Regresa a la pagina principal, Haz click sobre la imagen

Regresa a la pagina principal, Haz click sobre la imagen
Haz click sobre la imagen y regresa a la pagina principal

Jesús, tu amigo y Señor

Jesús, tu amigo y Señor
Déjate fascinar por el Dios-hombre que muertra la dulzura de su Padre

CAPÍTULO LXII. ESPINAS EN EL MUNDO. Del 21 de Marzo al 27 de Marzo de 2010

¿Alguna vez has trenzado una corona de espinas? O ¿por lo menos te has recostado sin querer a un rosal o de esos arbustos malolientes y con espinas llamados cujíes? Es una experiencia desagradable porque el cuerpo reacciona en masa, ante los continuos “pullazos” de las espinas. En momentos se genera escalofrío en la piel precisamente porque es una reacción inesperada y doliente.

Si esa experiencia desagrada, ¡imagínate cuánto dolor provocó en mi una corona diseñada especialmente para mi cabeza!; hecha con mucha burla y para expresar el rechazo al Reinado de Dios en el mundo. Es la continua tradición en la que se encuentra el hombre que quiere de pronto, el actuar de Dios, pero cuando éste decide un curso distinto del que se vive, es rechazado, traicionado, desechado y anulado. Hasta se diría que Dios es “útil” cuando las circunstancias son favorables.

Pues esta es mi realidad. “Una corona de espinas para mi, pero tranzada para el mundo”. ¿Sobre quién recae el dolor? Mis heridas y mis laceraciones son profundas pero son expresión del dolor del mundo. Cada espina es una señal del dolor por la que pasa el mundo: destrucción de las tierras; muerte de víctimas inocentes; depredación; esclavitud, etc. Muchas espinas para un mundo que no las puede soportar.

Esto es lo que quiero compartir contigo y es lo que deseo que internalices, para que no seas portador de espinas, sino que más bien ayudes con tus manos, a sacarlas una a una y curar heridas.

Después de dejar libre a Barrabás y en ese desconcierto del momento, Poncio Pilatos ordenó que yo fuera azotado. Me llevaron a un patio llamado ‘el enlozado” por sus terracotas en el suelo, muy bien dispuestas y con armonía entre las columnas y los conductos que recogían el agua. En el centro había una especie de pequeño pilar en el que se amarraban las bestias y, por su disposición, podían ser atadas varias. Dicho pilar tenía sendas argollas: cuatro en total, y de allí ataron la cuerda que sujetaba mis manos. En ese momento me fijé lo bien apretada que estaba y sentí la hinchazón y el dolor que se desprendía de mis muñecas. Como una bestia más, fui sujetado de una de las argollas, no sin antes asegurarse el soldado de que estaba bien amarrada.

Eran las cinco de la mañana de ese día. Para esta hora, yo llevaba cerca de treinta y dos horas sin dormir. La nuca y las sienes me estallaban de dolor, no solo por los golpes, sino porque mi cuerpo no se podía mantener en pie. El cerebro no lograba ordenar a mis rodillas que me mantuvieran erguido.

Volví a recuperar la conciencia cuando vi que cuatro soldados llevaban una ancha y gruesa mesa de madera y otros dos más los seguían, sosteniendo dos sillas cada uno. Otros dos soldados más traían una caja de metal con unas especies de varas de madera y algo así como plomo y hierro: eran los instrumentos de mi suplicio. A lo lejos, Poncio Pilatos se molestó en venir a ver lo que se preparaba y ordenó que midieran el castigo. Se lamentó de que esto sucediera porque, según él, la proporción del castigo sobrepasaba la culpa. “Somos fieles devotos de la justicia. La diosa ha de recompensarnos si nos mantenemos vigilantes de que se cumpla la pena y somos garantes de que se ejecute con el mayor celo”. Los soldados preguntaron por el castigo y solamente éste dijo: “denle cuarenta azotes”. Se marchó y como señal de rechazo, escupió en el piso detrás de una amarga expresión en la cara .

En este momento reconozco que los soldados ejecutaban una orden de su superior, pero se ensañaron en dicha ejecución, como queriendo demostrar la fuerza del imperio sobre un hombre totalmente desarmado. Parecía también que en mi veían la ocasión para descargar su furia contra el pueblo de Israel. Demostraban desprecio hacia los pueblos conquistados y no los consideraban más que a un esclavo o a un animal en muchos casos.

En el quinto azote, mis rodillas cedieron y cayeron con fuerza sobre las lozas irregulares, provocándome igual dolor que los azotes. Después vendrían todos los demás azotes aunque con posibilidad de que yo respirara. “Levántate rey para recibas tu trono… de latigazos, ja ja ja”, se reían entre ellos mientras parecían disfrutar de lo que hacían. Más allá logré oir un “Cállense. Limítense solo al castigo y dejen de estar vociferando cosas contra ese pobre hombre”. En una última ironía, ellos le contestaron al centurión, quien los había mandado a callar: “ ¿Pobre hombre? Es un rey de no sabemos dónde ni qué. Mientras más le demos, más rápido llegará a su reino”.

Un latigazo era más intenso que los otros por su fuerza y porque chocaban contra mi carne abierta por el golpe del anterior. Dolor intenso que quebranta mis huesos… “Padre mío que estás en los cielos… dame fuerzas en este momento especial. Fortaléceme con tu presencia. No me abandones.”

Mientras oraba, sentía en igual intensidad cómo se enterraban mis rodillas en las lozas y cómo se enterraban las varas y las cuerdas trenzadas con plomo que en contacto con mi piel, la hacían saltar a pedazos, regando con ellas y con sangre, todo a mi alrededor en un metro cuadrado. Cubría mi rostro con el único gesto que me permitía la cuerda que me tenía atado: agachar la cabeza mientras las cuerdas de los látigos halaban sin piedad mis cabellos.

Hombros, clavícula, espaldas, piernas… todo mi cuerpo lacerado. Después de un largo rato, sentía cómo mi piel solo respondía al escalofrío de mis huesos pero en mi espalda el dolor había desaparecido. Al parar los golpes, un soldado se acercó a mi para echarme un balde de agua en mi cuerpo. Mi debilidad permitió que hasta la fuerza del agua me tumbara hacia el lado izquierdo mientras mi sangre corría toda en dirección a la alcantarilla. Volvió a aparecer el gobernador: “!Basta ya! Han sobrepasado el castigo. ¿Quieren matarlo aquí mismo o es que no se fijan en la condición en que está? Ese hombre debe volver a las manos de los judíos. No ha sido sentenciado por nosotros. Yo mismo tomé conciencia de mi condición y una vez más me miré bañado en sangre. Sentía mis espaldas arder, al igual que mis piernas. Mi cara se había hinchado y también mis brazos. Me notaba desfigurado.

Un soldado vino hasta mi y cortó la cuerda. Justo en ese momento, sin fuerzas, caí estrepitosamente en el suelo de largo a largo y me arqueé porque el golpe sobre mis espaldas duplicó el dolor que sentía. Empujaron a dos sirvientes para que vinieran hasta mi y me pusieran en pie pero no pudieron. Me arrastraron hasta uno de los pasillos y de allí a una pequeña sala que también servía de tortura. Lograron colocarme en una silla. Desde allí vi como uno de los soldados traía una larga rama de zarzas, llenas de espinas. Él, junto con otro, fueron trenzando la corona con espinas, ayudados de un paño y las destrezas de sus dedos. Me la pusieron en la cabeza.

Al principio sólo la colocaron en mi cabeza y en una gesto de rabia e ironía, se echaron para atrás: “te queda estupenda gran rey”; “luces muy elegante”, e inmediatamente uno de ellos delante de mi, tomó el trapo que cargaba el otro, lo dobló unas cuantas veces y lo puso encima de la corona. El peso de la tela me hizo gritar de dolor, pues sentí cómo las espinas hacían su trabajo sobre mi piel. El soldado afincó la corona para incrustarla más y más en mi cabeza, mientras yo me retorcía de dolor y daba gritos fuertes. Chorros de sangre caliente escurrían por mi cara. Algunos hilos de mi sangre fueron a parar a mis ojos. Apreté los dientes y aguanté el trépano de cada una de las espinas. ¡Punzantes!, ¡hirientes!

“Padre…así es el dolor del mundo, de cada madre que ve morir a sus hijos; de aquellas que les son arrebatados sus hijos; el dolor de aquellos que mueren a manos de la falsa justicia. Padre. ¡Padre! Estás aquí bañado en sangre junto a mi. ¡Padre! Perdona tantas ofensas y tanto odio. No se los tomes en cuenta. Riega con nuestra sangre las esperanzas de muchos hombres y mujeres que aún apuestan por un mundo mejor; por una infancia con mañana, por un proyecto de hermanos. ¡Padre! ¡Padre!” Mis lágrimas caían abundantes, uniéndose en mis mejillas con la sangre que formaba gruesas gotas.

El otro soldado había ido a buscar una capa gruesa púrpura. Me la echaron sobre los hombros, no sin antes quedarse enganchada de las espinas, provocando una vez más en mi dolor. Era una capa de color rojo púrpura, larga. Se acercaron a mi, y me decían: "¡Viva el rey de los judíos!" Y me golpeaban en la cara. Era un juego, mezcla de la bajeza humana y la burla de la humanidad.

