forma total…

CAPÍTULO XX. RECORDANDO A MIS ABUELOS MATERNOS. DEL 18 AL 25 DE MAYO DE 2009.

Exactamente hoy pero hace quince años, se fueron mis abuelos Joaquín y Ana. Por supuesto que se fueron con meses de diferencias pero mi madre y yo, los recordamos en el día en el abuelo Joaquín partió al seno de Abraham, a la tierra de los justos.
Me gustaría presentarlos puesto que ambos, no solo influyeron en la familia y en el pueblo, sino que influyeron en mucho, a acercarme a Yahvé, mi Padre y en esto, ambos eran muy especiales. Para empezar quisiera hablar de Ana, mi madre-abuela.
Para cuando murió tenía 78 años y yo sólo 7 años. Para cuando dio a luz a mi madre María, ella estaba rondando los sesenta casi. Como unas cuantas mujeres en Israel, se quejaba de que Dios le hubiera secado su vientre pues hasta esa edad no pudo tener hijos. Mi madre fue fruto de una promesa de Yahvé para ella; al igual que esas mujeres, mi abuela Ana lloró y oró al Señor para tener descendencia. Le preocupaba mucho, sobre todo por mi abuelo, el no haberle dado hijos, pero él la consolaba muchas veces diciendo que Yahvé lo había querido así.
Mi madre me cuenta – oido a su vez de mi abuela – que ella era una experta compañera de partos y se preocupaba del cuidado de los hijos de Israel en el vecindario de Aimn – Karem y muchas la admiraban por su voz, al arrullar a los bebés para que las madres pudieran hacer el trabajo del día. Gustaba de los niños y se desvivía por cuidar a los niños de las familias, lo cual agradecían mucho.
¿Qué hay de interesante en ello? En primer lugar, que en medio de esa atención pedía a Yahvé por su paz espiritual pero a la vez, el don de la maternidad; de hecho, Dios la premió aunque tarde, pero lo otro interesante es que sus cantos eran religiosos, dirigidos a Dios, con una melodía celestial. Los niños pequeños, como dije, quedaban arrullados por ella, pero los que tenían cuatro o cinco quedaban tan fascinados con las canciones que casi como magia, adoptaban la posición que ella tomaba y que exactamente era la que yo siempre he descrito de mi madre: bajar hasta posición de cuclillas y apoyar las rodillas en el piso y, vestido recogido, posar sus manos en el regazo para orar…varones y niñas caían hipnotizados por mi abuela para emprender un momento de silencio y de oración, hasta que los niños, apoyándose en la pared o el piso, caían posteriormente rendidos del sueño. ¡Je! ¡Qué arte más fino para entretener! Para cuando los niños se levantan, queriendo jugar, tenían encima a sus padres que poco a poco se los iban llevando hasta quedar – a su tiempo – solamente aquél que les cuenta estas historias.
Otro detalle más de mi abuela era la cocina y el hogar.
Mi abuela era una perfecta ama de casa. Se distinguía por el orden, la limpieza y el servicio, sin contar con la hospitalidad que reinaba en la casa. Sin duda alguna, son dones que le transmitió a mi madre y que ella los vivió como un tesoro mientras vivía con mi padre José y más allá de él, conmigo a su lado.
Nunca una mala palabra salió de su boca, antes bien, todo era alabanza para Yahvé. Cada tejido era “hilado” con un canto de alabanza a Dios. El tema que más resaltaba en las letras era las alabanzas que hizo Miriam, la hermana de Moisés, ante las grandes hazañas del Señor en la liberación del país de Egipto, pero además había otra letra que oía con atención: exaltaba la grandeza, la gratuidad, el amor y la justicia de Dios a través de los siglos; presencia duradera y reconfortante, palpable en la creación…Se que estas palabras les sonarán muy comunes pero desde pequeño, la respuesta en mi pequeña cabeza era: “Nos hiciste Yahvé para ti y nuestro ser entero brota de tu amor infinito”.