Después de las tantas burlas que hicieron, el centurión me mandó llevar hacia donde estaba Pilatos. Éste volvió a salir y les dijo a los judíos que aún estaban presentes y esperándome: "Miren, se lo traigo de nuevo fuera; sepan que no encuentro ningún delito en él." Los sacerdotes que allí estaban iniciaron risas en mi contra y se dirigieron a Pilatos: “Ya vemos que no encontraste culpa en él y sin embargo, mira cómo lo has dejado: despreciable, desfigurado, sin rostro. Ustedes los romanos si saben divertirse a costa nuestra”.

Pilatos enfureció y a una orden, cuatro escuadras de soldados salieron al frente y adoptaron posición de batalla con las espadas en mano. De repente se hizo un silencio sepulcral pues los judíos presintieron una masacre. Algunos sacerdotes empezaron a hacer señas con las manos de que todos mantuvieran la calma. Pilatos estaba furioso con ellos. El silencio se prolongó por varios minutos. A lo lejos se vio a su mujer caminando hacia él con la intención de calmarlo. Le dirigió unas palabras en latin y él, echando los hombros atrás, intentó relajarse mientras daba otra señal, para lo cual, los soldados envainaron las espadas. Ella se retiró del lugar donde estábamos. Pasó por mi lado y en hebreo me dijo: “Se que perdonarás a mi esposo y a mi”.

Terminaron de sacarme. Llevaba la corona de espinos y el manto rojo y toda la túnica ensangrentada. Pilato les dijo: "Aquí está el hombre; el hombre que ustedes condenaron." Al verme, los jefes de los sacerdotes y los guardias del Templo le comenzaron a gritar: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!" Pilato contestó: "Pues, tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro motivo para condenarlo." Una orden más de Pilatos hizo que yo fuera a parar encadenado y con ataduras a manos de los sumos sacerdotes para ejecutar la sentencia de muerte.

CAPÍTULO LXI. EL MIEDO DE PILATOS. Del 14 de Marzo al 20 de Marzo de 2010

El presente capítulo te lo dedico, especialmente para que veas el contraste entre el temor de Dios y el poder de los hombres, detrás de las armas y un contingente de hombres. Con ésto te quiero decir que hay razones del corazón que siempre dejan dudas acerca de la presencia de Dios y sus manifestaciones y la capacidad arrogante de verse manipulado y a la vez, acorralado por el poder, cuando el clamor de las gentes parte desde su rabia y, cuando en realidad, no se es el origen del mismo poder.

Este es el caso de un señor llamado Poncio Pilatos. El beneficio de la duda, su poder y autoridad y la evidente capacidad de descubrir la mentira en los judíos y el sanedrín chocaban justo en su corazón y más allá de la decisión jurídica que debía hacer. De seguro que no durmió después de estos hechos y sobre todo, porque su condenación estuvo en que no fue capaz de velar por los derechos del inocente. Presta atención a ver si a ti te parece lo mismo.

Me llevaron de la casa de Caifás, sumo sacerdote, al tribunal del gobernador romano, es decir, Poncio Pilatos.

Los judíos no entraron para no quedar impuros, pues ése era un lugar pagano, y querían participar en la comida de la Pascua.

Entrar en esa casa ya tornaba impuro a cualquiera y lo imposibilita para ofrendas debidas en estos días en que la ciudad bullía por las fiestas religiosas de Pascua. Poncio Pilatos de seguro ya estaba enterado de todo este proceso que muchos llamaron delictivo, pero en realidad tenía mucho de proceso religioso y judicial civil; de hecho, piquetes de soldados estaban repartidos a lo largo del amurallado jerosolimitano y más, en el sanedrín, así que el resto de las tropas estaban acuarteladas en los recintos romanos destinados al gobernador y las opresoras tropas romanas. Como buen soldado y político romano, el gobernador dejó que los judíos siguieran peleando a las afueras de sus aposentos como esperando alguna reacción oportuna para imponer el orden. Se quejaba con los soldados que hacían de guardia pretoriana, de lo bárbaros que eran los judíos y los maldecía porque siempre redundaban los problemas hacia lo religioso. Decía que ese Dios Yahvé se parecía más al dios de la guerra Marte que un Dios conciliador y vengador.

Entonces Pilatos salió al atrio del palacio destinado para él. Allí estaban ellos, dando gritos confusos y les dijo: " Cállense ya de una buena vez y díganme ¿qué pasa? ¿De qué acusan a este hombre?" Le contestaron: "Si éste no fuera un malhechor, no lo habríamos traído ante ti."

¿Malhechor? ¿No bastaba que le dieran una paliza como suelen hacerlo ustedes en las calles cuando ejecutan su justicia en secreto? Se quedaron callados y le respondieron ¿cómo dices eso de nosotros? Pilatos les replicó: ¡sí, sí! Ya me van a negar que ustedes no se toman la justicia por su cuenta. Ustedes mismos tienen dentro de sus libros un pasaje en el que a ese Moshé en Egipto, mató a otro hombre simplemente por oprimir uno al otro. Volvieron a hacer silencio aunque uno de los sacerdotes gritó: “No eres quién para citar nuestras escrituras pero recurrimos a ti porque tú haz de hacer justicia en este problema. ¡Júzgalo y te dejaremos tranquilos”. Pilatos les dijo con más fuerza: "Tómenlo ustedes y júzguenlo según su ley." Yo permanecía callado porque estaba cansado de las últimas horas y porque estaba realmente aturdido con tantos gritos y golpes recibidos; sin embargo, pude apreciar a Poncio Pilatos que tenía los ojos clavados en mi.

Los judíos le contestaron: "Nosotros no tenemos la facultad para aplicar la pena de muerte." Al oir pena de muerte, Pilatos reaccionó de otra manera y se dio cuenta que la cosa era en serio y no merecía simplemente unos azotes.

“ ¿Pena de muerte? ¿Quiere decir que ustedes ya tienen una condena sin un juicio justo para este hombre? Si ya están hablando de muerte y tienen la decisión ¿Por qué no la ejecutan? ¿A qué temen? Presentí mucho dolor en mi cuerpo, mucho antes de recibir los golpes: eran las palabras de rechazo que entraban en mis oídos como lanzas punzantes. No sólo gritaban sino que me empujaban y golpeaban. Tenía mis ropas un poco desgarradas y sueltas en los hombros; sentía los tobillos de mis pies y las muñecas de mis manos bastante hinchadas; de igual forma la boca y el ojo derecho un poco cerrado por los golpes.

Pilatos entró en su palacio, y por los empujones que me daban para que subiera las escaleras comprendí que me había mandado llamar y, estando ya en su presencia me habló: “Jeshua es tu nombre ¿verdad? Jeshua de Nazareth?” “Sí”, le dije. “¿Por qué siendo de un pueblo relativamente pacífico, viniste aquí a morir? Has caído en manos de esos lobos que conoces bien. Los has estado fastidiando y para estas horas la gente se ha olvidado de ti y tus milagros y ahora forman parte de tus verdugos y quieren tu pellejo. ¿En dónde erraste, eh? Contéstame.

¡No lo hice!. Prosiguió: “He seguido tus pasos, Jeshua, a lo largo de tres años. Han sido duros para mi; no te creas que tus actos no han tenido que ver conmigo. Te he estado monitoreando y sobre todo porque los informes de mis soldados hablan de las idas y venidas del tal Judas para rendirle cuentas a esos dos zorros que se hacen llamar sumos sacerdotes. Los conoces ¿verdad? ¿A Anás y Caifás?” Alcé la mirada y asentí con mi cabeza, diciendo que los conocía.

“Jeshua” me dijo, “tienes un historial limpio; inclusive has servido para nosotros después que tu padre murió, tallando los troncos para las cruces que sirven de patíbulo para tu pueblo”. Muchos te quieren y como del cielo a la tierra, has caído en desgracia delante de estos hombres que en realidad sí son desgraciados. Te preguntó ahora algo de lo que parecen acusarte, o por lo menos es el motivo de la condenación que quieren hacerte: "¿Eres tú el Rey de los judíos?"

Le contesté con una pregunta: "¿Viene de ti esta pregunta o repites lo que te han dicho otros de mí?" Se río durante un buen rato y la última parte sonaba a ironía. “Repetir cosas de otros no es mi fuerte y mucho menos mi error. Mira este anillo Jeshua: es señal de poder y basta con pronunciar, no repetir, consigo lo que quiero y decido sobre vida y muerte de muchos. Tengo a la muerte bajo mi control, lo mismo que la vida y me parece que ahora estás en esta encrucijada. Te hago la pregunta porque te he dicho precisamente que sobre eso te quieren condenar. En realidad no me interesa si eres rey o no; de todas maneras yo obedezco al emperador, cuyo poder brota de las entrañas mismas de Roma, no de Judea y menos de un templo. Además, ¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los jefes de los sacerdotes te han entregado a mí y por deshacerme de ellos y de ti, pretendo tener ciertas nociones para salir de este enrollo. Se que no has hecho nada, pero dímelo tú ahora y aquí: ¿qué has hecho? ¿En qué líos te has metido? Fíjate que no creo que ni siquiera la aberración que hiciste en el templo de expulsar a los mercaderes tenga que ver con eso. Esto te lo perdonaron pero hay algo más. Dime ya. ¿Qué has hecho?"

Alcancé a oir a los soldados hablar en su lengua latina y en cierto modo expresaban que este diálogo rayaba en discursos filosóficos recientes en la misma Roma. Mirándolos a todos, que en realidad eran una docena recostados a la pared, en posición de descanso, le contesté a Poncio Pilatos:

"Mi realeza no procede de este mundo. Si fuera rey como los de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reinado no es de acá."

Pilatos me preguntó: "Entonces, ¿tú eres rey?" y volvió a repetir con ironía: “¿eres rey?” Y a continuación, una carcajada. “¿Rey de qué amigo Jeshua? No veo en torno a ti ningún soldado; ningún guarda espaldas; ni siquiera en el huerto. Dijeron que fue más fácil que engañar a un pequeño cordero con granos de trigo. Pero ¿te das cuenta de que ésto es un juego, Jeshua? Que no tienes armas, ni hombres, ni infantería, ni caballería. Por lo menos me alegra saber que has dicho que lucharían contra los judíos porque muchos imperios y pueblos han caído en manos de Roma y soy yo quien tiene tu vida en las manos, así que no tienes nada, ¡NADA! ¿Entiendes? ¡Nada! Entonces. ¿Tú eres rey?”.

Respondí: "Tú lo has dicho Pilatos: yo soy Rey. No se di entenderás mis palabras o te suenan sin sentido, pero Yo doy testimonio de la verdad, y para ésto he nacido y he venido al mundo. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz." Pilatos se quedó mudo, como queriendo oir más de “esta verdad” y continué: “Mi Reino dista mucho de tus armas y tus hombres porque son perfectos cumplidores de tus órdenes que por cierto, las haces a tus antojos”. En eso, un soldado se me vino encima queriendo golpearme pero Pilatos alzó su brazo derecho dándole la orden de parar. “Esa es la mejor prueba de lo que te digo. Pero si el hombre entendiera, si realmente el mundo comprendiera la voz de mi Padre y si realmente actuara en consecuencia, las cosas serían distintas sabes porque la verdad radica en el justo obrar. No se puede tener un carácter a medias; no se puede tener una personalidad tan débil para seguir a los “amos” de este mundo. Quien escucha mi voz, reconoce que las cosas marchan por otros caminos y que el mundo se asemeja más a Dios, su creador y Padre que a las estatuas de mármol de tu pueblo, donde se exalta la locura, el delirio de grandeza y por dentro está plagado es de falta de corazón y deseos de división.

Pilatos, llevándose la mano al mentón y en tono pensativo me dijo: "¿Y qué es la verdad, Jeshua?" ¡No entiendo tu verdad!

Dicho ésto, salió de nuevo donde estaban los judíos y les dijo: "Óiganme ustedes judíos hijos de la infamia y de la muerte; yo no encuentro ningún motivo para condenar a este hombre. ¡Están equivocados en su proceder! Sigo sin entender cómo hasta hace pocas horas lo declaran como profeta y ahora quieren su cabeza. No entiendo cómo un hombre deba ser condenado por querer la dignidad de su pueblo y por restaurar las cosas de su Dios Yahvé. ¿Qué pretenden? ¿Hacerlo poner en contra de Roma o quieren su cabeza por subvertir su orden establecido?. No me interesa que me contesten y no quiero saber más de esto aunque les repito, no encuentro ningún motivo para condenar a este hombre.

Aquí es costumbre que en su Pascua yo les devuelva a un prisionero.

En ese momento, a la señal de Pilatos, apareció Barrabás, conocido por todo el pueblo de Jerusalén. Tenía una edad de cuarenta y dos años más o menos; te buena corporeidad aunque panzón; pero se destacaba muy bien por su capacidad de robar y hurtar cosas. Solo los robos eran noticias días después, pero ya sus técnicas lo delataban. Una de sus anécdotas famosas fue desarmar a tres soldados romanos mientras hacían la guardia. No se explican cómo lo hizo y además, se burló de ellos en una persecución en la que rodaron por uno de los callejones cuando el mismo Barrabás había colocado de antemano mecates para cortarles el camino. Desde aquél día Barrabás no era amigo de los romanos y donde quiera que podían agarrarlo, le daban palizas de golpes y unos cuantos azotes.

Se dirigió a la turba de gente, mientras a mi me tenía junto a una columna, custodiado por dos soldados cuyas caras mostraban miedo y cautela ante lo que pudiera suceder: “¿Quieren ustedes que ponga en libertad al Rey de los Judíos, Jeshua de Nazareth o a Barrabás, príncipe de los ladrones y rateros?" Un murmullo creciente se tornó en el nombre de este último, instigado por los sacerdotes. Ellos empezaron a gritar: "¡A ése no! Suelta a Barrabás. Suelta a Barrabás " Pilatos dio la orden de soltarlo y éste en gesto de gratitud intentó dirigirse hacia donde estaba él pero seis soldados hicieron una muralla con sus escudos y como un solo hombre, los movieron de tal forma que Barrabás cayó en retroceso a más de dos metros de distancia. Esto fue motivo de risa para muchos. Barrabás se levantó del piso, se limpió y a empujones se abrió camino buscando las afueras de la ciudad.

Quedé en las manos de los soldados quienes no sabían qué hacer. Estuvieron esperando las órdenes de Pilatos que no se decidía a nada, pues había caído en un estado de shock, viendo a los judíos en el patio riendo como si nada pasara. En su rostro se veía lástima y asco de ellos por esto que sucedía y como en cámara lenta, me miraba buscando en mi la respuesta de lo que debía hacer. Bajé la cabeza y cerré los ojos y desde ese instante, con uno de tantos empujones más, comencé e vivir los momentos de mi Sí a Dios mi Padre.

CAPÍTULO LX. PRESO ¿POR QUÉ?. Del 07 de Marzo al 13 de Marzo de 2010

¿Alguna vez has estado preso? ¿Te has preguntado qué sucede dentro del alma de un recluso, de un preso? ¡Es dura la expresión estar privado de libertad!

Esa fue mi condición cuando terminé de orar en el huerto de Getsemaní porque me apresaron y pregunté ¿por qué? ¿Cuáles eran los motivos de estos hombres para apresarme?

Mi identificación con los presos tiene sentido en lo absurdo del mundo: la humanidad genera la violencia e impulsa a la injusticia y muchos, intentan salvarse este absurdo luchando desde la misma violencia para equilibrar fuerzas que en realidad no cederán. En mi caso, la lucha ha sido desde los valores de mi Padre contra el “status aplastador” y compruebo que he conseguido un mayor ensañamiento contra mi y lo que Dios Padre representa para el mundo.

Te invito a que leas ésto que reflexiono. Quiero que te ubiques también en esta situación. De hecho conseguirás que el ansia de poder y de maldad destruyen todo intento de rehacer un mundo desde los cimientos divinos.

Esto sucedió inmediatamente terminé de orar. Estaba aún hablando cuando se presentó Judas, uno de los Doce. Se aclararon aquellas preguntas que tenían todos acerca de Judas y dónde estaba. Lo acompañaba un buen grupo de gente con espadas y palos, enviados por los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los jefes judíos.

Mateo enfureció en ese momento y gritó a Judas: “Ven acá Judas. ¿Qué haces? ¿Por qué estás al lado de esa gente y de esos guardias de Herodes? ¿Qué está pasando Judas?” Éste no pareció oírle y siguió su camino en dirección a mi persona. Sudaba notablemente y esto se apreciaba claramente a la luz de la luna. Los discípulos que estaban un poco alejados de mi, hicieron semi-círculo detrás de mi, esperando la siguiente reacción por parte de dicho grupo de gente.

Judas les gritó: “apártense de aquí que el problema no es con ustedes. Jeshua tiene que ser apresado porque ya ha causado muchos problemas”. “¿Problemas? ¿Qué problemas Judas? Le preguntó Juan. ¿Estás loco? ¿Te has vuelto loco? ¿Poner al maestro preso? Y sobre todo ¿Tú? Supongo que te habrás convertido en juez y en verdugo en este mismo momento. ¡Vuelve en ti Judas! ¡Reacciona!

“Cállate mocoso”, respondió Judas. “ ¿Creías que este maestrucho iba a ser el salvador de nuestras vidas y que con él se instauraría el Reino? ¡Basura! ¡Ya basta de tanta farsa! ¡Estoy cansado de tantos milagros! Lo único que han hecho es perpetuar de nuevo a los pobres y ha ocasionado falsas expectativas en la gente al tratar de calmar el hambre con sus multiplicaciones de pan… cuando él muera, nuestro pueblo volverá a la misma miseria.