¡Ja! Pero si eso era en cada momento en que ella retomaba la costura, también lo hacía con los guisos en la cocina, o dirigiendo los animales por el patio o a través del campo, cuando yo la acompañaba y en el fondo era para que yo aprendiera…¡Ja, ja ja! Recuerdo que me seguían a mi, pero ella cantaba.
En resumen era un templo de dedicación para Yahvé y más cuando hace tiempo atrás se preparó para ser madre. Casi cronometrado, mi abuela y mi abuelo Joaquín oyeron la promesa del Señor y, poniendo de su parte, esperaron que la promesa fuera real, así que un día y a pesar de estar entrada en años, todos se admiraron cuando encontraron a mi abuela Ana con síntomas de embarazo…entre risas y miedo, varias mujeres se acercaron a auxiliarla y constataron que estaba embarazada…¡Ja, ja, ja! No se necesitaba de más noticia que vinieran de Jerusalén ni de otro sitio, en menos que canta un gallo, se ocurrió la noticia por todo el llano y montañas: “Ana estaba embarazada”.
Nueve meses transcurrieron y las mujeres del pueblo, contentas con ella y mi abuelo, no dejaron que él se acercara…”Joaquín, tú perteneces al templo; ni se te ocurra acercarte a tu mujer. Sabemos que esta es tu casa pero en cuestiones de mujeres, mandamos nosotras” y él, sumiso – pero en el fondo, muy nervioso – se abandonó en confianza a las mujeres vecinas que ayudaron a que el parto llegara a feliz término con igual resultado: una niña para el Señor.
Mi abuelo no quedó muy conforme pero, una vez regresado del templo, acordó con mi abuela Ana que ese fruto quedaría especialmente dedicado al templo del Señor porque de Yahvé habían recibido esa gracia y a él la devolvían.
¿Qué decirte de mi abuelo? Ya todos saben su nombre: Joaquín. Desde joven fue preparado para ser servidor del templo. Es algo tan hereditario que es ineludible no estar en el altar de Yahvé.
Me cuenta mi abuela que aunque de joven respetaba mucho a sus padres, de vez en cuando quería “zafarse” de los “esquemas y normas”, hoy en día se conserva el término de “status quo” que se escapaba a fiestas de bodas y compromisos de amigos y volvía a los días para recibir una reprimenda. El tema que tenía metido en la cabeza era el castigo de Yahvé al faltar en sus deberes. Como todo joven cedió a la vida “desajustada” pero pronto cogió los carriles.
Conoció a mi abuela Ana desde joven – como a los 15 – porque mi abuela era hija de una reconocida familia. Sus padres se oponían a esos encuentros, primero por ser jóvenes y segundo, porque mis bisabuelos querían que Ana se dedicara al matrimonio con uno de los primos del Rey Herodes, cosa que a la final no prosperó debido a que el acceso a los nobles, que en principio parecía fácil, se tornó un poco difícil debido al nerviosismo contra los sacerdotes del templo y el fuerte rumor de la presencia del Mesías entre el pueblo.
Ambos se comprometieron a los 16 años de edad. Ambas familias estuvieron de acuerdo en presentarlos a la comunidad y lograr así la aprobación. Cumplidos los 18 años, se procedió a la unión. No hacía falta tanta preparación porque mis bisabuelos, padres de Joaquín, habían preparado todo y se llevó a cabo la unión religiosa en la presencia de Yahvé. Vivieron hasta la muerte, aquí en nuestra casa y vivieron en santa paz, siendo de mucho, ejemplo para nosotros.
Algo importante en la vida de mi abuelo Joaquín fue siempre la inquietud de asegurarse que la profecía del Mesías ya estaba dada en el pueblo. Su obsesión venía porque el templo era asediado por la actuación del rey Herodes y también por parte del imperio romano. En mucho, estaba cansado de tanta opresión y quería que la llegada del Mesías se realizara pronto, pero a pesar de las opresiones su vida nunca fue reaccionario sino que mantuvo bien abierta su mente, para conseguir la presencia de Yahvé en cada acontecimiento que vivía el pueblo de Israel.
En resumen, esos fueron mis abuelos a quienes debo mucho.

CAPÍTULO XIX. EN SINTONÍA CON LA CREACIÓN. Del 10 al 17 de Mayo de 2009

Hoy es shabbat, sábado. Mi madre, y también el resto de las mujeres del pueblo, están descansando porque cumplen con la Torah. Los hombres también cumplen fielmente la Torah para no faltar a Yahvé en su descanso. Yo he decidido dar un paso hacia las lomas que tenemos en el pueblo.
Esas lomas se encuentran en la entrada. Sirven de protección y puerta desde la cual el pueblo puede sentir la presencia de las tropas romanas o la entrada de carretas y bestias que entren en Nazaret. Pero más allá, se extienden, a través de una llanura, hacia otras lomas que tienen cuevas. Sólo me toma un kilómetro y medio. Es el lugar preferido de la juventud de mi pueblo. Muchas veces nos hemos ido allá a pasar el día.
Nos llevamos la comida que ya, como es costumbre, nos preparan las madres y algunas de las chicas del pueblo, se unen a nosotros a pesar de que los mayores se ponen molestos. A la final dicen resignados: "Confiamos en ustedes, pero sobre todo en ti, Jeshua".
Cuando llegamos allá, mi "pandilla", el grupo de amigos que tengo, hacemos juegos que en principio son de chiquillos, pero que nos hacen pasar un buen rato: jugamos a correr cien metros planos; saltos de rana; nos damos golpes sin caer en un pelea; nos tiramos rodando por el pequeño pasto de una de las laderas y si alguno se descuida, lo agarramos y le llenamos de tierra las cabelleras, así que se tiene que ir sucio a la casa cuando termina el día. Lamento decir todo ésto, pero cuando me recuerdo, he de decir que yo soy quien empieza todo ésto.
Hoy espero no conseguirme con ellos pues espero encontrarme en la soledad de este paraje.
Aquí hay grupos de arbustos de mediana estatura. Están muy juntos y hacen buena sombra, en todo caso, también están las cuevas que en realidad son cuevas abiertas como pórticos y dan buena sombra. He decidido estar entre las sombras de los árboles...desde aquí diviso casi todo o una buena parte del paisaje y mi alma se va elevando poco a poco a Yahvé, mi Padre.
¡Cuántas son tus obras Señor! ¡Qué contrastes de marrones has hecho en estas tierras; algunas secas y desérticas, otras abrazadas por el sol inclemente con tenues pastos para el ganado.
Alabado seas Padre por las alturas y ondulaciones de estas lomas, pero de las montañas de esta tierra. Las modelaste según tu corazón y a cada una le has dado belleza. Ninguna se repite en belleza. Cada una tiene tu huella Padre.
Me deleito en los ganados de ovejas, cabras, cabritos, corderos que le has dado a la gente de nuestro pueblo. De ellos y de las reses, sacamos alimentos para compartir aún con los más pobres y ancianos. En este caso, una vez más, por las amigas de mi madre María que a cada cierto tiempo hacen mantequilla y cuajada para algunos ancianos que ya no se valen por sí mismos. ¡Qué delicia verlas trabajando juntas como hermanas! haciendo conservas y embotando ajos, cebollas, aceitunas, etc son unas expertas en la preservación de alimentos.
¡Y qué decir de los pequeños animales que están en estas lomas! esos pequeños lagartos que a veces cambian de colores; esas serpientes que se arrastran y dejan a su paso su piel cuando se desarrollan y crecen. ¡Las aves Padre! auténticas planeadoras de este cielo azul que nos has regalado. Interesante cómo se tiran en picada las águilas para atrapar a sus piezas. Todo lo creas en perfecta armonía y aunque es parte del ciclo que unas especies se alimenten de otras, siempre cuidas de que haya un equilibrio en las cosas.
estas cosas que alcanzan a ver los ojos, son motivos para alabar a mi Padre, pero hay muchas cosas que me hacen entrar en la naturaleza humana: el propio hombre es motivo de reflexión para mi hoy.