Estos gritos que salían de Judas dejaron en silencio a todos los que hasta ese momento eran sus amigos. Eran gritos desgarradores, producto de una frustración personal, basada en una fe ilusa. Judas ya había planificado todo: Él, convertido en traidor, les había dado a esa gente, esta señal: "Al que yo dé un beso, ¡ése es!; deténganlo y llévenlo bien custodiado."

Antes de que Judas hiciera su “papel” definitivo, la turba de gente me rodeó y me preguntaron: “ ¿Eres Jeshua de Nazareth?” . Les dije: “Sí, soy yo”. Ellos retrocedieron como quien oye una voz potente que inspiraba miedo. Volvieron a la carga y algunos sacerdotes allí presentes me volvieron a preguntar: “ ¿Eres realmente Jeshua de Nazareth” y una vez más les contesté: “Sí, ustedes lo han dicho. Yo soy”. Volvieron a retroceder porque a pesar de que estaban resueltos a ejecutar la orden de aprensión, no se atrevían del todo y no había ninguno que hiciera el primer gesto de sujetarme.

Judas, se acercó mucho más a mi y, obviando las reacciones de los discípulos, me dijo: "¡Rabbí!" Y me besó.

El traidor, era más bajo que yo y tuvo que alzarse en puntillas para poder besarme. Yo dejé que lo hiciera. Había sido un acto duro, descarado, porque el beso es señal de amor y entrega, pero en Judas todo acto de amor se convirtió en lo más amargo de su persona y muestra de toda la convulsión que había en su interior, quiero decir que no sabía distinguir entre amor y odio, entre adhesión y traición.

Apenas se retiró a una buena distancia Judas, ellos entonces me tomaron preso. Fue duro ese momento para mi: me empujaron y golpearon la cabeza no sé con qué. Quedé un poco aturdido. Me giraron bruscamente que casi pierdo el equilibrio solo para atar mis manos. Me llevaron arrestado y a empujones. En ese momento y en fracciones de segundos, Pedro sacó la espada e hirió a Malco, el servidor del Sumo Sacerdote, cortándole una oreja.

Si bien no me asusté cuando me golpearon y me ataron las muñecas fuertemente, sí sentí miedo por Pedro. Pensé que lo matarían pero lo salvó el hecho de que todos estaban enfocados en mi. ¡No se realmente de dónde sacó Pedro esa arma! Se cruzó en mi mente el reproche de qué era lo que había construido en ellos y qué tipo de gente había escogido: ¿Era gente violenta preparada para la violencia?. Allí me entristecí, porque lo más claro en la mente era que Judas había sido el más consecuente con su forma de pensar, mientras que los otros habían postergado su violencia y sus inconformidades ante el poder.

Ante los gritos de Malco tocándose la cabeza, en el lugar donde había perdido la oreja – la derecha -, pedí a la gente que me soltara para poder sanarlo. Uno de ellos, nervioso, intentó desatarme pero no pudo y tomó un puñal para cortar las cuerdas. Al hacerlo, se dio cuenta que había sido maltratado y sangraba. Me acerqué a Malco, recogí la oreja mientras él veía con horror cómo estaba ensangrentada, al igual que su cabeza y, llevándola a su sitio, oré a mi Padre pidiendo sanación. Él inclinó su cabeza hacia mi mano, ladeándola y disminuyeron sus gritos de dolor. A la vez, con la mano derecha me sujetó la muñeca de mi mano izquierda, provocándome dolor. Fue como una transmisión de dolores en el que yo asumía el suyo. Me fue levantando hasta erguirnos totalmente y suavemente esta vez, me sujetó la muñeca de la mano derecha. Me besó las manos.

Alguien me empujó y de nuevo sentí cómo esta vez, eran cadenas las que me sujetaban. Además, alguien hizo un lazo y lo llevó a mi cuello para dominar más aún mis movimientos.

Antes de llevarme a la fuerza, dije a la gente: "A lo mejor buscaban a un ladrón y por eso han salido a detenerme con espadas y palos.” Ellos se vieron unos a otros pero, precisamente porque solo ejecutaban órdenes, no sabían qué responder. La respuesta simplemente fue una bofetada que me sacó un hilo de sangre de la boca. Aún así les volví a preguntar: “¿Por qué no me detuvieron cuando día tras día estaba entre ustedes enseñando en el Templo? Pero tiene que cumplirse las Escrituras."

Alguno de ellos, en voz ronca para no ser conocido me contestó: “eres un títere del pueblo. Tú trabajo ha llegado a su final. Has curado y has levantado muchas esperanzas entre el pueblo pero nada cambiará. Todo aquel que se piensa Mesías, debe morir en bien del pueblo. Tu gloria será que te ejecuten en poco tiempo y se acabe esta bella historia de compasión”. Otro empujón hizo que avanzáramos en dirección a la ciudad.

En ese transcurso, todos los que estaban conmigo me abandonaron y huyeron. Nada más cierto que las Escrituras. Me han herido y se han dispersado mis ovejas. Han huido porque es mucho el compromiso de cargar este miedo que también llevo dentro de mis huesos. El último en partir fue Juan. Estaba envuelto sólo en una sábana, y ya sabes por qué ¿verdad? Para el momento en que me apresaron, ellos estaban durmiendo. Intentaron ponerlo preso, pero él, soltando la sábana, huyó.

Después de un duró caminar que se hizo interminable, me llevaron ante el Sumo Sacerdote. Todos se reunieron allí. Parece que esa noche, la ciudad no dormía y estaba paralizada por esto que habían hecho contra mi.

Allí, estaban los jefes de los sacerdotes, las autoridades judías y los maestros de la Ley: ¡El poder religioso en pleno! Sentí que mi boca estaba abultada y tomé conciencia del golpe recibido allá en el monte. Aún me dolía en la comisura derecha de la boca.

¡El sumo sacerdote! Era interesante saber que nuestro pueblo, a pesar de ser teocrático desde su fundación, bien pronto fue encasillado en esa estructura sacerdotal que “encerraba” al mismo Dios en normas, leyes y estatutos y al tenerlo controlado, también se controlaba al pueblo. Inmediatamente me acuerdo de la tribu de Leví destinada para el servicio del templo y las cosas de Dios; ahora todo se volvió en servicio de ellos y Dios debía servirle para sus propósitos. Así que con este primer poder topé. Seguía sin saber por qué me habían apresado aunque soy consciente de que en todo tiempo he tocado sus intereses vitales.

Pedro me había seguido de lejos hasta el patio interior del Sumo Sacerdote, y se sentó con los policías del Templo, para calentarse al fuego. Se le veía muy preocupado y nervioso. Representa a la humanidad cobarde que se envalentona ante los problemas pero en realidad no sabe cómo manejarlos y sucumbe rápidamente ante las propias decisiones que hay que tomar y todo precisamente porque las cuentas dan más pérdidas que ganancias.

Esos jefes de los sacerdotes y todo el Consejo Supremo buscaban algún testimonio que permitiera condenarme a muerte, pero no lo encontraban. ¿Cuál y cómo debía ser ese testimonio si el mismo Judas me acusaba de ser un simple milagrero y multiplicador de panes? En su forma de pensar ¡Ni para eso servía!; Varios se presentaron con falsas acusaciones contra mi, pero no estaban de acuerdo ni ellos mismos en lo que decían.

De igual forma me volvió a venir a la mente el libro de Daniel en sus acusaciones contra Susana; acusaciones contradictorias que pretendían dañar al justo hasta que la verdad se tornó contra ellos. Algunos lanzaron esta acusación contra mi:

"Nosotros le hemos oído decir: Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días construiré otro no hecho por hombres." Pero tampoco con estos testimonios estaban de acuerdo y precisamente porque mis palabras no iban en ese sentido ni fueron las que yo pronuncié. Entonces el Sumo Sacerdote se levantó, pasó delante de mi y me preguntó: "¿No tienes nada que responder? ¿Qué es este asunto de que te acusan?" Pero yo guardaba silencio y no contestaba. No eran acusaciones consistentes y además, para qué responder a algo que en realidad no era motivo de acusación.

A continuación, el motivo de la acusación tomó otro motivo y fundamento porque golpeaba a algo que es fundamental en la fe judía y que hasta ese momento no se comprendía. De nuevo el Sumo Sacerdote me preguntó: "¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios Bendito?". Y respondí: "Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios Todopoderoso, viniendo en medio de las nubes del cielo."

El Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras horrorizado y gritando dijo: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Han oido las blasfemias. Se ha declarado Hijo de Dios y además Mesías ¿Qué les parece? Todos juzgaron que era reo de muerte.

Declararse Hijo de Dios en este mundo era ir en dos direcciones: en primer lugar, destruir la concepción monoteísta del pueblo y la misma manifestación de Dios como uno y en segundo lugar, tratar de dividir la sustancia de mi Padre en dos, no sabiendo a la final, en cuál de los dos se puede encontrar la misma divinidad y lo peor de todos, para ellos se planteaba la competencia de la creación y del mismo hombre desde un Dios dividido y con necesidad de ambos para ejercer el poder generador. ¡Mentes embotadas que degeneran todo y son dueños de todo lo inteligible sin saber que el mismo Padre es generador, origen y fin de todo pensamiento! En mis pensamientos dirigí palabras a mi Padre Yahvé para perdonar lo que desde siempre él ha intentado mostrar al hombre y ellos no han entendido: ¡Eres Padre y lo serás! ¡Eres Padre y creador! ¡Gracias Padre por estar en mi y yo en ti!...estando en este tono de oración y silencio, recibí otra bofetada acompañada de una palabra: “!blasfemo!”. Y de la misma comisura derecha de mi boca volvió a brotar otro hilo de sangre que después me hizo escupir más sangre. Alcé los ojos para mirar al hombre que me había golpeado. Le sonreí mientras mis labios me temblaban.

Algunos se pusieron a escupirme, me cubrían la cara y me daban bofetadas, mientras me decían: ¿adivina quién te ha pegado? y los criados le recibieron a golpes.

Mientras los golpes caían sobre mi, cerré los ojos para silenciar los sonidos de los mismo en mi cuerpo. Mis pensamientos se dirigían en ese momento a mi Padre:

“¡Callar Padre! Ahora el mundo estaba totalmente invertido. Ahora la humanidad castigaba a Dios y no le permitía expresar su verdad. Ahora la verdad debía ser callada porque ya había sido expresada anteriormente y aunque estuviera mal comprendida, no necesitaba de otro intérprete para aclararla. Pero… ¡si tan solo te hubieran oído claramente desde el principio, Padre! No hubiera tan injusticia y el desorden no habría entrado en el mundo como pecado.

¡Perdona Padre desde lo hondo de la miseria del mundo a los que han tomado el poder por la fuerza; a aquellos que siendo tus servidores se hacen dueños y señores de la verdad; perdona a aquellos que no soportan un mundo de alegría, de solidaridad, de verdad, de comprensión. Perdona a aquellos que mueren diariamente de forma inocente porque otros pronuncian sentencias que suenan a verdad cuando en el fondo están podridas de corrupción verbal y mental”.

CAPÍTULO LIX. CAMINO DEL HUERTO. Del 28 de Febrero al 06 de Marzo de 2010

En este capítulo quiero contarte cosas que quizá te imaginas pero que llenaron aquella subida y la estancia en el huerto de los olivos. ¿Por qué allí? Por varios motivos: en primer lugar porque era un lugar solitario y fresco. Es un recuerdo muy grato para mi, porque aún conservo en mi pecho el recuerdo de la brisa golpear los olivos y hacer un ruido de susurro y lenguaje que permite reencontrarse con el alma y su creador. En segundo lugar, porque la soledad permite que las buenas intenciones fluyan y los malos pensamientos y recuerdos se desaparezcan como fantasmas huyendo de la conciencia y en tercer lugar porque el lugar se confabula con la noche para apreciar el grito de Jerusalén, su violencia, su dolor y todo ello se precipita hacia el cielo clamando justicia. Esa noche, esa oscuridad, ese silencio son mis testigos para poner toda mi existencia en las manos de mi Padre, hoy, precisamente hoy en que el poder del mal me ha de golpear.

¿Te animas a descubrir lo sucedido? Solo lee y te enterarás.

El camino al huerto de los olivos obligaba a salir de la ciudad, pues estábamos en la zona sur – oeste de la misma. En total que entre alcanzar las murallas de la ciudad y dirigirnos al monte de los olivos, nos gastábamos cerca de veinticinco minutos mientras nos sumíamos en los salmos e himnos que nos hacían parar de vez en cuando, mientras se alternaban mis discípulos para dirigir y entonarlos, intentando de igual forma, hacer varias voces. Realmente en ese momento le ponían bastante empeño en cantar y rimar.

Aprecia cómo a esta hora ya hemos subido al huerto de Getsemaní. Aún no llega la media noche…conversan los discípulos muy entretenidos…desde allí miran la ciudad de Jerusalén. Hay ruidos a lo lejos. A pesar de su angustia, trato de distraer a los apóstoles. ¿Lo ves?

Algunos hablan aún de Judas. Se ha ido hace ya más de una hora y no regresa ¿qué pasa?. Otros hablan de las muchas personas que han venido a la ciudad. Yahvé es grande, dicen; sus maravillas se notan por todos lados.

Comentan el poder y el brazo extendido de Yahvé en Egipto. Yo callo, observo. Mi rostro se pone de piedra pero inmediatamente cambia para no perturbar a los discípulos. Es la segunda vez que lo hago. Juan se acerca a mi.

Antes… antes, Juan ha hecho un gesto a Santiago y éste ha mirado a Pedro. Se ha hecho un silencio. Todos me miran. Los salmos se han tornado vacíos. Las palabras no salen. Inmediatamente han recordado el bello gesto del lavatorio. Sienten una sensación extraña. Un escalofrío. Parecía que sus labios dirigían palabras en tono de oración a mi: Oh Jeshua, Señor, que tocas la piel, hazla temblar en tu presencia. Haz que se estremezca con tu aliento; haznos sentir la fuerza de tu caricia, el poder de tu mano sanadora…

Tomo la Palabra. Todos me miran. Se nota angustia pero más es la angustia en los discípulos porque no saben lo que siente su maestro. Es difícil saber qué siento. De repente se aclara todo. Hablo del amor, la caridad, tantas veces golpeada, manipulada, vejada. “No sean como el mundo, que sigue el camino contrario de Dios, mi Padre. Miren a las aves, los gusanos, todo lo que respira bondad, ternura. Allí están los gestos de mi Padre. Pueden palpar más amor que el odio del mundo. Todos ustedes no están exentos de la maldad pero han sido escogidos para ser testigos del amor. Amen como yo los he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”.

Pero, pero Señor… dice Tomás. ¿Cómo amar cuando todo es un desastre? ¿Cómo mirar al otro con amor cuando todo es odio, competencia, deseo de venganza? ¿Cómo no dejarnos llevar por el mundo que nos puede?

“Tomás, hermano, puede el mundo más que tú pero no más que el que lo creó. Mi Padre es creador de lo bueno, de lo bello, de lo verdadero. Busca en tu corazón. Busquen en sus corazones. Sacarán en abundancia de la bondad de aquél que todo lo puede. Tomás, en donde crees que está el poder, realmente no es poder sino vacío de amor. El mundo odia porque teme ser auténtico y porque pretende poseer al otro. Cuando no se aprende a amar, se destruye al otro y se le somete. Ustedes no sean así”.

Cierto maestro, dice Judas Tadeo, pero ya ves que desde que estamos aquí han intentado matarte; te odian. No reconocen ni lo bueno que has hecho con ellos.

Lo miro dulcemente. “Judas, amigo. ¿De qué valen los conocimientos? No los busquen. Vayan tras la gloria del bien que no se note. Hagan el bien y sólo regocíjense en Abbá, mi Padre.”

Haciendo un momento de silencio les dije unas palabras que sonaron para ellos más desconcertantes pero que iban en la misma dirección de las que les había dicho antes: "Todos ustedes caerán esta noche, pues dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero cuando resucite, iré delante de ustedes a Galilea". Entonces Pedro, me dijo: "Aunque todos tropiecen y caigan, yo no." Le contesté: "En verdad te digo que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante por segunda vez, me habrás negado tres veces." Pero Pedro me insistía: "Aunque tenga que morir contigo, no te negaré, Señor." Todos se unieron al pensar de Pedro y decían lo mismo.

“Pedro y todos ustedes. El momento está cerca y les hablo del odio del mundo porque hasta el final de los tiempos muchos los odiarán y muchos intentarán deshacerse de ustedes como lo hacen conmigo. Sabes que a pesar de tu carácter, eres débil en tu proceder y en tus convicciones y necesito que sucedan cosas para que pongas en prueba tus convicciones. No lo haré yo sino tu capacidad de fe, de confianza.

De igual forma todos ustedes serán probados en su confianza. Sentirán cuánto vale esto que hemos vivido juntos y estarán en crisis cuando llegue el momento, pero el Espíritu de la Verdad los sostendrá por sobre todo, así que anímense y velen para que esa fuerza del interior no se apague ni en este momento ni más adelante.

Se miraron una vez más, aunque la oscuridad reinaba, y decidieron hacer un alto en toda esta conversación como queriendo hacerse los fuertes.