Resuena en mi corazón el salmo 8: Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Qué el ser humano para darle poder? lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste a sus pies; rebaños de ovejas y toros y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar, que trazan sendas por el mar.
He revisado la humanidad que me has dado. Ha sido una experiencia magnífica palpar las debilidades del hombre. Ahora hablo, Padre, y me siento distanciado del propio hombre aún siendo hombre. Esto me angustia porque a veces no es mucho lo que puedo hacer por cada uno de los que me rodean. Palpo cómo la propia vida nos lleva a empujones y nos hace asumir compromisos; pero la intensidad de vivir, el saborear las experiencias de la bondad, de la dulzura; de la cercanía, del trabajo solidario, etc. parece que se difuminan en el ajetreo. Ahora que me siento joven aún, experimento cómo esa libertad e inocencia se fugan de mis manos para encontrarme con las exigencias del trabajo, de las relaciones, del cansancio... !Oh Señor, Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Y...Qué hay de mi, Padre? hoy te vuelvo a preguntar, porque estoy a solas contigo; la intimidad de este día que he querido para ti y para mi, me lleva a pensar en lo que quieres de mi? !No lo tengo del todo claro!. Se que buscas mi entrega firme por los hombres. Se que me exiges ser tu imagen cada día y aunque es duro, reflejo lo mejor en ti. Muchas veces me pregunto si necesito de milagros, de cosas "fuera de lo normal", para "captar la atención" de los hombres. A muchos sles basta ese masaje en las piernas y unas manos fuertes para caminar; recuperar sus fuerzas.
A otros les falta solamente frotar los ojos con agua limpia para comprender que deben ver mas allá de las impurezas que empañan nuestra vista. A otros les falta no solo palabras de aliento, sino sabias palabras, fuertes, templadas que abran el corazón y deslastren heridas de años para empezar a resucitar. !Qué difícil es la interioridad del hombre!
Al atardecer, con estos pensamientos clavados en mi corazón, vuelvo con paso apresurado a la casa, pensando que mi madre se ha preocupado. Se resiste a pensar que su Hijo ha crecido y que tiene otra forma distinta de pensar.

CAPÍTULO XVIII. UNA MALA EXPERIENCIA. DEL 02 AL 09 DE MAYO DE 2009

Hoy quiero contarte una mala experiencia que he tenido en el taller. No me había tocado tan de cerca como ahora.
Anteriormente mi padre José había recibido trabajos urgentes y denigrantes de parte de los romanos. Irrumpían en el taller como si fueran los dueños del pueblo y de las casas. Es una lástima mirar la historia y nuestra historia en Israel y ver que está marcada por violencia tras violencia. Las imposiciones de la ley por las armas han sido más desvastadoras que los avances en el desarrollo, siembra para alimentos y ganadería para los pueblos vencidos. Es una historia de nunca acabar porque el deseo de imposición y dominio está en el corazón del hombre. El servicio queda anulado cuando sea trata de reconocernos iguales.
A José lo mandaban a hacer cepos de madera para presos en las cárceles o para atarlos y colocarlos en público por haber sido malhechores y bandidos, pero más desagradable era cuando traían troncos de árboles para que los redujera hasta formar leños que servirían de mástiles en los cerros de alrededor y en ellos colocar a nuestros hermanos.
Ellos sabían que yo era el hijo de José. Anteriormente dije que ellos respetaban mucho a José, hombre santo y justo, pero además sabían que nuestra casa era santa por lo tanto, sentían un respeto hacia todo lo que pertenecía a José y más a mi madre.
Ese día llegaron en lugar de uno, tres carruajes. Venían cinco juegos de troncos. El decurión, llamado Italicus, me dirigió las siguientes palabras: "Jeshua, tienes afuera diez troncos...te salvas que es una madera de mala calidad. Tienes una semana para hacer todo este trabajo. A la hora nona del Jueves serán colgados cinco de los tuyos. Tres son ladrones, pillos que solo saben robar a los más prósperos y dos más son sublevados contra la noble Roma y nuestra César a quienes los dioses den larga vida. ¡Ya estoy cansado de tantos sicarios de tu pueblo que nos sorprenden en cada esquina y por las noches! Los castigos ejemplares son un buen método en las provincias sometidas al poder de Roma.
Italicus era un decurión con mucho tiempo de servicio en Judea. al principio, como todo soldado, empezó a ser déspota pero con el paso del tiempo, su actitud fue cambiando. a pesar de la dureza de la milicia, Italicus se tornó más cercano al pueblo, aunque no podía perder la imagen y menos ahora, que le habían dado un cargo de responsabilidad. Calculaba que tenía treinta y siete años - quince años más que yo -.
Debido a sus constantes venidas a la casa, no solo me dió la oportunidad para conocerlo, sino para que permitiera él cierta confianza, así que le pregunté: Crees que la violencia lo alcanza todo? Guardó silencio pero contestó: "No, sin embargo, las provincias sometidas, no ob servan la paz que le ofrece la Augusta Roma. cuesta mucho mantener el orden en el orbe que los dioses han regaado a nuestro imperio".
Le contesté con una pregunta:"si Roma no hubiera invadido otros pueblos, Crees que tuviera que hacer tanto gasto desplazando soldados, magistrados e imponiendo duras penas, manteniendo la paz? Contestó: "ciertamente no Jeshua, pero no eres soldado y yo sí. Sabrías muy bien que los pueblos crecen en su soberbia y, en su afán de crecimiento, intentan dominar a otros.
Roma ha crecido de forma culta y civilizada. Se ha puesto a la par de los grandes pensamientos de Atenas y de todo el mundo helénico, pero como puedes entender fácilmente, muchos bárbaros rodean a la gran Roma y no se puede permitir las invasiones a nuestros ciudadanos. Cada quien debe desarrollar un sistema de defensa y luchar por lo que ha logrado".
No está mal esta respuesta, pero ciertamente estamos seguros que la civilidad está reñida con la barbarie. Parece que el hombre prefiere la barbarie dentro de la civilidad que la civilidad en sí misma. No es posible avanzar hacia una humanidad igualitaria; es imposible pensar en eso. El esquema de la igualdad hecha desde nuestro Dios Yahvé, no entra ni en la forma de pensar romana ni en la nuestra.
Italicus me miró y me dijo: "Me encanta tu filosofía Jeshua, pero como ves, no tengo tiempo para perder en palabras".
Después que se marcharon los soldados, llegaron los más jóvenes y nuestros padres más jóvenes para saber de las malas noticias. Yo servía de portador de las malas noticias.
Expliqué que a la siguiente semana habría ejecución de cinco de los nuestros; tres ladrones y dos sicarios a los que se les había aplicado una trampa. Preguntaron por personas pero el decurión guardó silencio. Solo dijo que la sentencia sería eficaz para todos aquellos que estaban en contra de la augusta madre Roma.
Algunos cuantos de mis amigos, por miedo, me ayudaron. Con mucha rabia en su corazón pero pendientes de mi y mis fuerzas, se turnaron para reducir el tamaño de los troncos a maderos más manejables cuyas puntas terminaban en forma de cuña. Los otros eran más cortos y de un grosor menor, pero aún así pesados. Debían calzar muy bien en la parte superior cuando lo elevaran y emparejaran con el vertical. Todo ésto iba además acompañado de un juego de 4 largos clavos de por lo menos 20 y 30 centímetros de largo. Para el martes en la tarde, ya cansados, terminamos la dura tarea. Mis amigos, antes de despedirse, rezaron conmigo salmos de David y, con un abrazo y un Shalom que sonaba hueco para estos momentos, marcharon a sus casas.