Todos callaron y llenándose de alegría, me invitaron a alabar a mi Padre con salmos y cánticos…

Aunque yo sentía angustia, no había llegado mi hora. Terminados los salmos, les hablo esta vez de la amistad. Primero pregunto a Felipe si eran amigos. Éste se cortó y no sabía qué decir. No había pensado nunca si eran amigos o no. Contestó torpemente que sí eran amigos, porque yo los había reunido. En medio de una tenue luz de una fogata, me sonreí pensando que quizá había perdido el tiempo, sin embargo, seguí diciendo…

“Ya les he hablado del amor. Romper todo obstáculo es necesario para llegar al otro, pero cuando me vaya, sentirán, Felipe, que ya no seré yo quien los una. Son ustedes quienes se deben animar hasta la muerte. Ser testigos de algo nuevo y distinto que ha nacido en ustedes. Sientan mi llama en el corazón. Sientan que la elección sobre ustedes viene de lo alto. Que ya no son un grupo desconocido sino hermanos por la elección y el amor que les tengo. Ámense con amor entrañable. Que el mundo sienta esa intensidad. En eso serán distintos; en eso sentirán que el mundo cobra sentido. Mi Padre restaura ahora todo cuanto creó. El mundo no tiene poder. La muerte y el demonio están a punto de ser vencidos…

Otro silencio profundo. El demonio no había hecho presencia en mi vida de forma directa, desde aquella vez que me encontró en el desierto. Después, de forma indirecta, se manifestó en sordos, mudos, endemoniados. No era fácil lidiar con él porque ya estaba cerca. Tendría que enfrentarlo en dos campos: el primero, intentando recuperar a Judas Iscariote; el segundo, su presencia inminente en este huerto. El demonio intentaría quebrarme la voluntad negando al Padre…

Llegamos a un lugar llamado Getsemaní, y dije a mis discípulos: "Siéntense aquí mientras voy a orar."

Y llevé conmigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Comencé a llenarme de temor y angustia, y les dije: "Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense aquí y permanezcan despiertos."

Me adelanté un poco, y caí en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: "Abbá, Padre, si para ti todo es posible, aparta de mí esta copa. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú."

Los discípulos entran en un estado de cansancio. Poco a poco se van relajando. Pedro, el primero, hizo intento de abandonar el grupo apartándose para dormir. Otros lo vieron pero por no quedar mal, se quedaron conversando un poco más. Me retiré de nuevo aparte, aprovechando el descuido de ellos.

Volví a donde estaban los discípulos y los encontré dormidos.

Dije a Pedro: "Simón, ¿Duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora? Estén despiertos y oren para no caer en la tentación; pues el espíritu es animoso, pero la carne es débil."

La luz de la luna me sirvió de guía para subir más allá hasta desaparecer entre los cedros. Conocía el lugar. Pasé la primera hilera de cedros, la segunda, la tercera. Es imposible que me divisen por la falta de luz si no se acercan. Alzo las piernas para evitar las raíces de los árboles. De repente caigo de rodillas y echo mi cuerpo atrás. He quedado clavado en la tierra. Parece que me atara e intento orar. Más que orar, lloro. Es inevitable porque mi alma está triste por todo el rechazo recibido de la gente.

Detrás, veo una sombra además de mi. Su cuerpo alto, delgado, ágil. Es Juan. Seguía mi sombra. Él observaba todo, quería saber todo, poseerlo todo, y entonces vino a mi memoria esa escena suya de recostar la cabeza sobre mi pecho. Me expresó allá en la cena, que quería sentir mi corazón, las veces que fuera necesario pues sólo en él, encontraría sentido a todo esto que parecía confuso.

Empecé a temblar. La temperatura ha bajado; la brisa de la noche sopla hiriendo mi rostro. Tiemblo de miedo y de frío. La luz de la luna hace contraste entre claridad y oscuridad por los cedros que allí se encontraban. Permanecí en oración con la cabeza abajo; mi respiración se torna rápida y el calor de mi cuerpo choca con el frío del ambiente. Mi voz sale como un susurro en la noche: ¡Abba! ¡Papá! y de repente, un grito fuerte, espontáneo me sale de muy adentro: “PADRE ¿DÓNDE ESTÁS? Te siento como ausente en medio de esta soledad. ¡Padre! … ¿Por qué el mundo me odia? ¿Por qué también a ti?. Los has escogido como pueblo precioso a tus ojos. Han sido las niñas de tus ojos; los has desposado pero se han divorciado de ti. ¿Por qué Padre?

Se estremece mi cuerpo. El escalofrío me recorre a millón Mi cerebro se queda inmóvil, sin poder reaccionar. Mis palabras atraviesan no solo el corazón del mundo sino el alma de todo hombre.

¿Por qué Padre? ¿Por qué todo esto?

Mis pensamientos quedan rotos pero mis palabras siguen. ¿Por qué Abbá, Padre? ¿Por qué los que me has dado sólo se han quedado en los milagros y sus necesidades? ¿Por qué al llenarse de lo que necesitan se olvidan de ti, Padre? No entiendo, Padre, pero en ti confío.

Tú me los has dado ¿Cuántas veces los he querido reunir, como la gallina reúne a sus polluelos, pero se han vuelto egoístas, alejados de tu amor?

Muchos se han aferrado a las normas pero no han entendido nada de tu corazón.

Y ahora mírame, Padre… mira mi angustia ¡Mírame Abbá!

Siento dolor y profunda tristeza. ¿Qué hacer sin ti?

Mi alma desfallece de tristeza y algo dentro de mi se quiebra. Aparta de mi este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya, porque para eso he venido. ¡Padre!, ¡Qué dura esta opción por los hermanos cuando no oyen!. ¡Qué difícil es que el grano germine! El amor debe sufrir hasta la muerte para que realmente nos demos cuenta de que vale la pena.

Se oyó un silencio que quemaba. Me movía de un lado a otro como buscando a alguien. El temor se hizo más fuerte porque sentí la presencia del maligno queriendo lograr de mi, maldecir a mi Padre.

¡No lo haré! ¡Nunca jamás!. ¡No me quebraré Padre!. Te necesito. Son tantas las cobardías. ¡no me dejes, Padre! ¡No me sueltes!. ¡No te alejes!.

Regresé por tercera vez, y les dije: "Ahora ya pueden dormir y descansar. ¡Está hecho; llegó la hora!. El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense, vámonos! Miren que el que me va a entregar está cerca.

CAPÍTULO LVIII. UNA CENA ESPECIAL. Del 21 de Febrero al 27 de Febrero de 2009

Los bonches, las cenas, las discotecas y muchos momentos y lugares de diversión, son propicios para compartir la vida, nuestras vidas, con las de los amigos. En ellas, ritmo, baile, bebidas, cuerpos, etc, se mezclan de forma vertiginosa haciendo que estas experiencias, queden fijas en nuestra mente como parte de la intensidad de la vida. De ésto quiero hablarte: ¡De la intensidad de la vida! Verás que tiene otra óptica desde mi persona y de seguro comprenderás.

Esta fiesta, en específico esta cena, la he llamado siempre la cena de la entrega y la vida. Me preguntarás ¿por qué? Pues, precisamente por eso que te digo de la intensidad de la vida. En esta cena, presintiendo mi partida de este mundo, he querido entregar todo lo que tengo a mis discípulos y todo aquél que acepte libremente esta verdad que ofrezco de parte de mi Padre Yahvé.

¡No! ¡No he inventado nada! ¡No! ¡No pienso deshacer ni suplantar la cena pascual arcana de mi pueblo Israel! ¡Tampoco es una representación o teatro de lo vivido! Simplemente quiero dejar en la cena una marca tan honda en su significado, pero sencilla en sus elementos y en los gestos.

Somos humanos ¿sabes? Y necesitamos de signos, de gestos que marquen la experiencia vital de todos los que en ella participen. Nuestra cercanía, nuestras palabras; todo cuanto podamos transmitir, hasta el calor de nuestros cuerpos, olores, emociones intensas, quedan marcadas en el alma, en el corazón. Es difícil evitarlas y es por eso que algunas personas expertas, manipulan hasta el cansancio y dominan a otras o por el contrario, otras pretenden negar la intensidad de la vida como si los sentimientos y las emociones no fueran parte de la vida misma.

Es cierto que algunas experiencias son negativas y amargas pero esas experiencias deben servir para crecer y no para rechazar; las vivencias sirven para alimentarse y aprender que siempre hay un más allá y una intensidad mayor, pero más aún, todo eso que experimentamos con los nuestros es una marca para afianzar la amistad, retomarla y es trampolín para lanzarnos al futuro con seguridad. Allí radica el significado de lo vivido. Si lo negamos, nuestra mente, la memoria se encargará de aflorarlo y si lo suprimimos, tendremos un recuerdo molesto de por vida.

Antes, como ya sabes, he pedido a un amigo el gran salón de su casa. Es un salón amplio, para albergar cerca de cincuenta personas, pero ciertamente nosotros éramos trece. Tenía bellas cortinas aterciopeladas, con pliegues semicirculares en el centro. Los candeleros de bronce estaban bien dispuestos y repartidos por la sala, a una altura de dos metros para alumbrar con mayor intensidad. La sala estaba pintada de cal y reflejaba la humedad propia de las casas; de igual forma las butacas ya eran conocidas: poltronas con cojines para reclinarse, al estilo romano y mesas bien modeladas con escasos soportes de hierro junto a las patas que las sostenían.

A cada cierta distancia de la puerta, había cuatro aguamaniles de alabastro con grandes envases de bronce para abluciones y la limpieza de los comensales. A sus lado, colgaderos para las toallas que hermosamente hacían juego con las incrustaciones de mármol en los estantes y repisas de la sala. En las esquinas, pequeños envases para quemar sándalo y otras especies para perfumar el salón. Allí nos encontrábamos. Esta era la sala que mi amigo reservó con mucho cariño para el que, él y todos sus amigos, llamaban el rabbí.

Al atardecer de aquel jueves en que Jerusalén bullía de gente, puesto que eran las fiestas de Pascua, nosotros ya llevábamos unos momentos intensos con la gente. Habíamos recorrido los pueblos cercanos, los suburbios hablando de mi Padre y curando enfermos y también corazones. Cuantos venía de paso para la gran capital, se sentían reconfortados al oir tantas esperanzas y tantas bienaventuranzas. La gente veía a un Dios distinto, no castigador; cercano a la propia realidad de lo que vivía y de seguro, subirían una vez más para recordar las grandes hazañas de mi Padre hace muchos años en Egipto.

Nosotros aquél día, habíamos subido y luego de asearnos, ya nos encontrábamos en la gran sala. Los discípulos se impresionaron de esta cena y esperaron que yo ocupara la presidencia que en pocas palabras quería decir, ocupar el centro y como de forma matemática, reagruparon en igual número a ambos lados. Juan cerca del lado izquierdo, acompañado de Santiago y Judas por el lado derecho y muy a su lado, Pedro y Bartolomé; los demás, se repartieron según era su afinidad.

Comenzamos la cena de manera informal. De hecho y como siempre, hablábamos de las cosas que vivía la gente, de los acontecimientos socio – políticos de este tiempo, de la gran cantidad de gente que estaban animada de celebrar la Pascua, pero de la tirantez política y las revueltas que se han sucedido por las palabras mías en la ciudad. Muchos la han creído una afrenta a los sacerdotes y al Rey, pero otros tanto, esperanzados por la venida de un Mesías. Una vez más tengo que decir que mi tristeza en el fondo era constatar que necesitaban alguien milagrero. Muchos respondían con una auténtica conversión de corazón pero otros tantos sanaban para mantener la misma actitud en la vida y perpetuar pecados día tras día.

Al aviso de mi persona, los sirvientes de la casa, fueron trayendo una vez más paños a poncheras para la limpieza. Tardaba un buen tiempo por la cantidad de gente que éramos. Cumplimos el rito.

Luego, fuimos entrando en tono de oración. Todas las cosas conversadas se hicieron material para que yo dirigiera alabanzas espontáneas, intercaladas por recitaciones de salmos y cantos. Buen tiempo empleamos rememorando cosas que sucedieron en otros tiempos y en donde la mano de mi Padre estaba presente. Cada momento de la realidad era consecuencia del mal o bien humano en el que Dios había sido callado o aceptado para actuar. Expliqué seriamente el sentido del poder de mi Padre Yahvé y su grandeza en tantas miserias. En concreto, les hice ver la presencia de Yahvé donde muchos pensaban que él estaba ausente.

Poco a poco, según los ritos, nos fuimos internando en la cena. Ya sabes de lo sucedido en ella en cuanto a la figura de Judas.

Obviando el tema de Judas, solo diré ésto: en esta cena, tuve que calmar los ánimos de todos. Ya Judas se había ido y era inevitable, porque este plan de traición ya estaba en marcha desde hace unas cuantas semanas, así que pasara lo que pasara, los animé a seguir adelante en este compartir de la vida, en esta cena de la amistad.

Durante la comida hice gestos que estaban fuera de una auténtica cena pascual, al estilo que se celebraba desde antiguo. La pregunta de por qué se celebra esto cada año – hecha por el menor de la casa – fue tornada por mi, con los recuerdos de las palabras, las enseñanzas de lo vivido. Ya era hora y urgía que claramente se esforzaran en comprender lo que durante tres años habían oído y ellos mismos habían constatado. Necesitaba; pedía de ellos un esfuerzo para que vieran con claridad la acción de Dios en todo esto. Fue un primer discurso, largo, cargado de mucha emotividad.

Llegado el momento, que esperaba y era especial para mi. Me centré en el pan. Tomé el pan, y después de pronunciar la bendición, lo partí y se lo di a cada uno en sus manos, diciendo: "Tomen, esto es mi cuerpo."

Es cierto que estas palabras provocaron un choque en cada uno de ellos. ¿su cuerpo? Preguntaban, ¿cómo es eso? Darnos de comer su cuerpo no es fácil de entenderlo. Antes de que siguieran preguntándose cosas, les hablé de la importancia del pan como un elemento que une: en el primer caso, son semillas de trigo llevadas al molino, a la piedra, para que formen una harina. Cuando llega a ese estado, las semillas se han confundido de tal forma que solo son comprendidas como una unión para formar una hogaza de pan. Es pan que da fuerzas, sostén de vida; es alimento en el segundo caso, que une a los miembros de cada familia. De las manos de la cabeza de la familia parte cada pedazo de pan y es señal de que todos participan del esfuerzo y del trabajo y a la vez, es el motivo más palpable para agradecer al buen Dios de la vida por todos los beneficios que el dispensa a todo hombre, bueno o malo.

“Ustedes no entienden este lenguaje por parecer confuso pero mi Padre los ha unido en torno a mi. Ustedes son como granos de una espiga preñada por su luz para dar buenos frutos. Mi cuerpo lo ofrezco para que se mantengan en unidad y sobre todo porque a través de mi han comprendido la voluntad de mi Padre Yahvé. Es mi cuerpo ofrecido como alimento, como ofrenda a él y desde él para que el mundo tenga vida.

Comprendo que para ustedes sea difícil digerir estas palabras pero esto es oferta, no imposición. Quien comprenda mis palabras, se verá de tal forma unido a mi, que su propia vida tenderá a ser también ofrenda para los hermanos.” Los invité a comer de mi pan que, previamente ya se los había repartido. Algunos se sintieron contrariados pero decidieron aceptar el pan y comerlo.

Tomé luego una copa, y después de dar gracias, se la entregué, y todos bebieron de ella. Y les dije: "Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por una muchedumbre.

Esta vez, a nivel teórico, comprendieron la ligación entre el pan como cuerpo y el vino como sangre.

Juan me miró horrorizado porque asumió muy literalmente las palabras y al ver dentro de la copa, sintió un estremecimiento fuerte, un presentimiento muy grande, cercano. Se le aguaron los ojos porque perdía a su maestro y amigo. Juan, joven pero con gran sentido de observación de todo lo que decía y hacía, no se le escapó lo que estaba delante en las próximas horas, pero cayó y calló en profundo silencio.

“Es mi sangre. Para eso he venido, para dar la vida por todos. Así como el grano de trigo que no muere, no puede dar vida y frutos, así la sangre que es vida en el cuerpo, no se puede quedar represada si no se ofrece para que muchos sean liberados de sus propias cargas”.

Mateo me dice: “Jeshua escucha lo que te digo. ¿Hay otra forma de celebrar esta pascua sin que por ello sea la tuya? Hablas de una forma oscura y tenebrosa. No te entendemos pero si esto es una despedida para ti, por favor, dinos qué ha de pasar.” Le respondí simplemente con otras palabras que de igual forma lo dejaron desconcertado: “En verdad les digo que no volveré a probar el zumo de cepas hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios." De allí dedujeron que algo se desencadenaría pronto y para eso, ellos no estaban preparados. A partir de allí, si la salida de Judas les hizo guardar silencio, éste se hizo más profundo que hasta llenó el ambiente de la sala de una tristeza cada vez más creciente.

Para distraerlos, los hice cantar los salmos e himnos propios de la pascua judía y en cierto modo logré alegrarles el corazón y por un buen momento olvidaron esas palabras y su sentido significado.

Después de cantar estos himnos, fuimos saliendo como un grupo bien unido para dirigirnos al monte de los Olivos.

CAPÍTULO LVII. EL VERDADERO ERROR DE JUDAS. Del 14 de Febrero al 20 de Febrero de 2010

En varias oportunidades te he hablado de la amistad. En esta ocasión me gustaría hablarte de una amistad que provoca en mi una amargura en el corazón. Ha sido un profundo dolor e impotencia no haber recuperado a mi amigo, a pesar de que todo se lo di. Se trata de Judas. Espero que comprendas lo que pasó, pero de seguro sabrás más de él, si tan solo recuerdas momentos en los que la amistad ha fallado y ese amigo se ha alejado de ti, por propia iniciativa, botando todo a la basura.

Yo tenía cerca de treinta y siete años; mi último año de vida. Judas tendría uno o dos años más que yo. Creo que alguna vez te lo he descrito: de un metro setenta y tres de estatura. Era delgado pero, era como esas personas que le dicen “cuerpo de pera”: pecho aplanado y abdomen abultado con acumulación de grasas en cintura debido al poco ejercicio. Tenía cabello y barbas rojas. Los romanos a este tipo de personas le llamaban: “rubicundum”, debido precisamente a que su cara también transparentaba un rostro rojizo en sus mejillas, pero en realidad tendía a ser moreno claro en su tez. Además de ello, de Judas se sabía abiertamente que tenía mal carácter y pertenecía al grupo de los zelotas y para colmo de males, fue adiestrado como sicario. El resto de los discípulos le echaban bromas con eso y aunque se ponía furioso, sabía que en ellos podía confiar.

¿Quién cortaba las carnes o preparaba las frutas en ensaladas? ¿Quién escogía y picaba las hierbas amargas de las ensaladas? ¿Quién ataba y hacía nudos para animales o cortaba con destreza los ligamentos y los tendones de los animales cuando se nos pedía ayuda? ¡Ese era Judas! ¡Más diestro que él con el puñal no había persona alrededor, a menos que fuera otro sicario! Que dicho sea de paso, se les reconocía no porque fueran diestros sino porque al principio se la daban de torpes no sabiendo manejar un cuchillo. Tengo que decir con orgullo que en este pueblo de ganaderos, ningún hombre por más tonto que fuera, dejaba de usar diestramente el cuchillo para las labores del hogar.

Leo en tu mente que quieres preguntarme ¿por qué escogí a Judas? Si sabía de su traición o de su persona ¿por qué lo hice?

Ciertamente tienes razón en lo anterior pero no en la respuesta. Tú me recriminas que lo escogí sabiendo todo de él, pero ciertamente tú que me lees, no sabías nada de él y es por eso que me haces esa pregunta y ese juicio pero ¿sabes qué? Si bien es cierto que sabía de él, no puedes dejar de tomar en cuenta unos cuantos elementos y quiero que prestes atención a ésto porque es puntal de la amistad y de la aceptación de otra persona en tu vida.

¿Te acuerdas que te empecé hablando de la amistad?

En primer lugar, la aceptación de una persona u otra la haces tú. Allí tienes un punto ganado; pero permíteme decirte que fui yo quien lo escogí. No se escogen los amigos por lo exterior sino por el interior. Aún en el peor de los casos en que descubras que es malo, lo has escogido porque así lo ha dictado tu corazón. En segundo lugar, escogido para ser amigo, la amistad la mantienes tú. Si valoras el concepto de amistad, si lo tienes claro, sabrás vencer muchos aspectos negativos que ves en el caminar y sabes ¿por qué? Porque la amistad la ofreces y la vives tú y esto te da un tercer elemento para que pienses. Como le has dado entrada a tu vida, esperas que tu amigo cambie. No pienses que te lo sabes todo y que él debe aprender de ti ¡qué va! Lo bello de la amistad es que ambos aprenden a caminar, a salir de errores, a mirar con certeza el camino por donde se pisa y el uno está para ayudar al otro. Se trata es de aprender en el camino y no de abandonar. Si abandonas la amistad es porque te aprovechaste del otro para lograr algo o realmente no lo valoraste en su ser.

Esto es claro para mi, porque los mejores diamantes vienen envueltos en barro y muchos lo tienen bien pegado. ¿Entiendes eso? Así que sí escogí a Judas pero fue porque esperé hasta el último momento en él y confié en él hasta el último momento y confiar es amor. No hice ni haré, como muchos, que se cansan y están todo el tiempo “probando” a su amigo, y menos soy como aquellos que ante los problemas o las experiencias amargas, dejan a su amigo como si nada hubiera pasado entre ellos y como si el compartir la vida, sentimientos, afectos, abrazos, no hubieran existido. El amor reduce todos los problemas y las malas “pasadas” a cenizas para hacer nacer algo nuevo. Esa es mi razón y no tengo otra. ¿Que él me haya traicionado? Fue su libertad pero no la mía. ¿Que me haya vendido? Fue él, no yo. Yo lo amé hasta mi muerte mientras que él optó por la propia muerte. ¡Y yo lo respeté! ¡Fue su elección y allí Yahvé respeta la libertad! Si interviene y cambia la libertad, lo doblega y con ello lo determina en la vida y ya basta de que muchos digan que mi Padre “predestina”.

En ese atardecer de aquél jueves, cuando toda Jerusalén disfrutaba de la Pascua, llegué con los doce, inclusive Judas estaba allí. Ya había mandado preparar el lugar que muchos conocieron como cenáculo, pero en realidad era una sala en el segundo piso en casa de un amigo. Él generosamente lo había preparado para mi y había dispuesto a sus sirvientes para que me sintiera cómodo celebrando esta cena. Todos disfrutaban de este momento a pesar de los sustos que habíamos pasado en estas últimas semanas y de los rumores de muerte y persecución que tenían en mi contra. Nadie presentía nada salvo Judas, que en estos últimos tiempos había conspirado contra mi y estaba dispuesto a llevar a cabo mi entrega a los sacerdotes del templo.

Aquí me preguntarás la segunda parte de tu pregunta: ¿Por qué me traicionó? ¿Por qué si había estado tan cerca de mi y de mi había aprendido mucho, no asimiló las enseñanzas? Déjame mostrarte una sonrisa de sorpresa porque muchos me lo han preguntado.

Sabes de todos los movimientos libertarios del pueblo de Israel contra Roma. Pero esto no es de ahora; desde siempre ha estado presente esa resistencia a las invasiones e imperios enemigos. Todo el pueblo de Israel se ha resistido a ser oprimido en Egipto, en Babilonia, bajo Siria y contra el pueblo heleno. Cada hombre ha sido preparado para la guerra y ha defendido su tierra, su Dios y su herencia. ¡Judas no escapaba de esta convicción!

Durante mucho tiempo el pueblo de Israel esperó a su Salvador. En anteriores oportunidades te he explicado que ese salvador pasó de ser el redentor de nuestra interioridad, de nuestras miserias, al mesías, Dios – hombre guerrero que sacaría de la miseria y de la opresión al pueblo. Todos lo esperaban con ejército y grandes armas para echar de la tierra a todos los que herían el linaje de Israel, pero no fue así.

Al principio Judas creyó que yo era ese Mesías, pero ese Judas guerrero se equivocó. Creía además, que siendo yo el sanador del pueblo, el que obraba milagros, restauraría las heridas de muchos hombres para formar un ejército. Más aún, creía que mis Palabras tenían tal fuerza de mando para ordenar al pueblo que se organizase para que en cada pueblo donde pasáramos, se fueran creando grupos de choques y de ataques, que en poco tiempo el ejército romano no se daría cuenta cómo fue diezmado y tendría que huir con los pocos soldados que le quedarían. Eso pensó tristemente él.

Cuando vio que mis actos no iban a favor de un status de guerra o de violencia; cuando me oyó hablando de paz, de revolución del alma, de amar a los enemigos y de cambiar corazones para volver a Dios, empezó a dudar de todo y de todos y tantas preguntas se revolvieron en su estómago, que en estos últimos días, llora en solitario y se recrimina cómo se ha equivocado tan fácilmente. Gritó algunas veces en la soledad, la vanidad de haber matado a unos cuantos soldados en esos ataques furtivos que ha habido en varios pueblos, y juró que nada se quedaría así porque la gloria de Yahvé estaba en reinar con vara de hierro y en contra de cualquier dominio extranjero.

¡Esta es la razón o las intenciones internas de Judas! ¿Entiendes? Y creo que muchos piensan como Judas: que es inútil el creer que el mundo y su transformación, empiezan por el interior del hombre. ¿Ahora entiendes el problema? ¿Que no es fácil porque son las razones de su corazón?

Pero quiero seguir contándote cosas: mientras estábamos a la mesa comiendo, les dije: " Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar; uno que comparte mi pan y lo moja en mi plato." Ellos se entristecieron mucho al oírme, y empezaron a preguntarme uno a uno: "¿Seré yo maestro?"

La palabra “entregar” sonaba perfectamente a traición. Estábamos en perfecta sintonía porque hasta ahora habían estado muy juntos, pero había desconcierto. La impresión venía precisamente por eso: porque todos se conocían y todos habían vivido las mismas experiencias, así que nadie tuvo tiempo de maquinar nada. Lo cierto es que para una persona, sí hubo tiempo, pero todos ellos se preguntaban quién sería.

En la amistad es difícil entregar a alguien, traicionarlo. Cierto que hay posibilidades para hacerlo cuando el hombre se vuelve sin escrúpulos y echa a la basura todo, pero en ellos se había creado tal cohesión e identificación, que hacía imposible que esto sucediera. ¡Aún así, sucedió!

Yo les respondí y les repetí: "Uno de ustedes, uno que moja su pan en el plato conmigo”. “El Hijo del Hombre se va, conforme dijeron de él las Escrituras, pero ¡pobre de aquel que entrega al Hijo del Hombre! Sería mejor para él no haber nacido."

Algunos cuantos se pararon de la sorpresa, casi la mayoría, pero Judas casualmente estaba cerca de mi y el gesto del resto, de pararse, sincronizó perfectamente con el gesto de Judas de acercarse a mi plato para mojarlo en la salsa que allí estaba. Él se dio cuenta del mal ambiente que se había creado y retiró las manos de la comida e instintivamente se limpió las manos con su túnica y de igual forma se levantó. Se puso molesto y viendo a todos con rabia, salió de la sala, no sin antes haber empujado a dos sirvientes que estaban en el camino y por último lanzó la puerta al salir.

Todos se sentaron lentamente en silencio y se miraban haciendo gestos con las manos para preguntar qué quería decir todo eso.

Así fue como mi amigo consumó su rechazo a mi y por supuesto, se perdió. Insisto que mi Padre nunca lo condenó, sino que él mismo se forjó la condena y la traición.